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Pulpería los hijos de puta

Entré por la ventana, como un ladrón al atardecer.

La ipomea purpúrea se ha adueñado de entrada, ventanas, patio. Sus raíces y ramas caminan por todos lados, llegando hasta el centro de las habitaciones. Los techos parecen estar podridos, quizás podrían aplastarnos ahora mismo. Los baños no pueden usarse, además de no haber luz ni agua, la sensación de fantasmas esperando hace 30 años en la oscuridad, no permiten que uno lo piense como una opción. Paredes rotas, ladrillos, materiales. Una cocina llena de envases de productos de limpieza y pinturas vencidas. La vereda levantada, el patio tomado por enredaderas y pequeños álamos que pronto serán un problema. Habría que pedir 14 volquetes y tirar absolutamente todo.

Me alejo, y como en la peli Titanic, puedo abstraerme del presente y recordar vagamente cómo fue en su época de oro. Mesas llenas, frituras saliendo a granel perfumando todo el salón, unas papas  que le devolverían la vida al más amargado. Me alejo más, esto podría funcionar. Un mueblecito con tazas de colores aquí, unas mesas de madera allá, aquí un poco de decoración campestre y nuestro toque sorpresa. Podría funcionar.

Limpiar esa heladera vieja, si no funciona no importa, es hermosa. De algo va a servir.

Que la gente venga a conocernos. Hacerme un peinado vikingo y esperarlos con sonrisa y pulcritud. Volver a hacer café. Volver a servir café.

Me lleno de lágrimas que no dejo salir, me pienso recorriendo el salón con una cafetera plateada en la mano, con un delantalcito y mi nombre en una chapita, sin turbulencias. Se me dibuja una sonrisa porque al fin y al cabo, lo único que quiero, es volver a servirles café.

Quizás algún día se haga realidad.

 

send volquetes.

 

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Prohibido el otro.

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Intento escribir con regularidad, como quien intenta hacer un deporte para volverse, algún día, un poco bueno haciéndolo. Cada momento libre que tengo, quisiera emplearlo en escribir; pero claro, aunque no tengo trabajo, por momentos siento que tengo 54 trabajos, aunque ninguno incluya la obra social ni suedo fijo.

Siempre se me escapa el tiempo libre con el teléfono en la mano, no es novedad. Me pasa con las redes desde el invento de internet, cuando tenía 15 años y me senté por primera vez enfrente a una compaq presario. Soy una verdadera fanática de las conexiones, las redes, la información compartida y las relaciones interpersonales cibernéticas. Soy Lain. Por ese motivo, muchas veces caigo en mi propia trampa y me encuentro navegando entre sin sentidos, cuando podría estar empleando mi tiempo para algo más productivo.

La salida de un segundo libro me tiene entusiasmada, pero claro, para eso debería escribirlo. Lo compilado hasta el momento no alcanza ni un 50% y la verdad es que no hay cohesión entre los escritos, así que debería buscar un hilo conductor. Me acuerdo la última vez que me pasó eso, me tomé un avión y me fui a California a escribir borracha en hoteles. Todo muy romántico y beat poetry pero ahora ya no vivo esa vida. Lo más romántico que alcanzo a hacer es ir a tener terapia telefónica a las escaleras de la cabaña, con una vaso de coca light y una bolsa de tutucas, mientras me aplaudo mosquitos contra los tobillos.

La nueva vida ha llegado, ya no tengo que esperarla más. Esos sueños en los que uno se preguntaba “Cómo será el futuro?” han terminado, porque el futuro está aquí. Esto somos.

Un poco barbijo y alcohol en gel, un poco juntada clandestina, un poco malos padres dándole al niño el celular para poder comer tostadas en paz, un poco bañarse cada tres días porque hace frío, manguerear perros que se revuelcan en mierda, hacer otro modelo de carrot cake vegana (esta vez con huevos de chia), un poco quedarse lejos de todo y de todos, esperando que nuestros buenos amigos crucen la frontera de Kicillof y nos vengan a visitar, con un bolsito con pijama, cepillos de dientes y comida de la capital. Recibimos a los amigos con mucha alegría, ellos son nuestra conexión con quienes fuimos alguna vez, aunque ellos mismos ya no son los que fueron alguna vez.

