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El Refugio

 

Eran las 3 de la mañana en el refugio. A fines de otoño, todos los perros del canil se amontonaban para dormir juntos y ganarle al frío. El barro les llegaba hasta el quinto dedo cuando estaban de pie y, al recostarse, les mojaba su vacía panza hasta endurecerse.

“Se viene el invierno” dijo el viejo y sabio ovejero alemán, mientras sonaba los ajetreados huesos de su cadera como un añejo Lord.

A su lado, descansaban 2 caniches de mediana edad, chillones, histéricos y cubiertos por un manto de sarna que los hacía parecer casi negros. Un pitbull tuerto por una pelea, un labrador marrón con un avanzado y visible tumor, un rottwailer con problemas de temperamento, un collie que se había quedado mudo y un galgo que escondía con vergüenza una mal curada y dolorosa fractura.

Todos ellos habían tenido amos y hogares, alguna vez. Por las noches, les contaban a los nuevos ingresantes, cómo sus “mejores amigos” los habían engañado y abandonado y cómo había sido la dura adaptación a la perrera en la que se encontraban.

Del otro lado del canil, se agolpaban los callejeros. Ellos se reían de las reflexiones y las tristes historias de los de raza .Claramente, ninguno de ellos tenía idea lo que era abrirse paso en la calle, dormir con un ojo abierto tratando de evitar las patadas de los dueños de los negocios, los manguerazos de los porteros, la maldad de la gente en la calle, el frío, el hambre, las lluvias… la mirada cálida de esa única persona que se acercaba a tocarlos al pasar, pero que no tenía suficiente amor como para llevarlos consigo.

Para ellos, esta perrera, era un adorable refugio donde resguardarse de los peligros y donde poder descansar. Es cierto, se comía poco, pero se comía constante, y eso era algo.

A decir verdad, el refugio dejaba mucho que desear. La enana Bulfa, la celadora del refugio, no era el ser más empático, comprensivo y cariñoso que se pudiera encontrar. Los bañaba con la manguera y su agua helada, los separaba con un palo cuando discutían y les inyectaba unas cosas horribles de vez en cuando. Cuando ella se acercaba solían decir “Ahí viene la Bulfa” y ponían cara de buenos muchachos, esperando a que se alejara con su mirada desconfiada y su bastón.

La enana no era lo mejor que les podía pasar, pero tampoco era lo peor. Ella los quería y hacía lo posible por cuidarlos, más de una vez había dejado de comer para que comieran ellos, y había llorado al enterrar a más de uno, pero jugaba a ser dura y distante… ya que no los quería volver débiles, caprichosos ni muy apegados a ella.

 

Muy pocos perros salían de ese refugio. Las adopciones ocurrían en contadas oportunidades, daba la sensación de que la Bulfa, a pesar de quejarse y repetir que no había rotación, no quería entregarlos. Un enigma de persona la enana.

De tanto en tanto, un grupo de personas venía a visitarlos; los proteccionistas. Ese día se comía bien y se limpiaba un poco la mugre, había mimos y alguno que otro se iba con ellos, pero no mucho más.

La realidad para la mayor parte, seguía siendo la misma. Frío, hambre, peleas, suciedad, siestas, soledad.

Hasta que un día, algo cambió.

Escucharon a la Bulfa diciendo que entraría alguien nuevo. Todos movieron la cola esperando con ansias y nervios al nuevo integrante. Se especulaba de dónde vendría, si sería callejero, si sería de raza, si estaría enfermo o tendría mal carácter, si sería un nuevo líder o un dominado más… todos opinaban, tomando sol recostados en las hojas de mil colores del parque.

Finalmente, se escuchó un motor, las llaves de la enana y algunas voces.

La puerta del fondo se abrió y con un collar rojo y vistiendo un manto negro entró ella, La Bamba.

Todos, absolutamente todos, la miraron pasar.

Tenía una mirada triste y esquiva, cubría sus partes con su fina cola negra y caminaba como pidiendo permiso a cada paso. Se notaba que no había estado comiendo bien; lucía, encorvada y pudorosa, cada una de las puntas de su espina dorsal; temblaba de pies a cabeza y llevaba en cada cicatriz de su lomo y su fina cara, el miedo a los seres humanos.

