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El vestido que tenía el día en que te conocí

(Pinche)

La primera vez que me apoyaste los labios, estaba segura de que no era lo correcto.
Cerré los ojos y (podría asegurar que esto ocurrió hace millones de años) te agarré las manos.
No fue ese el día en el que me desnudaste por primera vez, pero fue el día en el que la cabeza se me dio vuelta, y entre temblores, regresiones, culpas, y un estado volcánico en la piel, te besé, me reí de mi misma y de mi falta de cordura, te besé, me reí de vos y de tus pavadas, y te besé; te besé como no se deben besar a los hombres peligrosos, a esos de los que se sabe poco, a los de los ojos que te miran sin los ojos, a los que sonríen de esa manera que se te clava adentro, como las enfermedades terminales, como los finales anunciados, como las curiosidades letales.
Y se nos fue el momento, y me escapé, como suelo hacer en las mejores partes.

Todas las veces nos despedimos sin planear la próxima, así de confiados estábamos en que la vida sería justa y buena con nosotros.

Por supuesto que yo estaba mareada y poseída.
Claro está, había tomado de más. Estaba en el punto justo en el que el propio cuerpo es un diamante que uno desea hacer brillar, y en el que el cuerpo del otro es el único que lo puede lograr. No había hombre sobre la tierra que pudiera igualar tu belleza, el olor de tu piel, la certeza de tus manos y todos tus encantos, el saber, el estar, el no poder esperar; el abrir los ojos únicamente para asegurarse de que lo que estaba pasando era real.

Recuerdo haber reído fuertemente unos segundos antes de pedirte que me saques la ropa.
Sí, te lo tuve que pedir.
Fuiste lo suficientemente manipulador y caballero como para hacerme consciente de que lo que estaba a punto de pasar, ocurría, no solo bajo mi consentimiento, sino por mi expreso y desesperado pedido.
Recuerdo haber llenado mi pecho de aire hasta doblarlo de tamaño mientras me recorrías con los labios. Recuerdo querer arrancarme la poca ropa que me habías dejado, de alguna manera mágica y sobrenatural, pero me hiciste esperar, me hiciste tener paciencia, me hiciste arrugar los dedos de los pies, me hiciste suplicar.
Así sos con el amor.
Me corría por las venas una mezcla de desesperación etílica y ansiedad divertida, me sonreía y me tapaba la cara, mientras tus manos me hacían cosquillas; mientras en algún lugar cerca de los pies de la cama, me besabas con las manos y la lengua, con las piernas y los brazos, con los ojos, las pestañas, con la piel.
Si la luz estaba encendida o apagada, no lo sabría decir, yo te veía perfectamente. Te veía más allá de mis párpados cerrados, de estar de frente o de costado, te veía cuando te daba la espalda y me acariciabas de atrás.
Por momentos quise dormirme, desmayarme, desaparecer.
Cómo hacer para que ese momento durara por siempre? Cómo lograr no advertir que ya era de día, que todo esto no correspondía, que no podía existir tanto placer.

Me diste vuelta una y otra vez, me miraste a los ojos, me llevaste de los hombros, me torciste la cintura, me hiciste doler. Intenté no gritar todas las veces, pero fue imposible, no pareció importante, sino excitarte aún más. Me tocaste los labios, te besé las manos, me miraste los labios, te besé los ojos, me acariciaste los labios y te besé entero. Desde el día que me puse el vestido con el que te conocí, supiste que estoy hecha para besar, y que mientras me sigas tocando así, no habrá manera de no hacerlo, será imposible evitarlo, podremos no planearlo, pero sabemos que va a ocurrir.

Mientras me ponía el vestido que usé el día que te conocí, no tenía idea que ibas a acariciarme la mano sin conocerme ni que ibas a romper las reglas como lo hiciste después.
Lo miro colgado en mi habitación, vacío de mi cuerpo, frío pero expectante, sabiendo que ésto no terminó. Con la mente en blanco me acaricio los labios y las imágenes de tus manos en mi cadera, mirándome como si yo fuera lo más precioso, me vuelven a marear. Es imposible no recurrir a esos recuerdos para invocar todos los deseos, para conseguir tenerte al menos flotando encima mío una vez más.
Sos la encarnación del deseo más demoníaco que ha encendido mi cuerpo alguna vez.
Sos, contra todo pronóstico, lo único que necesito para entregarme entera, para mojar mis manos, para doblar mi cuello, para caer rendida, para estar perdida, para jugarlo todo, para sufrir heridas, para ganarle al tiempo, para cortar las bridas, para descubrir el fallo, romper el ritmo, encontrar la salida.

El vestido que vestía cuando te conocí fue usado dos veces desde que bailé ante lo indisimulable de tu mirada, vacía hasta ese día. Las dos veces, volví sola a casa,  me lo saqué yo misma, ebria a las 9 de la mañana, intentando no caerme mientras me bajaba las medias. Las dos veces quedó arriba de la pila de ropa en mi habitación; sin haber triunfado, sin haber logrado que tus dedos fueran más allá de su superficie, ante los ojos de cientos de desconocidos, disimulando lo obvio, lo que algún día no podríamos ocultar, con miedo a no estar haciendo lo correcto, con miedo a no ser lo que se espera de uno, con miedo a lastimar.
Ahora mismo no podría asegurar si estar desnuda encima tuyo fue un sueño o fue real.
Puedo verlo, puedo casi olernos, pero… fue verdad?

Mi vestido cuelga de una puerta de mi armario, limpio, histórico y perfumado.
Ahí quedará, esperando que la próxima vez que lo vista, sean tus manos quienes lo arruguen, sea tu boca quien lo levante, sean tus labios quienes lo mojen, seas vos, quien lo vea caer.

3 comentarios en “El vestido que tenía el día en que te conocí

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