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Los duelos

La vida es eso que pasa entre que cerrás un duelo y empieza uno nuevo.

Acaso hay manera de no estar todo el tiempo lamentando una pérdida, un cierre inesperado, un quiebre, un abandono, una etapa terminada abruptamente…? Cómo lo manejan ustedes los optimistas, los positivos, los que ven el vaso medio lleno? Ni siquiera me lo imagino.

Duelar, más que un justificativo por una etapa dura, es un modo de vida. Siempre estamos perdiendo algo y lamentándonos por ello.

Disfrutar de lo que pasa en el medio, es casi una falta de respeto al duelo. Una falta tan grande que se paga con que el duelo se ofenda, se alargue y se quede más tiempo. Para que el duelo tenga comienzo, nudo y desenlace, es  importante darle su momento, su espacio, su protagonismo. Caso contrario, convivieremos con él por tiempo indeterminado.

Llevo durmiendo con duelos desde que tengo memoria. Siempre quise que fueran algo de una sola noche y los malditos, de alguna manera, estaban cada mañana ahí para desayunar. Intenté evitarlos durmiéndome en pisos de baños asquerosos y pegoteados, agotando las drogas y las malas decisiones; pero allí estaban para abrazarme y sostenerme el pelo mientras vomitaba. Allí estaban para arroparme. Allí, para cerrar las cortinas y dejarme dormir hasta las 12.

Recuerdo el día que dije BASTA. Peleando por dejar de tener miedo y alejar a los demás; me alejé de todo por última vez. Mi gran acto de coraje empezó a crecer en mi útero; y yendo en contra de lo que la misma naturaleza dictaba, unos ojos chinos iluminaron mi sótano. Desde ese día, ya las ventanas nunca jamás volvieron a cerrarse.

Con ansiedad veo desfilar los distintos duelos, intentando acercarse. Desde una casa con todas las bombitas encendidas, escucho a los duelos rugir en el medio de la noche. Hay noches que no me atrevo ni a sacar la basura. La oscuridad es fría, húmeda y poderosa. Acecha. Se agazapa. Espera. Todos saben que volveré a caer, yo también lo sé. Es hasta injusto ponerle tanta responsabilidad sobre los hombros a un pequeñito que apenas camina. No es trabajo de nadie más arreglar nuestra vida. Por eso, trabajo en mis habilidades para pelear con el abandono, los finales, lo inesperado, el dolor.

Una vez más, solo unos cuántos me entenderán. Así fue siempre en este blog oscuro con letras blancas que tantas quejas trajo. “Tenés que ponerle fondo blanco! Es imposible de leer” Jamás tendremos fondo blanco. El fondo oscuro es el arte de escena de toda esta peli que empezó hace ya tantos años que no puedo recordar. Los abrazo con una semi sonrisa dibujada. Siempre tendremos este sitio seguro, oscuro y seguro, donde encontrarnos, no importa qué tan lejos estemos ni lo que haya pasado en el medio.

Sigo siendo la misma, aún con un pequeño gladiador en casa.

De día los colibríes, las vacas y los polinizadores de todos colores visitando el parque verdísimo. Por la tarde, un sol naranja cae sobre las paredes, obligándome a salir a sentirlo en la cara con una taza en la mano. Y por la noche… el silencio es tan enorme que puedo escucharlos arrastrándose, intentando deslizarse por las ranuras entre la puerta y las baldosas. A veces, me entrego; los dejo entrar.