La enana la acarició, eso la hizo temblar aún más. Se corrió hacia un costado cuando le ofrecieron una galletita, y al mover la cabeza, en la trayectoria de su mirada, se encontró con los ojos de Pitt, de Wailer, de ambos caniches, de Collie, del Labra, y de Grey.

A los siete amigos se les aflojó la mandíbula al ser acariciados por las tiernas y suaves pestañas de la Bamba.

Quedaron mudos y estupefactos, en un trance que no habían conocido antes. El Lord ovejero alemán, les dijo en voz baja a los callejeros: acá va a ver conga. Y todos rieron, al ver que 14 ojos seguían la trayectoria de la Bamba hasta verla desaparecer tras la puerta de la casa.

En seguida intentaron disimular y empezaron a hablar mal de la enana, a quejarse del clima, o morderse la cola, ensimismados.

Lord se acercó con su paso dolorido y seguro y les dijo que la ley del refugio estaba escrita y que todos sabían lo que había que hacer.

Pitt fue el primero en levantar su orgullo. Se puso de pie y mirando a sus seis compañeros les dijo: -Amigos, que gane el mejor.

Los caniches hablaban al mismo tiempo, a los gritos, se mordían las orejas uno a otro, se quejaban, se rascaban, decían “esto no puede ser”. Wailer se puso de pie y clavó sus ojos, de manera desafiante, en el ojo de Pitt, convencido de que la batalla sería entre ellos dos, ya que nadie más podía competir. El Labra, sabía que un simpaticón como él no podía perder, tenía a favor su dulzura y su gran pelaje, su sonrisa y su buen corazón. Collie, se lamió su hermosa y larga cabellera… con una seguridad silenciosa y cruel… estaba dispuesto a clavar sus colmillos donde fuera necesario, por esa bella mujer.

Y entonces, todos miraron a Grey.

Con las orejas hacia atrás y su larga nariz, abrió grandes los ojos y dijo “No… yo no…” y se interrumpió a sí mismo con su lúgubre inseguridad. ¨Yo no voy a participar…”

Todos se tiraron encima de él, mordisqueándolo y tirándole de la cola, haciéndole cosquillas y ladrándole al oído. “Vamos Grey!! Si vimos como la mirabas!!! Vamos todos por ella Grey!!!” “Hasta un flacucho como tú puede ganar!!” Gritaban sus amigos, los callejeros, los que dormían en los caniles, y todos los perros libres, y aquellos en los livings de sus casas, y aquellos que estaban por salir a correr. Grey recordó ese rostrito negro y finito como un lápiz, esos ojos dulces y desprotegidos… y decidió decir que sí.

Todos festejaron ladrando y arrastrándose en el barro, ante la mirada condenadora de las mujeres del refugio.

 

Camila, una pointer de mediana edad con Parkinson; Bea, una mestiza obesa negra y marrón y Adele, una larguirucha sarnosa muy divertida comentaban acerca de los chicos. Algo celosas de la excesiva atención que acababa de recibir la nueva integrante, se dedicaban a criticarle su extremada delgadez y sus costillas a la vista.

La Bamba fue presentada a la manada después del mediodía.

Fue puesta junto con las chicas en un canil aparte y se negó a comer y a contestar los saludos.

Por la tarde, Camila, Bea y Adele le comentaban a los chicos lo desagradable, estirada y fría que era esta nueva flacucha; pero pese a las pestes que se empeñaban en decir de ella, los demás no hacían más que espiarla mientras dormía, mirarla caminar entre los árboles y oler el lugar por donde ella pasaba. Todos querían ser su compañero, todos querían ganarla, ser el líder y tener el derecho a enroscarse junto a esta bella Bamba por las noches, para juntos vencer el frío a la luz de luna, abrazándose con sus cuellos y descansando de este mundo cruel.

La competencia se empezó a definir esa misma tarde.