En algún momento antes o después de la comida, tenemos una charla con recuerdos prepandémicos. Todos nos extrañamos cuando vemos esas películas en las que el protagonista entra a un bar y besa a todos, o irrumpe corriendo en la sala de un hospital donde nadie lleva barbijo y donde nadie le dice “Señor no puede estar aqui”. Todos, absolutamente todos, sentimos que tocar al otro es raro. Nos hemos transformado en estos robots de piel, que transgreden las leyes cuando se abrazan, incumplen las normas cuando comen juntos, desafían a la autoridad cuando se acercan a menos de un metro del otro. Lo hacemos, no porque queramos ver el mundo en llamas, sino porque necesitamos sentirnos vivos. “No man is an island” ya lo dijo Jack en Lost, y mirá cómo le fue; ni idea, proque alta confusión ese final.

Desde este lugar paradisíaco, donde todos creen que la re pegamos, escribo. Escribo mientras mi hijo duerme una siesta sagrada de dos horas en la que tengo que elegir si bañarme, cagar, lavar ropa, dormir con él o escribir. Elijo escribir porque quizás también me salve ésta vez- como lo hizo aquella vez, y la otra, la otra y la otra.

Mis nuevas historias están cargadas de nostalgia, de frugalidad, de un tiempo que pasa por momentos lento, por momentos salvajemente rápido, por momentos raro, como si uno flotara en un espacio que parece irreal, como un cuadro. Mis nuevas historias están atravesadas por un extraño feminismo no peronista, un feminismo que pareciese pecador, infractor y falso, pero que es tan fuerte y real como el despertar. Mis nuevas historias se escriben desde el útero, porque ya no se puede volver a escribir desde un sótano en el que los hijos no existían una vez que los hijos llegan. En mi nuevo búnker, al preparar la mochila para este apocalisis zombie, primero pongo los pañales, los chiches y las papas fritas, porque son las únicas cosas que voy a necesitar. Puedo prescindir de todo lo demás, si mi hijo sonríe, el mundo puede estallar. En mis nuevas historias: plantas, canciones viejas, sol en la cara. Ya no soy la que se acostaba a las 4 am y hablaba con aviones. Los aviones me descartaron como basura, los aviones ya no me necesitan para escribir sus memorias, así que saldremos a buscar nuevos sujetos inanimados a los cuales ponerles rostro y voz, ya encontraremos algunos por ahí.

En mis nuevas historias, mucha realidad. Para qué hablar de ficción, cuando lo que nos está pasando supera a cualquier George Lucas. No voy a hablar de ficción.

Un abrazo grande para los que leen, un abrazo de esos en los que el cuerpo siente al otro, en los que sentimos el calor del ser humano que estamos abrazando, en los que el acto en sí, no es gran cosa, pero uno se siente como se sentía antes, cuando el otro no era la lepra, cuando el otro no era enemigo, cuando el otro no estaba prohibido.

vk
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El amor después del avión.

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Escribí ya todas las despedidas: la emotiva, la del despecho, la indignada, la que quiere cortar en tiritas el uniforme y escupirle la cara a alguien.

Pero todavía no escribí la carta de amor, y es obvio que esa, después de todo, es la única que quiero escribir.

Jamás, jamás, jamás, voy a poder odiarte.

Jamás me va a dar lo mismo, jamás borrar de la piel el olor a café pegoteado después de un servicio larguísimo, jamás desaparecer el apretujón de las medias después de 14 horas, jamás olvidar como intentaba contener la risa mientras hacía anuncios y mis compañeros me hacían tentar, jamás esa vez que se me volcó un carro entero yendo a Miami y cayeron todas las comidas al piso, jamás cuando llevé una tortuga en una caja de zapatos en un bin, jamás agarrar la mano de una compañera que pensó que nos moríamos en la peor turbulencia de nuestras vidas, jamás ser el primero en ver salir el sol, o dormirme con el zumbido de motores en la fila 40, o sostenerme los ojos con escarbadientes a las 4 am con todo el avión apagado… jamás, jamás, jamás lo voy a olvidar.