Es entonces cuando pandemia, muerte, desesperanza, pérdidas y aviones entran como una ráfaga de polvo seco sofocando el aire en mis pulmones. Por dentro, los órganos se me cristalizan y endurecen. Todo pierde perspectiva y un sentir exagerado y adolescente se apodera de mí. Una fantasmagótica mujer entra en escena, le brillan las uñas y los párpados, tiene la boca carnosa y sus tacos dejan un eco al pasearse por el salón. Desde mi cama, tapada hasta la nariz, veo como el salón se construye delante de mí como un encanto de Hogwarts o un sueño de Inception. Me refriego los ojos pero por más que intente hacerla desaparecer, ahí está ella, dándome una charla ted que no pedí, intentando motivarme, arrastrarme y obligarme a sentir culpas por las decisiones tomadas. No contesto a ninguna de sus preguntas, contestarle tendría el mismo sentido que tiene hablar en sueños y despertarse a uno mismo por el retumbe de la propia voz. La mujer desfila por la tarima, argumentando aquí y allá, dejando polvo de estrellas y olor a avión a su paso. De pronto, sin quererlo, me encuentro esnifando su estela turbulenta con los ojos llorosos. De pronto miro mis pies con las uñas descuidadas, mi jogging con pintura de colores y mi remera agujereada. Tengo el pelo sin lavar sobre una almohada que lleva 45 días con la misma funda. La perra me mira acostada en la alfombra, despidiendo un olor ajeno del animal muerto sobre el que se revolcó a la tarde. Dos sifones de soda vacíos y de color naranja, aguardan en vano que alguien los devuelva al cajón. Juguetes por el piso, sobre el sillón, una pila de ropa que nadie distinque si está limpia, sucia o usada una vez, amenaza con caer hacia la derecha, sobre la cómoda roja que supo albergar mi televisor y ahora sola está cubierta de polvo campestre y mosquitas muertas.

Ella sabe que el panorama me está llevando hacia su terreno. No tuvo que hacer mucho esfuerzo. Twitter grita que Enrique Piñeyro, Fly bondi, Jet Smart y Ryan Air tienen chicas como yo; imperfectas, rotas y azafatas. Ellas están tomándose aviones a todos lados mientras yo verifico que las sábanas de la cabaña estén bien ajustadas. Ellas chequean cabina, se sientan en el jumpseat, se quejan de la poca presión del agua del boiler y se bajan las medias hasta la rodilla para mear en baños minúsculos y con dudosa higiene. Yo cruzo el pastizal con unas zapatillas Dc que tienen 18 años en mi placard, mientras una culebra se cruza en mi camino y se esconde debajo de una carqueja. Miro el cielo, celestísimo, ni una nube. Muuuy de vez en cuando el aeroclub de Chascomús nos regala la placentera tortura de escuchar sus aviones escuela paseando por encima nuestro, a veces algún amigo hace un rasante que nos emociona y a veces, pienso en Sergio y en que los sueños hay que cumplirlos hoy, YA, sin vueltas.

Un ladrido me baja del cielo y recuerdo que tengo que llevar desayunos, que las medialunas no se quemen, el café no se enfríe y las frutas no se oxiden. Dejo la bandeja en la mesita de afuera y tras dos golpecitos en la puerta, me retiro. Alguien despeinado y agradecido levanta la mano y desaparece con la bandeja. De pronto me recuerdo recibiendo el room service y comiendo en una cama enormemente blanca y cómoda. Estoy en bombacha y remera, descalza, mirando algún programa que no me interesa, con la tablet al lado, el teléfono enchufado, las luces encendidas, la ventana abierta y una ciudad ajena pero amigable entrando con luces y sonidos como notas musicales. La sensación de libertad es tal, que no se extraña nada. No hay padres, novios, amigos, salidas, perros ni objeto que uno añore en ese momento. Las papas fritas enfrente al televisor son todo lo que se necesita para que el momento sea perfecto. No existen ganas de compartir ese momento con ningún ser humano más. Se escuchan golpes en la puerta y me hago la dormida. Suena el teléfono de la habitación y los mensajes en el celular. No voy a contestar. Esa bandeja me dio todo lo que necesitaba.