Ovejero y varios callejeros decidieron cuáles serían las pruebas, una prueba por día, eliminatorias. Encanto, porte, gracia, destreza, fuerza, resistencia.

Seis días de competencia, y el séptimo… la posibilidad de ser reconocido como el nuevo líder, y de ganarse a la bella Bamba.

Mientras se anunciaban las reglas, Bea, la mujer del ovejero, se reía para sí misma, recordando el día en que había abrazado al viejo por primera vez.

Y llegó el primer día.

La Bamba estaba recostada al sol, con los ojos entre cerrados y aburridos mientras todos los perros colaboraban para armar el circuito.

Las señoras se acercaron a la Bamba y le contaron la historia de cómo había surgido esta competencia. La Bamba escuchó con mirada indiferente, aceptando participar y jugar con las reglas del refugio, aún sin parecer muy convencida.

Delante de ellas, Lord Ovejero presentó a los siete participantes, quiénes a propósito se habían revolcado en barro la noche anterior para que la enana Bulfa tuviera que bañarlos a regañadientes.

Encanto.

Uno a uno desfilaron ante los ojos del jurado, tres callejeros desconfiados y cabrones, los seres más perfectos para ese rol.

Luego del desfile individual, todos debían acercarse al sitio donde estaba la Bamba y alcanzarle un pedacito de manzana con la boca, dejando ver su encanto natural y su delicadeza.

Collie fue el primero, con su largo y hermoso pelo recién lamido, se paseó al sol ante los ojos de algunas callejeras que suspiraban enamoradas. La Bamba recibió la manzana, inmutable y posó la vista en el siguiente participante. Lo siguieron Pitt, Wailer, Labra y Grey y por último los hermanos Caniche venían peleando por el pedazo de manzana más grande.

Tanto ladraban y se mordían uno al otro que no se dieron cuenta de que el jurado estaba mirándolos. Inmediatamente, intentaron disimular, pero era tarde.

El hermano más pequeño quedó descalificado por conventillero y ruidoso, molesto, peleador y latoso. Se fue gruñendo y a los mordiscos, como un perfecto mal perdedor.

Esa noche en el canil, todos reían y comentaban el fracaso del pequeño Caniche, quién ya había olvidado la competencia y se reía de sí mismo con mucha facilidad. Su hermano le prometió dar lo mejor de sí mismo al día siguiente y conseguir el trofeo para los dos, pero en seguida todos los demás lo cubrieron de barro y hojas haciéndolo sentir otra vez un pequeñín.

Porte.

El día dos no ayudó con el clima.

Llovía sin parar y todos estaban hechos un desastre. Decidieron hacer el concurso dentro de la cabañita del refugio para no mojarse tanto pero la verdad es que estaban embarrados y empapados hasta las orejas.

El desfile empezó con Pitt, siguió con Grey y continuó con Wailer.

En el público todos aseguraban que el Caniche mayor perdería ya que con su sarna, no tenía mucha elegancia… hasta que vieron salir a Collie, con unas rastas de barro sobre su cabeza y en su lomo, que lo disfrazaban de lampazo mugriento y maloliente. El público explotó en risas y todos supieron que Collie no pasaría a la tercera ronda.

Así fue. Al terminar todos de mostrar sus dotes, los jueces callejeros votaron a Collie con el menor puntaje y adiós querido, un contrincante menos.

 

Esa noche Grey y el Labra salieron por un paseo nocturno.

Caminaron en silencio, entre los árboles, oliendo las hojas húmedas y dejando que la tierra se pegara en sus narices.

De pronto, en el medio de unos arbustos, escucharon a la Bamba lamentarse.

Grey paró sus orejas y quiso salir corriendo en su dirección.

El Labra lo paró con su pata y le dijo: “déjala, está dormida. Está soñando, ¿no lo ves?”

Muy despacio la rodearon y se pararon delante de ella, a unos metros, viéndola respirar agitada, mover sus patitas con espasmos y abrir apenas el hocico para dejar salir unos pequeños alaridos, unas tenues demostraciones de dolor.