De todas las despedidas que escribí y que seguiré escribiendo, es en ésta, y solamente en ésta que me permitiré ser por un ratito, aquella que fui durante tantos años. Por qué? Porque nosotros ya no podemos permitirnos la nostalgia, porque ya no podemos seguir arrastrando las cadenas por nuestras casas, moqueando sobre los uniformes, y temblando con cada mail que llega, o que no llega. Necesitamos empezar a planear en qué vamos a convertirnos pasado mañana, cuando estos señores hayan hecho las valijas y elijan un nuevo destino donde poner NUESTROS aviones. Porque mientras le cambien el nombre a NUESTROS aviones, mientras los pinten con ese cucurucho de mierda que se les ocurrió inventar, que fue el principio de nuestra ruina, nosotros vamos a estar armando un curriculum vacío y estúpido, para un trabajo vacío y estúpido que no queremos hacer, donde probablemente no nos van a tomar, y donde seguramente nos chupe un huevo estar.

Señores, aceptémoslo ésta vez, y sólo ésta vez. Hemos muerto. Estamos en este momento y por tiempo indefinido, oficialmente muertos. Pero no muertos sin pulso, no muertos sin respiración, estamos muertos como solamente se mueren los que se mueren por amor. Estamos muertos como esos adolescentes a los que los dejan los novios y quieren dejar de comer, de bañarse, de hablar. Estamos muertos y encaprichados. Enojados con ellos y con nosotros, y por las dudas, con el que se cruce. Al menos 7 veces por día, le digo a alguien que estoy desempleada. No importa si conozco a esa persona o no, se lo digo igual. Le dejo mi drama, mi malaonda y mi muerte. Qué me importa. A todo el mundo le digo que me echaron, que me trataron como a un perro, que mi amor no fue correspondido. Y me enojo y me voy a dormir enojada, y me aguanto las lágrimas y prometo que cuando vaya a firmar el retiro voy a llevar el ipad y le voy a rayar toda la pantalla, total qué me importa, que se jodan, se van a tener que comprar otro. Toda enojada me levanto y toda enojada desayuno. Toda enojada voy al chino y le digo que me echaron. La china no entiende porque tengo barbijo, me enojo más y vuelvo cargando las bolsas, mirando el mundo desde este lugar horrible que es la tierra, y odio las nubes, odio que salga el sol, odio la lluvia y el viento. Todo me hace acordar al novio que me dejó, todo. Pero mi enojo es tan grande que mi carta de amor no es de amor, sino de odio.

Entonces, claro, sucede.

Entonces, decido decirles la verdad.

En realidad, yo no hablaba con el Sierra Juliet. Los aviones no hablan. Lo que pasa es que yo estoy loca hace muchos años, y tengo la imaginación de un chico de 5 años. Lo que pasaba era que yo cerraba fuerte los ojos y me imaginaba que por la ventana de la habitación donde ahora escribo, se aparecía el avión, solito, como pasándome a buscar. Entonces, yo salía, abría la puertita de reja de mi casa y toda contenta iba a su encuentro. Entonces charlábamos, aunque en realidad, yo siempre estaba sentada acá, en el teclado. En mi cabeza charlábamos, y estaba tan bueno, tan bueno tener adonde ir.

Tener adonde ir te puede salvar de la locura, debo admitir que más de una vez necesité escapar a esos lugares de la imaginación. Meterme en ese avión calentito, alfombrado, cómodo, agradable y mío, me hacía sentir a salvo. Tan a salvo, que después cuando finalmente tocaba subirme a un avión de verdad, poco importaba si el vuelo era una reverenda cagada, siempre yo encontraba un momento para hacerme un té, apoyarme en la mesada de adelante y pensar que estaba a salvo.

Ahora que ya los aviones no me hablan, ahora que hay un fulano preparando todo para pintarles ese cucurucho de mierda en la cola, tengo que buscar una nueva cueva donde refugiarme.

Creo que eso es lo que nos está pasando a todos. No hay suficientes cuevas, todas parecen estar ocupadas, no sabemos gestionarnos nuestras propias cuevas, y entonces, todo se desmorona.

Alguna vez llegué a pensar que me iba a jubilar en el avión, después nació mi hijo, y ese tiempo se acortó un poco. Por más que muchos de ustedes piensen que la vida en el avión es perfume y caviar, les cuento que es más bien olor a chivo y sanguche de queso. No sé si hubiera estado dispuesta a criar a mi hijito desde lejos. No sé si me iba a bancar dormir afuera, irme cuando me necesitara, perderme momentos. Quizás sí, quizás no, ya no lo voy a saber, pero si tengo que apostar, apostaría que no.