Me doy vuelta en la cama para no escucharla porque su visita se está transformando en un mal viaje de lsd del que evidentemente no se puede escapar. Sus tacos retumban en mi cabeza como hall de aeropuerto vacío. Miro su rodete perfecto, su jopo y sus mejillas iridiscentes. La envidio. Necesito aceptar que la envidio. Paso la mano por mi pelo y está tan enredado que se me queda trabada. Decido sacar  la mano antes de comprobar que hay pastos secos dentro del nudo. La envidio, sí. Pero necesito definir los términos de esta envidia. La envidio tanto como para pegar un volantazo que me aleje de pastizal, olor a animal muerto, golondrinas en septiembre, preparación de desayunos y atardeceres propios? Déjenme hablar de los atardeceres propios. En la ciudad, he tenido departamentos en todos los barrios. Viví en un piso 10 en San Telmo sobre una avenida con vista larga de la 9 de Julio y el rio de la plata a la vez, viví en Belgrano con un balcón francés que a duras penas me dejaba asomar los ojos. Viví en Once, con ventanales tan amplios en un primer piso, que parecía que los malechores te esperaban para tomar el té y robarte, en una época donde a algunas personas les decíamos travestis y cruzábamos de vereda porque no sabíamos qué onda. Viví en Monserrat, en un ph donde entraba la luz del sol entre las 11 y las 11.15 y todos nos agolpábamos en el spot para recibir un rayo. En la ciudad, el sol es de otro. Durante 40 años creí que el sol era algo que me era prestado por un ratito, de acuerdo al lugar en el que estuviera.

Hace poco tiempo descubrí que el sol es nuestro. Aquí en el Vergel el sol es mío desde las 7 de la mañana hasta las 7 de la tarde. A veces más, a veces menos. Ese sol es especialmente mío en esta época a las 18.30, cuando empieza a teñirse todo de naranja o rosado y las nubes acompañan con su movimiento a veces estático e impercetible, un cuadro que agradezco cada vez. Cuando hay huéspedes, me jacto de mi sol del atardecer. Cuando ellos dicen “Mirá qué cielo!” yo no puedo evitar estar orgullosa de mi sol y del espectáculo de cierre que nos regala. Es mío ese sol, ese atardecer largo, esa nube rosa. Te la regalo tomá, es tuya ahora. No te olvides.

Pero ella dice que yo solía cruzar las nubes, y que nada es más mío que eso. Respiro profundo porque sé que no hay manera de ganarle. La envidio porque cruza las nubes, porque no está en ningún sitio, porque está en todos los sitios a la vez. La envidio por inalcanzable y especial, la envidio por rara, por única, por intrigante. No hay nada de intrigante en una cabañera sucia que ya no escribe, a quien las tetas le cuelgan por la cintura y le salen pastos del pelo. No hay nada de especial en mí, me repito con una autocompasión asquerosa y denigrante.

Supongo que la mujer que está enfrente mío no es madre. Lo asumo por la soltura y el desapego con los que se expresa. Supongo que esa mujer, tan arreglada, bien vestida, brillante y perfumada, no tuvo un ser humano de 3 kilos que apenas sabe respirar saliéndole del cuerpo, generando para siempre la necesidad de mantenerlo y mantenerse a sí misma a salvo y en buen estado para poder protegerlo y darle lo mejor que se pueda. Ella se da vuelta y me mira fijo. Me da la sensación de que di en el clavo. Entonces me pongo de pie.

Ella se sienta.

Mis zapatillas Dc rascan el polvo como un toro enfurecido, dejando su olor en la tierra y preparándose para la batalla. Pero tranquila mujer, que yo no quiero batallar.

Es fácil elegir cuando uno elige solo, sin mochila a cuestas. Cuando la mochila que uno carga es un ser humano que depende de esas elecciones para seguir vivo, entonces el glitter desaparece: DEBE desaparecer. Nuestro instinto de supervivencia nos lleva por caminos más seguros, más firmes y quizás menos emocionantes.

Yo puedo vestirme de gala cuando quiera, pero ya no puedo subir a los cielos. Ya no puedo atravesar plataformas por el solo hecho de portar un uniforme y una credencial. Ya no puedo sentarme en el motor de un avión ni jugar a meterme atrás de los carros para hacer fotos graciosas. Ya no puedo irme a una fiesta que está del otro lado del país por un fin de semana. Ahora miro los precios de las galletitas antes de comprar una marca o la otra, no hay lugar para pasajes caros, vacaciones lujosas ni regalos delirantes.

Mujer, hay que aceptarlo, hemos tenido una gran vida juntas. No llores. Hay que agradecer esos 10 años de locura y pasión. Los amigos, los amores, la diversión.

