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Cantame

(Pinche)

Salí de casa apuradísima, cansada, con el pelo suelto y la valija hecha dos minutos antes con cualquier cosa adentro. El auto me esperaba abajo para llevarme a Ezeiza, el 4520 salía cerca de la medianoche y me esperaban 9 horas de vuelo por delante.
Fue una tortura lo largo de ese vuelo. Los servicios eternos, los pasajeros súper demandantes, el sueño que me vencía y mis pies pidiendo que me sacara los zapatos de una vez.
Entré al hotel y me puse última en la fila de tripulantes para hacer el check in. Por algún motivo, no había habitación para mí. Algo estaba fuera de servicio y no había ninguna disponible en todo el hotel. Esperé más de una hora que me consiguieran un cuartito donde pudiera descalzarme de una vez, pero no ocurrió. Lo que sí ocurrió fue que me pidieron un auto para ir a otro lugar. No me quejé, subí al transporte y entré a un enorme hotel con muchísima gente y movimiento en el lobby. Alguien tomó mis valijas y me fui al front desk. La reserva estaba hecha, me protegieron como si fuera una huésped de honor, mis valijas fueron enviadas a mi habitación al piso 19; el que se encontraba bloqueado para otros huéspedes, tenía un guardia y carteles que pedían por favor no generar ruidos molestos para que todos pudieran descansar. Bajé del ascensor, el personal de seguridad sonrió de costado cuando mis piecitos pisaron la alfombra que me escoltó hasta la 1926. La tarjeta para ingresar había quedado en algún lugar de mi cartera. Me puse en cuclillas y empecé a revolver, mientras largaba puteadas al aire. Me había soltado el pelo, sacado el pañuelo del cuello y desabrochado el saco, ya tenía el 25% de mi uniformidad destrozada, tendría que volver a arreglarme para bajar al lobby. Quise llorar. Alguien bajó del ascensor, el de seguridad se puso firme y unos pasos caminaron por detrás de mí sin que yo me diese vuelta a verificar su identidad. “Si no sos house keeping, no me servís” pensé. No era house keeping. Pasó lentamente y entró a la última puerta del pasillo, mientras yo escondía mi cara detrás del pelo, con la cabeza casi metida adentro de la cartera. Vestidas de uniforme es como si siempre tuviéramos la obligación de saludar amablemente. El huésped cerró la puerta y al minuto empezó a escucharse música latina. “Genial, estoy en Asia de Cuba”. Improvisé un rodete y volví al ascensor. 19 pisos hacia abajo para encontrar la tarjeta en el saco del uniforme. Adelante de 4 turistas Australianos dije LARECONCHAPUTADETUMADRE y volví a apretar el 19. Los demonios me llevaban, bajé apurada y doblé a la derecha, estallando todo mi cuerpo contra el de un hombre que venía por el pasillo. Pedí disculpas sin mirarlo, me apuré a mi puerta y escuché algunas risas mientras la cerraba y apoyaba mi espalda agotada contra la misma. Bajé la cabeza y me subió un perfume que no era mío. Estaba impregnado en mi ropa y era algo impresionante: el mismísimo olor del hombre, ese aroma al cuello perfecto, a la piel del otro, al calor del que está adelante tuyo. Sacudí la cabeza saliendo del trance del perfume y me saqué la ropa. Cerré las cortinas y los blackout dejando el mar del otro lado. Con el aire acondicionado en 23, me acosté en una cama enorme y blanca, me abracé a una almohada y desperté cuando ya no había luz afuera.
Pedí comida a la habitación, me di un baño, me pinté las uñas de los pies y degusté un helado y un jager con hielo mirando Criminal Minds.
Se hicieron las 10 de la noche, aburrida, miré la cartilla de comodidades del hotel. Únicamente para este piso, el 19, un spa, un jacuzzi, una piscina y un bar. Se me pusieron los ojos malditos… un bar? Qué hago en la cama habiendo en este piso un bar?
Abrí la valija y me horroricé. No tenía ojotas, no tenía zapatillas, no tenía un jean. Ropa interior, un vestido negro, unas botas bajas, una campera de cuero y una remera corta. Ni siquiera un short.
Me sequé el pelo, me maquillé fuerte los ojos y me puse el vestido negro de las fiestas maldiciendo una vez más mi costumbre de hacer la valija con resaca. Caminé hasta el final del pasillo y empujé la puerta de vidrio, la música me envolvió. Como siempre, no había nadie. En todos los lugares a los que voy yo, nunca hay nadie. Me senté en la barra y me pedí un jager. Saqué el teléfono, lindo momento para tuitear mi fracaso.
No había señal.
Me tomé el jager de un saque y apoyé mi cabeza entre las manos. La música estaba bien.