“Pero, hay que despertarla, está sufriendo…“ dijo Grey

“No, está soñando. Quién sabe por qué cosas ha pasado esta mujer. Quién sabe qué dolores tiene bajo esa apariencia dura y sabia. Dejémosla dormir. Quizás en sus sueños pueda encontrar la respuesta, después de todo Grey, todos aquí hemos sufrido, nadie puede salvar a otro.”

Grey se alejó dándose vuelta para mirarla cada dos pasos.

Se acostó en una manta desocupada pensando en ella, en sus dolores, en quiénes habrían sido capaces de maltratarla, de abandonarla, de hacerle mal. En su última imagen antes de dormir, Grey le besaba sus patitas delanteras y dormía con ella al sol, cuidándola siempre de todos los males, protegiéndola de los miedos, de los sueños…

Se despertaron con el rayo fuerte del sol y las cacerolas llenas de comida.

Era día de visita de los proteccionistas.

La Bulfa baldeó todo y mucha gente paseó por el refugio acariciando a todos, dándoles abrigos y golosinas, sacándose fotos con todos ellos y preguntando por los nuevos.

Lo único que pedían era no ser adoptados en este momento, todos querían ver el final de la competencia, todos querían saber quién sería el agraciado novio de la Bamba, sólo quedaban 5 días, no podían volver la próxima semana!?

Finalmente se hizo de noche y todos se fueron.

Decidieron empezar la competencia en ese mismo momento y a la luz de la luna llena, empezaron los trucos y los malabares que habían estado ensayando toda la semana.

Gracia.

El caniche mayor mostró su gracia caminando en dos patitas, a los saltitos, de un lado hacia el otro del canil.

Pitt jugó con un frisbee, arrojándolo al aire y recogiéndolo el mismo antes de que tocara el piso.

Wailer destrozó un muñeco en menos de 32 segundos, dejándolo reducido a gomaespuma regada por todo el piso del canil.

Grey se tiró al piso, rascó su espalda al principio, abrió la boca, sacó la lengua de costado y le hizo el truco de la cucaracha muerta: consistía en doblar las dos patas delanteras, quedarse panza arriba con las dos patas traseras abiertas, la cabeza de costado, la boca semi abierta y una sonrisa despareja y simpaticona.

El Labra se acercó al centro del improvisado escenario y no supo qué hacer. De pronto recordó a su familia, los chicos, su mamá, su papá… algo lo angustió tanto… ¿Por qué de pronto pensaba en eso? ¿Por qué tuvo que recordar la visita al veterinario y su diagnóstico fatal?

Como si fuera el día de ayer recordaba cómo su propio padre había decidido sacrificarlo.

Los niños no paraban de llorar, y su mamá imploraba que le dieran una oportunidad más.

El veterinario dijo que no había nada que hacer, que el tumor avanzaría hasta dejarlo inmóvil, sin poder hacer sus necesidades ni demostrar cariño, ni siquiera pensar.

El papá dijo que esa no era vida para su gran amigo de toda la vida y que era mucho trabajo ocuparse de él así. Él supo inmediatamente, que lo que en realidad pasaba, era que nadie quería tener que tomarse el tiempo de ocuparse de acompañar a un perro enfermo en su final.

Una noche, todos lloraron alrededor de su cama, y él entendió que se estaban despidiendo.

La mamá no se acercó y se mantuvo esquiva y seca. Se acostó a dormir sin mirarlo y no lo acarició como hacía todas las noches, pero, cerca de las 3 de la mañana, lo despertó con dos golpecitos en la cola y lo hizo subir al auto en silencio.

Manejó un largo rato y paró el auto en un camino.

Lo bajó y con los ojos llenos de lágrimas le dijo “Labra, no puedo soportar verte partir, no puedo soportar verte enfermo y agotado, pero menos que menos voy a poder llevarte a que terminen con tu dolor, lo siento amigo, pero prefiero que elijas tu destino, ya que no me siento quién para tomar esa decisión”.

Con un abrazo fuerte, le colgó un cartel al cuello y una mochila con comida y abrigo.

Nunca más la volvió a ver.