Pero aunque vengas a visitarme con tus excusas y tus culpas,  ya no puedo escucharte mujer. No puedo volver a volar.

Ella rompe en llanto y escucho su corazón latir con intermitencias. Le pido disculpas una y varias veces. No llores mujer, no llores por favor.

Pero yo sé que jamás dejará de llorar. Los recuerdos son muy fuertes y muy hermosos, demasiado hermosos para olvidarlos.

La nueva vida se abre camino a machetazos, a veces con facilidad y a veces con unas espinas que cuesta sacar al final del día. No quiero quejarme ni llorar. Todos los días me repito que hay que dejarlo ir, pero en algún momento, la mujer se hace presente y terminamos teniendo esta charla. Charla que llevamos teniendo hace un año ya.

Con cada aviso pidiendo azafatas, la mujer viene. Con cada foto de aviones, con cada noticia de compañeros o comentario de un viaje, la mujer viene.

La recibo con cariño cada vez, a veces la maltrato un poco si se pone pesada, a veces lloramos juntas. Ella sabe que perdió la batalla que jamás quise pelear. Mi nueva vida se instaló con un amor y un proyecto que el Sierra Juliet jamás pudo ofrecer. Yo sabía en mis entrañas que la llegada de un cachorro me dejaría AOG- Lo sabía pero no se lo había dicho a nadie. De modo que la pandemia, los cueto, la revolución de los aviones, alberto y el sindicato, nada pudieron hacer para frenar lo inevitable. Tan solo ocurrió de una manera salvaje, inesperada e ingrata.

Te abrazo mujer. Te agradezco. Siempre venís a cuestionarme, siempre venís  a presionarme y ofrecerme algo más. No me dejás conformarme. Siempre estás presente para que me pregunte si me gusta mi vida, si quiero cambiarla, si necesito otra cosa. El solo hecho de tener ese diálogo con vos, me sirve. Jamás quise ser de las que se quedan en un lugar por costumbre, miedo o confort. Tus visitas me rompen las pelotas y me salvan la vida. No dejes de venir, nunca dejes de venir. Aunque hayas perdido la batalla, tu presencia en este campo hace que el Sierra Juliet se pasee con su cola LV a pesar de que todos sabemos que ahora corta los cielos disfrazado de CC.

Sé que seguirás visitándome por muchos años. Sé que lloraremos juntas mucho tiempo más, porque nuestra intensidad y sensibilidad así lo dicta. Pero es importante que esta vez te lleves esto que te digo hoy: voy a seguir adelante a pesar de tus visitas. Voy a abrir nuevas puertas y no serán de aviones. Ya no estoy enojada aunque a veces aún duele. Ya no te odio ni a vos, ni a tu avión y mucho menos a tu ex empleador. No tengo más que agradecimiento.

Mientras tanto, prepararé desayunos con impronta premium bussiness, ajustaré las sábanas para que queden como en los hoteles que tanto amaba visitar, y procuraré que mis huéspedes puedan sentirse como yo me sentí cuando atravesaba las nubes: dueños del cielo. Y de a poquito, mes tras mes, iré dejando atrás los duelos actuales, y entrando en otros. Acaso no es eso lo que hacemos?

 

 

 

Los quiero tanto . Gracias por leer.

 

 

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Pulpería los hijos de puta

Entré por la ventana, como un ladrón al atardecer.

La ipomea purpúrea se ha adueñado de entrada, ventanas, patio. Sus raíces y ramas caminan por todos lados, llegando hasta el centro de las habitaciones. Los techos parecen estar podridos, quizás podrían aplastarnos ahora mismo. Los baños no pueden usarse, además de no haber luz ni agua, la sensación de fantasmas esperando hace 30 años en la oscuridad, no permiten que uno lo piense como una opción. Paredes rotas, ladrillos, materiales. Una cocina llena de envases de productos de limpieza y pinturas vencidas. La vereda levantada, el patio tomado por enredaderas y pequeños álamos que pronto serán un problema. Habría que pedir 14 volquetes y tirar absolutamente todo.