El bartender me sirve algo en una copa de las de martini, no alcanzo a decirle “No, no…” cuando él señala una mesa en una punta oscura del salón. Miro con desconfianza porque  no me gusta ser el gato de nadie,  El hombre se pone de pie, caminando como creo yo que no camina ningún hombre, con una camisa negra, una cadena en su cuello, unos jeans oscuros y un arito en su oreja izquierda, me saluda en inglés.
Le agradezco el trago, demasiado tarde para decirle que no. Su perfume me perfora de lado a lado cuando me pone el brazo alrededor de la cintura para saludarme. Me quedo dura, abro los ojos pero me rio, no hay manera de no aceptar este trago.
Me incomoda un poco que me agarre con la mano, pero evidentemente el tipo no lo puede evitar, no se queda quieto, toma de su vaso, lo apoya, me habla, me toca la punta del pelo, se ríe, me agarra las manos, me toca los dedos, sigue hablando, toma un poco más, comenta otra cosa, me rodea con el brazo apoyándome la mano en las costillas. Yo no sé si estoy contestando, conversando, o simplemente mirándolo en silencio, intentando entender qué es lo que está pasando.
Pide una botella en hielo, dos vasos y me lleva de la mano a la pileta. Y claro que voy, voy como si fuera la cosa más normal del mundo, y se me para adelante y mientras lo miro fijo a los ojos, me pasa las manos por atrás de la cabeza y me baja el cierre del vestido, lo deja caer y sin mirarme, se agacha y me saca las botas como si fuera Cenicienta, suavecito, como acariciándome los talones.
Quedo en ropa interior adelante de este desconocido, seria, temblando un poco ante lo que sé que va a ser inevitable. Él se queda quieto adelante mío, y entiendo que quiere que le desabroche la camisa. Da la sensación de que cada botón estuviera desatando una energía que parezco desconocer, así que no me animo a sacársela, tan solo la dejo abierta y ahí, esperando. Él termina de desvestirse mientras me agacho a servirme el jager más frío y rasposo de la historia de mi vida. Cuando me pongo de pie con las dos copas, tengo adelante al hombre más hermoso que he visto en mi vida.
Sentados con los pies dentro del agua climatizada, nos quedamos un ratito callados, escuchando la música y mirando las luces de adentro de la piscina, las únicas que iluminaban el ambiente. A través de la pared de vidrio se veía la ciudad entera, los autos yendo y viniendo, los edificios altos, las palmeras marcando el camino al mar…
Este hombre me besó la boca y los hombros… este hombre me hizo reír, me cantó al oído, me acarició el cuerpo fuerte y suave al mismo tiempo. Este fue uno de esos hombres que hacen que agradezcas el haber tomado las decisiones que tomaste para llegar a ese lugar.
Me desperté a las 4 de la mañana en su cama, dormía boca arriba y no pude evitar mirarlo, olerlo e intentar tocarlo sin que se despertase. Cambió su respiración apenas le apoyé la mano sobe el pecho. Permaneció con los ojos cerrados mientras lo destapaba suavemente y lo recorría con los dedos. me arrimé a su pecho envuelta por una mezcla de su perfume con el olor de la piel después de haberte amado. Probablemente ese sea mi aroma preferido en este mundo, y no lo cambiaría por ningún otro que conozca.
Sentada encima de él con las piernas rodeando su cintura le besé los brazos y los hombros mientras levantaba sus manos para hacerme saber que esta noche no se había terminado.
“Cantame” le dije mientras se reía de mí.
Tengo la particularidad de que los hombres se rían de mí. Qué gran honor.
Me dio vuelta en la cama con un movimiento tan rápido que casi me asustó. Y entonces lo miré, cosa que no suelo hacer porque elijo tener mis ojos cerrados cuando intento disimular que estoy muriendo de amor.
Y nos miramos.
Bajó los brazos y se acercó a mi boca tan despacio que pensé que iba a enloquecer. Apoyó sus labios en los míos y lo único que nos separaba era la burbuja de aire más milimétrica que pudiera existir. Creo que me temblaban los labios de la desesperación, del deseo, de la excitación. Sólo las mujeres somos capaces de sentir que hemos nacido para un momento así, solo las estúpidas mujeres nos tomamos un momento para pensar dónde estuviste todo este tiempo, cómo hice hasta hoy, como haré cuándo te vayas. Solamente nosotras nos distraemos del presente pensando en el futuro, y solamente nosotras entenderemos la ramificación del árbol que acaba de crearse de la estúpida raíz que nació de un beso.
Me quedé dormida, agotada y empapada del único hombre que me cantó.