 

Nadie entendió por qué el Labra no pudo competir. Tan sólo se quedó estupefacto dejando que los segundos pasaran, sin hacer nada en absoluto, con la vista perdida y la mente en otro lado. Hasta que lo descalificaron.

 

Más tarde, hablando con el viejo Lord, le contó lo que le había pasado, a lo que el viejo le respondió. “No te avergüences amigo Labra, todos aquí hemos pasado por cosas terribles, y para todos nosotros, nuestro infierno es el peor”.

Se abrazaron como grandes amigos y se fueron a dormir.

 

El gallo cantó a las siete de la mañana.

Caniche saltó de su cama con una energía desbordante y agotadora. Apenas se habían dormido unas horas antes, así que todos caminaban lento y pesado.

Desayunaron, y luego de la visita de los veterinarios. Empezó la recta final.

La Bamba luchaba con una garrapata cuando Wailer se le acercó, ella pensó que venía ayudarla a sacársela, pero lejos de eso, se puso a romper una cuerda y revolear los pedazos por el aire.

Bea, Camila y Adele, le explicaron a Bamba que Wailer siempre había sido así, como un adolescente eterno, siempre debía demostrar lo que podía hacer y llamar la atención de los demás.

La Bamba lo ninguneó, se levantó con su garrapata y con cara de asquerosa, se fue a mordisquearla a otro lugar.

Wailer, algo derrotado, empezó la competencia con el ego por el suelo.

 

Destreza.

El día de mostrar los dotes había llegado.

Sólo quedaban cuatro: Wailer, Grey, Caniche y Pitt.

Lord Ovejero puso en el piso unos juguetes; la prueba consistía en tomarlos con la boca, sortear unos obstáculos, saltar unas vallas y trepar a la primera rama de un árbol muy bajo, con el juguete en la boca.

El primero fue Pitt.

Con mucha facilidad, tomó el juguete entre sus dientes de cocodrilo y corrió dejando los obstáculos detrás. Una vez en la rama del árbol miró a la Bamba y le arrojó el juguete dejándolo caer justo a su lado. Ella sonrió.

Caniche repitió la prueba, pero al llegar a la parte de la rama, tuvo alguna dificultad para subir. Finalmente, lo logró, pero tembloroso.

Grey llevó el juguete fuertemente entre sus dientes, pasó por obstáculos y vallas y temió caer de la rama, aunque subió sin problema alguno. Quiso tirar el juguete, pero al recibir la mirada de la Bamba, se sintió muy pequeñito y no se animó, así que tan solo hizo una lengüita de placer y bajó de la rama.

Por último, llegó el turno de Wailer.

Imponente tomó el juguete ante los ojos represores de la Bamba.

Se largó a correr con tal furia y competitividad que todos los conos y vallas cayeron hacia los costados, no pudiendo sortear nada. Al ver que todo estaba desparramado a su alrededor, su ira fue tal que la emprendió a mordiscones con los conos y los juguetes y la rama…

Tuvieron que calmarlo entre cinco. Estaba descontrolado.

La enana Bulfa vino a buscarlo y se lo llevó.

Lo trajo más tarde, ya más tranquilo, y hasta el día siguiente no se escuchó de él.

Esa noche Wailer soñó con su familia. Desde los 45 días había estado con ellos. Sus padres habían pagado una fortuna por tenerlo, y dormía en la cama grande desde su primera noche en la casa.

Pero pasados unos meses, se acabó el verano y ambos se fueron.

Lo dejaron solo. Lloró, lloró y lloró. Intentó abrir la puerta para ir a buscarlos. Intentó abrir las ventanas, correr los sillones, salir al patio… pero ellos seguían sin volver. El enojo era tal que, para descargar, se la agarró con la alfombra, las zapatillas, los almohadones.

Finalmente, unas horas después, se quedó dormido.

El sonido de unas llaves lo despertaron. Era de noche y habían vuelto!!! Se puso tan feliz que se hizo pis encima!

Nunca pudo entender por qué ambos papás le gritaron, le pegaron y lo encerraron.

Y así, día tras día, tras día, tras día. Hasta que no los volvió a ver. Simplemente lo subieron a un auto y lo dejaron en una pensión.

