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Las putas y yo

Foto: Danparo Rodríguez Ph

(Pinche)
Comenzaron los trabajos de reparación en la unidad 23, el departamento donde las mujeres trabajaban con su cuerpo.
El consorcio del edificio fue a buscar a la dueña, que no vive ahí, para pedirle permiso para entrar, y así encontrar las pérdidas que ocasionaban los manchones de humedad en mi departamento y el de Gloria. La señora, mayor, no tenía idea de quién estaba viviendo en su propiedad, de modo que hizo una denuncia por usurpación. Mientras tanto, el consorcio golpeó las puertas del 23 a todas horas, sin recibir respuesta. Nadie vive en el 23, pero se escucha gente entrar y salir por la noche. Las chicas entraban y salían en horarios bastante parecidos a los míos. Mientras todo el edificio duerme, las putas y yo, trabajamos. Mientras mis perros aúllan, las putas se desvisten y yo preparo cafeteras con los ojos cerrados de sueño.
Vuelvo a casa derrotada, arrastro el carry on mojado de esta lluvia que no piensa parar hasta demostrar lo poco que hizo Scioli por la provincia, arrastro los pies escalera arriba y me cruzo con una rubia que eructa leche en su último día en el edificio. Nos saludamos sin pisarnos la sábana, porque a esas horas, ante todo, el respeto.
Me duermo incómoda, con la cabeza apoyada en la almohada, abrazando al perro que llora cuando me voy, aquél que hace apenas unos meses manchaba todo de gusanos y jugos. Los gatos se acomodan en los huecos que deja mi cuerpo doblado, en el arco interno de las rodillas, encima de mis costillas. Adela se acerca y me huele, con la nariz deforme y torcida, se introduce entre las colchas, dejando sus cuartos traseros contra los míos.
Me duermo.
Llueve sin fin, llueve mientras mis ventanas rotas dejan entrar esas pequeñas cataratitas con las que resbalaré por la mañana por culpa de las pantuflas gratuitas de los hoteles 5 estrellas; llueve, llueve porque así es como el cielo nos dice cosas distintas a cada uno: que es hora de dormir, que te bendice y te entrega la mejor noche para garcharte todo y tomar whisky, que te maldice y tenés que irte a Rio Gallegos, que te acaricia y se te cancela el vuelo, que te mete el dedo en el orto y extrañás terriblemente a tu amor. El cielo se manifiesta siempre de la misma manera para todos, pero no hay manera de que todos recibamos el mismo mensaje.
Me abracé a mis perros y mis gatos, nos dimos vuelta unas 300 veces, para un lado y para el otro, estábamos calentitos y llenos de amor. Supongo que debo haber sonreído en sueños, porque no puedo aspirar a más que eso: querer, sentirme querida, sentirme a salvo del desamparo.
Por la mañana, paseamos. Me encontré un policía en la puerta de casa. La pareja del kiosco de diarios me confirma que hay una “consigna” en el edificio, con un relevo cada 6 horas en el piso del 23. Las putas se han ido, ahora solo quedo yo. Finalmente, se ha podido ingresar al departamento y un plomero rompe las paredes con una violenta maza, yacen los escombros en el antiguo burlesque del amor.
No paró de llover, como en esas canciones de Maná. A la noche decidí hacer una expedición y buscar al policía, no quería ofrecerle una tacita de té, solo quería verlo, ver de cerca a un policía haciendo guardia. Cerca de las 3 de la mañana, abrí la puerta, dejé escapar al gato y lo seguí gritando su nombre, solo para crear una escena que justificara mi subida en pijama al piso de arriba. El plan del gato funcionó perfecto, pero no había ningún policía. Era todo un timo. Volví a mi cama, frustrada y desprotegida. El distrito 12 sigue siendo tierra de nadie, sin policía, sin putas, sin relevos con pizza, café y rosquillas… tan solo la lluvia, tan solo mis perros, Gloria la quejosa, y yo.
Me desperté esta mañana entre animales, adivinen qué?
Llueve.
Son las 3 de la tarde y ni siquiera pudimos salir a pasear, Adela duerme con la cabeza en la almohada y tapada hasta arriba. Los gatos se abrazan en un cuadro perfecto. Vento se rasca la oreja con una pata trasera, le duele y pega un grito, mira la pata enojado y empieza a morderla, como dándole una lección. Todos tenemos un coeficiente intelectual altísimo por aquí.
Me hago un té porque nunca hay nada para comer. De alguna manera me encanta vivir en este palacio del moho, donde los vidrios lloran, las paredes crían hongos, los animales se adueñan de las comodidades y la heladera no tiene nada para enfriar.
Se escuchan voces, parece ser que Gloria habla con alguien. Quizás sea el policía. El otro día la vi esperarlo muy animadamente del lado de adentro de la puerta del edificio, ella llevaba en los pies algo que era de entrecasa, tenía a su perrito caniche gay en los brazos, sonreía nerviosa esperando que el policía entrara. Espero que se la esté cogiendo, quizás así deje de prestarle atención al llanto de mis lobos. La ecuación es simple, si Gloria coge, yo puedo ir al cine. Y en realidad, me encantaría ir al cine, comer unos pochoclos, volver a casa, que lloviera, hacer unos tecitos verdes, y visitar las hermosas cataratitas que nacen de mis vidrios rotos.
O acaso no es eso la felicidad?

Me visto para ir a votar, camino unas cuadras, entro a la escuela, hago la cola mientras reviso cosas en el celular. Escucho a las personas hablar de cosas con las que no estoy de acuerdo, miro para otro lado intentando demostrarles mi desinterés. Necesito que la cola se apure, tengo los perros atados en la reja del lado de adentro y el de seguridad me miró mal. Con ojos impacientes recorro la cola y me encuentro con dos chicas de las que trabajaban en casa, en el 23. Me sonríen, les sonrío, nos saludamos en silencio, nos respetamos. Este horario no nos pertenece, no deberíamos estar despiertas, no es horario para ninguna de las 3, preferiríamos estar en la cama, dormidas, abrazadas a alguien, calentitas y escuchando la lluvia, preferiríamos el amor, siempre el amor, las putas y yo.

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