Me alejo, y como en la peli Titanic, puedo abstraerme del presente y recordar vagamente cómo fue en su época de oro. Mesas llenas, frituras saliendo a granel perfumando todo el salón, unas papas  que le devolverían la vida al más amargado. Me alejo más, esto podría funcionar. Un mueblecito con tazas de colores aquí, unas mesas de madera allá, aquí un poco de decoración campestre y nuestro toque sorpresa. Podría funcionar.

Limpiar esa heladera vieja, si no funciona no importa, es hermosa. De algo va a servir.

Que la gente venga a conocernos. Hacerme un peinado vikingo y esperarlos con sonrisa y pulcritud. Volver a hacer café. Volver a servir café.

Me lleno de lágrimas que no dejo salir, me pienso recorriendo el salón con una cafetera plateada en la mano, con un delantalcito y mi nombre en una chapita, sin turbulencias. Se me dibuja una sonrisa porque al fin y al cabo, lo único que quiero, es volver a servirles café.

Quizás algún día se haga realidad.

 

send volquetes.

 

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Prohibido el otro.

Pinche para escuchar

Intento escribir con regularidad, como quien intenta hacer un deporte para volverse, algún día, un poco bueno haciéndolo. Cada momento libre que tengo, quisiera emplearlo en escribir; pero claro, aunque no tengo trabajo, por momentos siento que tengo 54 trabajos, aunque ninguno incluya la obra social ni suedo fijo.

Siempre se me escapa el tiempo libre con el teléfono en la mano, no es novedad. Me pasa con las redes desde el invento de internet, cuando tenía 15 años y me senté por primera vez enfrente a una compaq presario. Soy una verdadera fanática de las conexiones, las redes, la información compartida y las relaciones interpersonales cibernéticas. Soy Lain. Por ese motivo, muchas veces caigo en mi propia trampa y me encuentro navegando entre sin sentidos, cuando podría estar empleando mi tiempo para algo más productivo.

La salida de un segundo libro me tiene entusiasmada, pero claro, para eso debería escribirlo. Lo compilado hasta el momento no alcanza ni un 50% y la verdad es que no hay cohesión entre los escritos, así que debería buscar un hilo conductor. Me acuerdo la última vez que me pasó eso, me tomé un avión y me fui a California a escribir borracha en hoteles. Todo muy romántico y beat poetry pero ahora ya no vivo esa vida. Lo más romántico que alcanzo a hacer es ir a tener terapia telefónica a las escaleras de la cabaña, con una vaso de coca light y una bolsa de tutucas, mientras me aplaudo mosquitos contra los tobillos.

La nueva vida ha llegado, ya no tengo que esperarla más. Esos sueños en los que uno se preguntaba “Cómo será el futuro?” han terminado, porque el futuro está aquí. Esto somos.

Un poco barbijo y alcohol en gel, un poco juntada clandestina, un poco malos padres dándole al niño el celular para poder comer tostadas en paz, un poco bañarse cada tres días porque hace frío, manguerear perros que se revuelcan en mierda, hacer otro modelo de carrot cake vegana (esta vez con huevos de chia), un poco quedarse lejos de todo y de todos, esperando que nuestros buenos amigos crucen la frontera de Kicillof y nos vengan a visitar, con un bolsito con pijama, cepillos de dientes y comida de la capital. Recibimos a los amigos con mucha alegría, ellos son nuestra conexión con quienes fuimos alguna vez, aunque ellos mismos ya no son los que fueron alguna vez.

En algún momento antes o después de la comida, tenemos una charla con recuerdos prepandémicos. Todos nos extrañamos cuando vemos esas películas en las que el protagonista entra a un bar y besa a todos, o irrumpe corriendo en la sala de un hospital donde nadie lleva barbijo y donde nadie le dice “Señor no puede estar aqui”. Todos, absolutamente todos, sentimos que tocar al otro es raro. Nos hemos transformado en estos robots de piel, que transgreden las leyes cuando se abrazan, incumplen las normas cuando comen juntos, desafían a la autoridad cuando se acercan a menos de un metro del otro. Lo hacemos, no porque queramos ver el mundo en llamas, sino porque necesitamos sentirnos vivos. “No man is an island” ya lo dijo Jack en Lost, y mirá cómo le fue; ni idea, proque alta confusión ese final.