De ahí en más, pasó por tres casas más, donde la historia se repitió.

Finalmente llegó a una casa de un hombre donde se lo perseguía con una pieza larga de metal. Una noche recibió un golpe tan fuerte que tuvo que abalanzarse sobre el hombre para defenderse.

Después de eso, abrió la puerta y huyó, corrió y corrió hasta que no pudo más.

Cansado quedó al costado de un camino hasta que alguien lo levantó.

Pero volvió a escaparse, ya no volvería a confiar en nadie más.

 

Wailer despertó la mañana siguiente mucho más tranquilo, pidió perdón a las damas y felicitó a los tres semifinalistas.

Caniche, Pitt y Grey.

Por la tarde, se reunieron alrededor de la arena y Lord ovejero dio inicio a la anteútima competencia.

Fuerza.

Una soga estaba anudada a una vieja camioneta desarmada. Le faltaban partes y estaba oxidada y ocupada por unas gallinas chuecas y desplumadas que no ponían huevos hacía años.

Del otro lado, los participantes, tenían que tirar con todas sus fuerzas e intentar mover la camioneta.

Grey fue el primero.

Sintió que sus dientes iban a salirse de lugar y partirse en mil pedazos, pero los metales cedieron y la camioneta avanzó hacia adelante unos centímetros.

Todos festejaron.

Pitt tomó la cuerda con fuerza y las gallinas salieron cacareando por el aire y soltando plumas. La camioneta rechinó y se movió varios metros, dejando cascarudos y bichos bolitas confundidos debajo de las ruedas.

Pitt soltó la cuerda y le echó una mirada ganadora a la Bamba, quién de haberse podido sonrojar, lo hubiera hecho.

Caniche se acercó lleno de valor. Mordió la cuerda y tiró, tiró y tiró. Incluso su hermano se unió a la lucha y tiró con él. Se lo permitieron, ya que sabían que no iban a poder.

La camioneta permaneció inmóvil, las gallinas volvieron a posarse y la competencia terminó.

Esa noche Pitt y Grey salieron a caminar.

Nunca habían sido los más grandes amigos, pero esta competencia los había acercado y los había hecho conocerse más.

Pitt le contó a Grey que siempre había sido muy competitivo, muy territorial, terriblemente peleador y de mal carácter, pero que algunas cosas en los últimos años habían empezado a cambiar.

En cinco años había peleado para su dueño, sin perder una pelea jamás. Había visto más sangre de la que había querido y había lastimado a algunos amigos. Siempre al llegar a casa se lo recompensaba, nuevos collares, golosinas, comida de la mejor. Paseos en coche y muchas caricias, una vida de lujo, una vida llena de honor.

Un buen día su dueño lo llevó a un recinto donde perros y gallos peleaban en el mismo lugar.

Parece que había mucho dinero en juego, todos parecían nerviosos, gritaban, discutían.

Alguien dejó caer una jaula, y varias cayeron después, los gallos se escaparon y empezaron a picar y rasguñar a todos, incluyéndolo a él.

Cuando llegó la pelea, no quiso que se notara, pero le molestaba la herida y no podía ver bien.

Se desconcentró un segundo y el otro perro se le vino encima, mordiéndole media cara, arrancándole algo sin que él pudiera entender.

Su dueño lo retiró de la pelea, llevándolo al veterinario.

“Perdí la pelea, perdí el ojo, y también lo perdí a él. No sabes lo que es que te usen para su provecho. Que te traten bien mientras les sirvas y que después te tiren como a una basura. Sin mi ojo no era nada, no servía más, así que fui a parar a la segunda mano, donde me terminaron de destrozar. Ojalá nunca te toque vivir algo así, tierno y callado Grey”. Dijo Pitt antes de volver a la cabaña y acostarse a dormir.

 

Grey permaneció un rato más entre los árboles, oliendo el aroma a la lluvia que estaba por llegar.

Un ruido lo sobresaltó y caminó despacio hacia el lugar de donde venía.

Al acercarse, la Bamba temblaba, dormida, una vez más.