De todas maneras, esta salida del mundo aeronáutico es, cuando menos, prematura, forzada y brutal.

Y no, no los vamos a perdonar. Y si, seguramente encontremos nuestras cuevas, y nos crucemos por allí en los pasillos de algún trabajo de mierda que sirva solo para llenar la cacerola, pero que no nos deje ni un ápice de la satisfacción que sentíamos haciendo eso de lo que tanto nos quejábamos. Si, somos quejosos, es nuestra particularidad. Y qué? No me da vergüenza admitirlo. Los tripulantes somos quejosos, fastidiosos, niños mimados. Y qué? También estamos siempre más allá, viendo las cosas que los demás no ven. También tenemos una sensibilidad para cosas que a otras personas se les escapan, también tenemos la capacidad de inspirar confianza, tranquilidad, comodidad y cariño. Me llena de orgullo decirlo, me encanta. Me siento zarpadamente orgullosa de mis compañeros, hasta hoy, hasta el final. Con todas sus ñañas y sus pavadas, con los puteríos, las mentiras, las idioteces… los elegiría una y mil veces, porque todos y cada uno, hicieron de todos estos años, algo inolvidable. Fueron ellos los que transformaron metal en hueso, plástico en músculo y cable en piel. Fueron ellos los que lograban mis sonrisas, fueron ellos los que hicieron que la cultura gilada que nos quisieron meter en la cabeza desde el día uno, se transformara en lo que al final fue. Porque podían venir con 300 mails por semana que dijeran que ahora en Chile se les cantó el ojete que en vez de reirnos para la derecha nos teníamos que reir para la izquierda, pero sabés que? Cuando en Chile empezaban a crecerle los dientes, nosotros ya nos reíamos a carcajadas. Siempre supimos de qué manera hacerlo para que saliera genial, sus 300 mails nos los pasábamos por el culo, porque sus procedimientos de chuparle la pija al comodoro black de la 1 juliet nos tenía sin cuidado. La pija no se chupa en la 1 juliet, todo el mundo sabe que se chupa en el galley de atrás.

A ellos, a mis compañeros, mis eternos agradecimientos. No me van a alcanzar los años de vida para recordar todo lo que viví. Y les recuerdo que aunque estemos heridos de muerte, fuimos lo mejor que pudimos ser, y eso no nos lo quita nadie.

A los aviones, qué decirles. Ya no hablo con aviones. Soy una señora grande con un bebé, ya no tengo 28 años. Gracias a los aviones conocí el Masai Mara, la isla de Phi Phi y el muro de Berlín. Una vez viajé en mis días libres a Madrid para comprar un mueble en Ikea y volver. Qué tan snob suena eso? No lo sé, en ese momento no lo pensaba. Ahora tengo un bebé y tengo que pensar qué toallitas no le paspan el culo, esa es mi prioridad. Gracias, aviones. Crecí mucho ahí adentro, crecí infinito. Y hablarles me sirvió para mantenerme a salvo cuando se murió mi papá y sentí que enloquecía, y me mantuvo a salvo cuando perdí a la gente y a los animales que amaba. Hablarles fue la razón para escribir el For Bitching, hablarles me dio el coraje de publicarlo.

 

Hasta acá llega este escrito del 2020. Creo que lo escribí en Junio, está sin publicar. En ese momento quizás no tuve el coraje de escribirle a nadie, ni siquiera quería pensar al respecto.

Pasó un año desde aquella vez que por medio de un zoom, nos dijeron que si firmábamos el retiro voluntario y nos íbamos unos cuantos, íbamos a ser los héroes que salvaran la empresa y los primeros en ser tenidos en cuenta a la hora de reincorporar. Si les creímos? No, no les creímos. Hace bastantes años que ya no les creíamos nada, desde el quilombo del hangar para acá que aprendimos a no caer en las redes de una multinacional.

El romanticismo está puesto en otro lugar. Si, quizás son lugares incorrectos, pero así somos los tontos azafatos: romantizamos un amanecer por una ventanita redonda, un té en el jumpseat en silencio, una charla sagrada a las 4 am, una posta única e inolvidable. Romantizamos asientos, mantas y triple chime low. Así de idiotas somos.