Desde este lugar paradisíaco, donde todos creen que la re pegamos, escribo. Escribo mientras mi hijo duerme una siesta sagrada de dos horas en la que tengo que elegir si bañarme, cagar, lavar ropa, dormir con él o escribir. Elijo escribir porque quizás también me salve ésta vez- como lo hizo aquella vez, y la otra, la otra y la otra.

Mis nuevas historias están cargadas de nostalgia, de frugalidad, de un tiempo que pasa por momentos lento, por momentos salvajemente rápido, por momentos raro, como si uno flotara en un espacio que parece irreal, como un cuadro. Mis nuevas historias están atravesadas por un extraño feminismo no peronista, un feminismo que pareciese pecador, infractor y falso, pero que es tan fuerte y real como el despertar. Mis nuevas historias se escriben desde el útero, porque ya no se puede volver a escribir desde un sótano en el que los hijos no existían una vez que los hijos llegan. En mi nuevo búnker, al preparar la mochila para este apocalisis zombie, primero pongo los pañales, los chiches y las papas fritas, porque son las únicas cosas que voy a necesitar. Puedo prescindir de todo lo demás, si mi hijo sonríe, el mundo puede estallar. En mis nuevas historias: plantas, canciones viejas, sol en la cara. Ya no soy la que se acostaba a las 4 am y hablaba con aviones. Los aviones me descartaron como basura, los aviones ya no me necesitan para escribir sus memorias, así que saldremos a buscar nuevos sujetos inanimados a los cuales ponerles rostro y voz, ya encontraremos algunos por ahí.

En mis nuevas historias, mucha realidad. Para qué hablar de ficción, cuando lo que nos está pasando supera a cualquier George Lucas. No voy a hablar de ficción.

Un abrazo grande para los que leen, un abrazo de esos en los que el cuerpo siente al otro, en los que sentimos el calor del ser humano que estamos abrazando, en los que el acto en sí, no es gran cosa, pero uno se siente como se sentía antes, cuando el otro no era la lepra, cuando el otro no era enemigo, cuando el otro no estaba prohibido.

vk
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El amor después del avión.

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Escribí ya todas las despedidas: la emotiva, la del despecho, la indignada, la que quiere cortar en tiritas el uniforme y escupirle la cara a alguien.

Pero todavía no escribí la carta de amor, y es obvio que esa, después de todo, es la única que quiero escribir.

Jamás, jamás, jamás, voy a poder odiarte.

Jamás me va a dar lo mismo, jamás borrar de la piel el olor a café pegoteado después de un servicio larguísimo, jamás desaparecer el apretujón de las medias después de 14 horas, jamás olvidar como intentaba contener la risa mientras hacía anuncios y mis compañeros me hacían tentar, jamás esa vez que se me volcó un carro entero yendo a Miami y cayeron todas las comidas al piso, jamás cuando llevé una tortuga en una caja de zapatos en un bin, jamás agarrar la mano de una compañera que pensó que nos moríamos en la peor turbulencia de nuestras vidas, jamás ser el primero en ver salir el sol, o dormirme con el zumbido de motores en la fila 40, o sostenerme los ojos con escarbadientes a las 4 am con todo el avión apagado… jamás, jamás, jamás lo voy a olvidar.

De todas las despedidas que escribí y que seguiré escribiendo, es en ésta, y solamente en ésta que me permitiré ser por un ratito, aquella que fui durante tantos años. Por qué? Porque nosotros ya no podemos permitirnos la nostalgia, porque ya no podemos seguir arrastrando las cadenas por nuestras casas, moqueando sobre los uniformes, y temblando con cada mail que llega, o que no llega. Necesitamos empezar a planear en qué vamos a convertirnos pasado mañana, cuando estos señores hayan hecho las valijas y elijan un nuevo destino donde poner NUESTROS aviones. Porque mientras le cambien el nombre a NUESTROS aviones, mientras los pinten con ese cucurucho de mierda que se les ocurrió inventar, que fue el principio de nuestra ruina, nosotros vamos a estar armando un curriculum vacío y estúpido, para un trabajo vacío y estúpido que no queremos hacer, donde probablemente no nos van a tomar, y donde seguramente nos chupe un huevo estar.