Grey se acercó despacio y se acostó a su lado, sin despertarla para no asustarla, tan solo la acompañó hasta que ella dejó de temblar.

Al abrir los ojos por la mañana, fue difícil de explicar. ¿Qué hacía ahí recostado al lado de ella? ¿Por qué no había dormido en la cabaña con los demás? Ella se puso incómoda y él se levantó mirando disimulado hacia otro lado. Cada uno caminó en sentido contrario y no dijeron nada al respecto.

 

El último día de la competencia fue un día gris.

Las nubes cubrían el cielo amenazando con romperlo y dejarlo caer en cualquier momento.

La arena estaba decorada con banderines y caballetes.

El día había llegado.

Resistencia.

¿Sería Pitt? ¿Sería Grey?

La Bamba charlaba animadamente con los caniches, con Wailer, Lord, Bea y Adele. Totalmente adaptada a la manada.

Pitt y Grey estaban nerviosos en unos boxes improvisados.

Pitt le deseó suerte a Grey mientras éste no dejaba de temblar.

Adele se acercó por detrás para tranquilizarlo.

“¿Qué pasa amigo? ¿Por qué no estás disfrutando?”

“No sabía que habría una carrera, yo pedí que no hubiera una carrera… yo…yo no puedo correr.”

“Vamos Grey, no puede ser, todos los perros pueden correr”

“Yo no, yo no sirvo, no sirvo para correr”.

En una crisis nerviosa Grey salió de boxes y se encerró en su cabaña.

El jurado estaba por descalificarlo por abandono, y Pitt ya saboreada su triunfo, pensando que quizás su conmovedora historia lo había hecho trastabillar, después de todo, era él quién merecía ganar…

 

Ante los ojos sorprendidos del jurado, La Bamba se levantó de su cómodo asiento y dejando a todos en silencio, entró a la cabaña.

Grey lloraba dentro.

Se acercó a él y con su largo cuello rodeó el de él.

El recordó su última carrera, una historia tan parecida a la de Pitt que impresionaba. Jamás había perdido una carrera. Su nombre estaba en pecheras, en banderas, en copas y trofeos. Todo fue amor y premios hasta que, en una curva, ese otro perro lo embistió por detrás. Cayó dolorosamente sobre sus patas traseras escuchando como sus huesos se partían y lo dejaban inmóvil en el lugar. Detrás del primer perro lo embistieron cuatro más, y sus aullidos de dolor se escucharon desde las gradas hasta la puerta del canódromo. Lo operaron, cuatro, cinco, seis veces, pero sus patas no sirvieron más. Se acabaron los mimos y los premios, se acabaron los besos, se acabó la gloria, se acabó el amor.

Ese día lo ataron a un palo para dejarlo morir. Después de dos días enteros luchando, él le juró a la soga que lo ataba al cuello, que iba a sobrevivir y que nunca jamás volvería a correr una carrera, por ninguna razón.

La Bamba permaneció a su lado, como si lo escuchara pensar. Al oído le dijo algo con la voz más dulce escuchada jamás, todas las campanas desaparecieron, y las carreras se evaporaron, las fracturas se soldaron y los galgueros se retorcieron.

La Bamba dijo solo unas palabras y se retiró.

Afuera en la arena, todos esperaban que salieran juntos, pero sólo ella salió.

Los jueces se pusieron de pie, y Pitt sonrió, saboreando el triunfo por el abandono de su contrincante… justo en ese momento se abrió la puerta de la cabaña y Grey, sin temblores, entró a los boxes por última vez.

Largaron la carrera a las 16 horas en punto.

Pitt salió furioso con sus patas cortas y una rapidez ruda y maciza. Grey corría sintiendo dolor en su pata trasera, no la podía apoyar. El camino era recto durante casi toda la carrera y sólo tenía una curva casi llegando al final.

Pitt seguía constante y sin cansarse, se lo veía firme y muy convencido de llegar. Grey empezó a sentir pinchazos en su pierna, sentía temor cada vez que el cuerpo de Pitt se arrimaba al de él, perdía velocidad y la recuperaba, pero sin constancia.