Pasó un año y crecimos. Qué de golpe, no? Nos sacaron el capricho a vergazos. El baño de realidad fue tan vikingo que no nos dio tiempo a darnos cuenta. Ahora estás, ahora no. Ahora tenés, ahora no. Después de varios exilios, trabajos nuevos y depresiones… seguimos vivos.

En esta nueva vida, nos mezclamos con seres grises, desahuciados, silenciosos. Hace un año pensamos que esto era una estrategia- también pensamos que la pandemia iba a pasar.

La pandemia no pasó, se nos fueron unos cuantos. La cosa se puso peluda. Perdimos el ingreso a staff travel y todo aquello que nos hacía especiales. Andá a escribirle a etravela si querés un pasaje, y te deseo mucho que te conteste antes de la próxima pandemia. Antes te quejabas de que eras un número, ahora no sos ni un número. Tampoco sos un pasajero, no tenés plata para ser uno de ellos. En tu trabajo de malamuerte, mirás la nada y pensás en el hotel del Ushuaia. Te acordás de las cosas por las que te quejabas mientras tu nuevo jefe te está metiendo tres dedos en el orto. No podés hacerle un informe, no podés quejarte. No podés nada. Te acordás de tu jefa de cuando volabas, de cómo despotricabas en contra de ella. Esa chica, la que hoy ya no está, pero debería estar.

Hablando de romantizar, personalmente culpo a la corporación por la muerte de mi jefa.  Culpo a la mala sangre, a haberse hecho cargo, a haber tenido que mentir y presionar para cumplir con los requerimientos de su puesto. Hoy sé que ella está mejor y sé que probablemente está bien que se haya ido porque ella era de las buenas, yo sé que era de las buenas. Así que elijo despedirte por acá, y recién ahora, Lore. Sé que si estuvieras en tu casa, lo hubieras leído, porque te lo hubieran hecho llegar. Te gustaba lo que escribía, pero me decías cuidate. Cuidate que te leen, cuidate y no te pases. Y con ese consejo, el for bitching subsistió 10 años, y el libro vio la luz aunque no me dejaste que le ponga BSJ al avión de la tapa. Te re putié ese día, pero nada en comparación con todo lo que me apoyaste para que yo creciera, y para que pudiera nacer mi bebé. Siempre serás la jefa ex lapa que comía frutas por las mañanas y me pedía que largue las harinas, que se alegraba cuando le contaba cosas lindas de Seba y me decía que siempre contara con ella. Confié en vos y no me equivoqué, y lamento mucho que hayas tenido que tenes ese puesto animal en un momento tan de mierda. Realmente espero equivocarme y que esta mierda no te haya hecho daño. Porque sería tan injusto si fuera así. Nadie merece enfermarse por un dolor. No tenemos que hacernos cargo de las mierdas del otro. Esta empresa arrastró como lava de volcán la vida de muchísima gente. Pero es tan solo una empresa, hay que pararse y seguir. Aunque tu nueva oficina sea una mierda, aunque estés volando para esa aerolínea que detestabas, aunque no quedes en ningún trabajo porque tu curriculum es una mierda, o porque tenés demasiados hijos, o porque no sabés hacer realmente nada más que estar en un avión… yo te abrazo, porque saber estar en un avión, no era nada fácil, y vos lo lograste. Lo hacías todos los días, con lo hermoso y lo sacrificado que fue.

Levantemos la cabeza por nuestra antigua y hermosa vida, y emprendamos esta nueva etapa con aprendizaje y crecimiento. Romanticemos lo que se nos salga de los huevos, y llevemos a nuestro tripulante interno a cada trabajo, a cada proyecto, a cada paso que demos.

Brindo por todas las personas con las que compartí vuelos, por aquellas con las que no llegué a volar, por mis excelentes amigos, por mis haters, por los jefes, por Talamona, por la ex de amigovios que nos daba las ensaladas, por Marce Izzo, por Gil, por Marce de Bonis, por los que no llegaron a volar 67 teniendo el curso programado, por los que llegaron a ser copilotos un año antes, por los que no llegaron, por el genio que le sacó el pin al avión en Lima y le partió la nariz, por Galar y sus interphones, por el fantasma del Boi, por nuestra propia viuda negra, por Lore Cruz, por el tripulante siempre puede un poco más, por me la pego, por las chocotortas que me comí del mercado latam con la excusa de que se ponían feas, por el tripulante estatua, por el remisero con olor a chivo, por el por favor sáquenme de esta lista y por nuestro hogar durante tantos tantos años: el avión. Brindo por el Bravo Sierra Juliet y toda la pandilla brava.  Donde sea que estén y como se llamen ahora, llevarán consigo nuestros espíritus, para atormentar a todo aquél que suba de noche luego de que estemos muertos.  Fantasmas de tripulantes argentinos atormentan a personal de mantenimiento chileno, dirán las noticias. Y ahí estaremos nosotros corriendo en espíritu, y en culo, por los pasillos. Golpeando pinzas y haciendo sonar evac commands.