A la mañana siguiente, yo tenía que prepararme para un vuelo y él tenía que prepararse para un show.
La felicidad y la tristeza dejaban la balanza en el medio, sin que pudiéramos saber qué pesaba más.
Hay noches que duran una eternidad, hay personas que parecen haber llegado hace miles de años, hay pieles que jamás se pueden olvidar.
Nos despedimos en la puerta de su habitación sin decirnos nada, sabiendo que ya no volveríamos a vernos, y que no valía la pena buscarnos ni intentar pelear al mundo cuando te dice que no.
Entré a mi habitación con lágrimas, por qué habría de mentirles? Acaso no saben que soy de las que se enamoran la primera noche y es por eso que jamás se entregan? Me tiré en la cama a maldecir que seamos tan distintos, que nuestro deseo sea el mismo pero nuestra realidad nos ponga en continentes diferentes. Qué cosa tenemos vos y yo en común? Nada. Si lo único que tenemos en común es todo aquello para lo que hay que desnudarse, entonces es que no somos el uno para el otro.
Me sequé los ojos y me metí a la ducha. Me buscaron unas horas después, me encontré con mis compañeros en el aeropuerto y no pude contestar más que “bien” cuando preguntaron qué tal la había pasado.
El vuelo estaba completo y no tuve ni tiempo de pensar, pero apenas me tocó el turno de descanso, apoyé la cabeza en la ventana, y mirando la Luna, esa que parece más cerca cuando estás hecha mierda, casi pude sentir tu olor.
Si te extraño? Claro que sí. Porque era verdad cuando dije que me enamoro de un beso, y es verdad que una vez que me enamoro no me importa nada más.
Seguí volando entre 2 y 3 veces por semana, seguí paseando con mis perros, seguí comiendo pizza en la cama con el pijama de los Clippers y una remera 5 talles más.
Volví al 67 dos meses después y me hospedé en el hotel de siempre, sin ni siquiera atreverme a soñar que podrías estar por ahí. Para qué buscarte? Para qué levantar la vista? Poco a poco empecé a olvidar, eso es lo que hacemos lo que no queremos morir de amor.

Volví a besar otras bocas, volví a desabrochar camisas y degustar tragos amargos buscando esa sensación… en ningún lugar lograron hacerme temblar. En ningún lugar ese perfume de tu piel mezclado con la mía, en ningún lugar el sonido de tu voz.

Me desperté tarde para mi búsqueda para el vuelo a Córdoba, doblete asesino, dos veces la ruta a las sierras en un solo día, la combinación más salvaje que hay. Después del tercer tramo, agotada y anulada, casi sin entender hacia donde iba ni cuánto faltaba para dejar de servir mil vasos, emprendo la vuelta a casa. Después de los anuncios y de ver cientos de caras de personas de traje, con bebés, viejitos risueños y señoras perfumadas, despegamos. Miro hacia afuera mientras las luces de la ciudad se alejan, apoyo la cabeza en el respaldo rígido del jumpseat y cierro los ojos. Cortan la señal de cinturones y nos levantamos de un salto.
Sirvo las bebidas en automático, casi sin mirar a los ojos a los pasajeros de la primera fila, mirándolos pero sin verlos, como si sus caras fueran un borrón o la misma cara que la anterior pero con otra camisa. Esa es la fatiga hecha realidad. Muevo el carro hacia la fila 2 y mientras trabo con mi pie derecho la traba roja, respiro profundo mientras un aroma me traviesa de lado a lado. No tengo tiempo de reaccionar cuando una mano se apoya encima de mi mano izquierda.
Bajo la mirada y ahí estás.

Porque aunque nos empeñemos en tener distintos planes, porque aunque intentemos una y mil veces jugar a que esto no es verdad… no hay nada que podamos hacer cuando la piel se ha manifestado y no hay nada que los aviones no hagan realidad.

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