Tres segundos antes de la curva final, recordó las palabras que Bamba le había dicho minutos atrás:

“No hay nada más hermoso que ver correr a un galgo en libertad”.

Y entendió que esta carrera no era por otro, que no era por dinero, por premios, por prestigio ni oro. Esta era la carrera por SU libertad, y que si corría con su corazón y no con sus piernas, y que si corría no porque lo obligaran sino porque de verdad quería… era capaz de ganar. Su pierna fracturada se soltó por completo, el dolor desapareció y la pudo apoyar. Tomó la curva como sólo sabe hacerlo un galgo, en el repique de la curva el Pitt perdió velocidad y Grey avanzó pegando sus orejas hacia atrás y sus piernas al abdomen una y otra vez.

Por tres enormes cuerpos le ganó a su amigo, que tuvo que ser asistido con tarros de agua y abanicado por tres gallinas.

Grey fue frenando, siendo alabado, abrazado y festejado por todo el refugio. En la llegada estaban sus amigos, el jurado, los callejeros, las chicas… hasta la Bulfa había salido a verlo correr. “No todos los días se ve un espectáculo tan hermoso como éste” dijo ella admirándolo.

Cuando los festejos cesaron, las chicas trajeron a la Bamba, con flores en su cuello y los ojos brillantes de amor.

La tradición decía que la señorita debía decidir si quería o no, ser la mujer del campeón.

Varias veces había pasado que llegada esa instancia, las disputadas se negaban a ser el trofeo del ganador a pesar de haber dado su consentimiento con anterioridad.

La Bamba se acercó a Grey y los dejaron solos.

Caminaron hasta que Grey respiró con calma, ya sin jadear.

“Yo tengo sueños terribles…” dijo ella avergonzada.

“Lo sé” dijo Grey

“No quiero temer más. Me han hecho mucho daño” dijo Bamba dejando ver sus docenas de cicatrices, de quemaduras, su cuello mal cicatrizado por la soga que quiso darle fin.

Grey la abrazó con su propio cuello, como símbolo de amor eterno, diciéndole al oído:

“Solo la vida de un galgo salvado, vale más que la de aquél que lo ha torturado. Vamos a ganarle a los malos sueños, vamos a dormir siestas al sol. Queda mucho por vivir todavía, flacuchita. Vamos.”

Y volvieron juntos a la fiesta, y bailaron junto con todos los demás. Festejaron tener un techo, tener una enana Bulfa que los cuide, festejaron tenerse el uno al otro y poder volver a empezar.

 

Cuenta la leyenda que a Grey y a Bamba los adoptó una pareja.

Ahora viven en una hermosa casa, junto a su nueva familia, juegan carreras uno con el otro en la plaza y duermen hermosas siestas al sol.

 

 

 

Cuando quieras tener una mascota, no compres, siempre pensá en adoptar. Hay animalitos que hay un sufrido mucho y VOS podés hacer que vuelvan a empezar!

Agradecimientos a quienes me han enseñado a amar a todos los perros y a leer la mirada hermosa de los galgos. Agradecimientos a los que dejan la piel porque los galgos puedan tener otra oportunidad.

 

9 comentarios en “El Refugio

  1. Es muy lindo el cuento, pero quizas sea para chicos un poco mas grandes que Mauro. Si bien sabe muchas cosas (se nos murio una mascota cuando el tenia un año) hay algunos parrafos que deberia pasar por alto. Quedara guardado para dentro de un par de años. Besos.

  2. Pocas son las personas que pueden hacer que uno viva una historia como si estuviera ahi. Que cuentan algo, y a la vez muestran tal cual su corazon. Te felicito y agradezco. Para algunos que no es siempre facil llorar, lograste hacerll sencillo. Y obvio tambien disfrutar esta gran historia. 🙂

  3. V tus cuentos me hacen que mis otros se alejen por un ratito. Gracias por una historia maravillosa que me hizo temblar y emocionar al mismo tienpo.
    Un ratito para lagrimear por otra cosa y no x lo cotidiano.

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