Sonríamos. Estamos sobreviviendo una pandemia. Ya somos históricos.

Los amo. Los amo para siempre.

 

pd: si este post te aburrió, sos un hijo de puta y no me importa, porque este post era para mis compañeros.

 

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Frugal

 

Pinche para escuchar aquí.

Si le consultaras a un tripulante de cabina; bien o mal llamados azafatos, que se yo, acerca de su lujosa vida, te contestarán molestos e incómodos.  Lo sé porque me pasó durante 12 años.

Al preguntar por pasajes a precios irrisorios para viajar a lugares recónditos del planeta (Maldivas, África, Tailandia, India, Japón y la lista sigue), al preguntar por hoteles y restaurantes 5 estrellas frecuentados 2 y 3 veces por semana, al preguntar por servicio premium de recogida en casa, hoteles y aeropuertos, tratamientos vip en todos lados, uniformes, almuerzos, meriendas y cenas pagos, viáticos en dólares por fuera del sueldo, al preguntar por un gremio presente para defender injusticias y situaciones por fuera del convenio (un convenio wtf)… los tripulantes dirán que sí sí sí pero que navidad, fin de año, cumpleaños, 2 de la mañana, frío mortal en plataforma, perderse fechas, no dormir de noche, no estar nunca, no poder estudiar, no hacer planes, radiación, abortos espontáneos, relaciones amorosas truncas y várices.

.

Me encuentro sentada mirando la nada. La nada literal. No hay nada más que una extensión de gramíneas de 1500 metros adelante mío, recortadas por una salvia guaranítica visitada cada 15 minutos por colibríes que, a esta altura, considero almas de familiares fallecidos que vienen a darme cariño y fuerzas. Donde estoy, no pasan autos, no pasan amigos a visitar con un pack de andes, no hay aplausos a las 21 hs, no hay camión de basura ni hay delivery de pizza. Donde estoy, no hay beneficios de pasajes, recogida en domicilio, vuelos a las 3 am ni medias que apreten.

La estocada fue tan grande que decidí irme bien bien lejos, donde los aviones no pasen por encima de casa y me recuerden que ya no tengo el privilegio de que se impregne su olor en mi ropa.

Desde aquí, puedo aceptarles que sí, teniamos una vida muy lujosa. Teníamos la mejor obra social gratis, comida por todos lados que decidíamos no comer y de la cuál nos quejábamos, autos que nos buscaban por casa de los cuales nos quejábamos porque el conductor se bañaba poco o tenía caspa, hoteles donde hacía demasiado calor, o demasiado frío y donde el sol en la pileta solamente daba entre las 12 y las 3.

Trago saliva, un poco desde la vergüenza. Alejarme me ha dado la perspectiva que necesitaba .

Hoy, desde la frugalidad, empiezo este nuevo capítulo de mi vida. Escribo triste y con el corazón roto, pero algo agradecida y satisfecha por mis últimos 12 años. El avión que me salvó la vida, fue mi verdugo al final, creo que no lo esperaba, y mi ropa huele a traición.

Volver a empezar duele como la concha de su madre, pero no nos queda otra.

Dedico este nuevo capítulo a dos mil almas en pena, a las plumas de nuestras alas recortadas a las cicatrices aún sangrantes de las heridas en nuestra espalda. Los abrazo fuerte, y me abrazo fuerte a mí, en esta nueva etapa desconocida y jodida que empieza con el desafío de no tener trabajo en plena pandemia, en un país con más problemas que el boiler del Sierra Juliet.

Les doy la bienvenida al segundo libro vulgar, acomódense, porque será un viaje molesto e incómodo, como llevar metido durante varios días y sin poder quejarse, un palo adentro del culo.