Señores, aceptémoslo ésta vez, y sólo ésta vez. Hemos muerto. Estamos en este momento y por tiempo indefinido, oficialmente muertos. Pero no muertos sin pulso, no muertos sin respiración, estamos muertos como solamente se mueren los que se mueren por amor. Estamos muertos como esos adolescentes a los que los dejan los novios y quieren dejar de comer, de bañarse, de hablar. Estamos muertos y encaprichados. Enojados con ellos y con nosotros, y por las dudas, con el que se cruce. Al menos 7 veces por día, le digo a alguien que estoy desempleada. No importa si conozco a esa persona o no, se lo digo igual. Le dejo mi drama, mi malaonda y mi muerte. Qué me importa. A todo el mundo le digo que me echaron, que me trataron como a un perro, que mi amor no fue correspondido. Y me enojo y me voy a dormir enojada, y me aguanto las lágrimas y prometo que cuando vaya a firmar el retiro voy a llevar el ipad y le voy a rayar toda la pantalla, total qué me importa, que se jodan, se van a tener que comprar otro. Toda enojada me levanto y toda enojada desayuno. Toda enojada voy al chino y le digo que me echaron. La china no entiende porque tengo barbijo, me enojo más y vuelvo cargando las bolsas, mirando el mundo desde este lugar horrible que es la tierra, y odio las nubes, odio que salga el sol, odio la lluvia y el viento. Todo me hace acordar al novio que me dejó, todo. Pero mi enojo es tan grande que mi carta de amor no es de amor, sino de odio.

Entonces, claro, sucede.

Entonces, decido decirles la verdad.

En realidad, yo no hablaba con el Sierra Juliet. Los aviones no hablan. Lo que pasa es que yo estoy loca hace muchos años, y tengo la imaginación de un chico de 5 años. Lo que pasaba era que yo cerraba fuerte los ojos y me imaginaba que por la ventana de la habitación donde ahora escribo, se aparecía el avión, solito, como pasándome a buscar. Entonces, yo salía, abría la puertita de reja de mi casa y toda contenta iba a su encuentro. Entonces charlábamos, aunque en realidad, yo siempre estaba sentada acá, en el teclado. En mi cabeza charlábamos, y estaba tan bueno, tan bueno tener adonde ir.

Tener adonde ir te puede salvar de la locura, debo admitir que más de una vez necesité escapar a esos lugares de la imaginación. Meterme en ese avión calentito, alfombrado, cómodo, agradable y mío, me hacía sentir a salvo. Tan a salvo, que después cuando finalmente tocaba subirme a un avión de verdad, poco importaba si el vuelo era una reverenda cagada, siempre yo encontraba un momento para hacerme un té, apoyarme en la mesada de adelante y pensar que estaba a salvo.

Ahora que ya los aviones no me hablan, ahora que hay un fulano preparando todo para pintarles ese cucurucho de mierda en la cola, tengo que buscar una nueva cueva donde refugiarme.

Creo que eso es lo que nos está pasando a todos. No hay suficientes cuevas, todas parecen estar ocupadas, no sabemos gestionarnos nuestras propias cuevas, y entonces, todo se desmorona.

Alguna vez llegué a pensar que me iba a jubilar en el avión, después nació mi hijo, y ese tiempo se acortó un poco. Por más que muchos de ustedes piensen que la vida en el avión es perfume y caviar, les cuento que es más bien olor a chivo y sanguche de queso. No sé si hubiera estado dispuesta a criar a mi hijito desde lejos. No sé si me iba a bancar dormir afuera, irme cuando me necesitara, perderme momentos. Quizás sí, quizás no, ya no lo voy a saber, pero si tengo que apostar, apostaría que no.

De todas maneras, esta salida del mundo aeronáutico es, cuando menos, prematura, forzada y brutal.

Y no, no los vamos a perdonar. Y si, seguramente encontremos nuestras cuevas, y nos crucemos por allí en los pasillos de algún trabajo de mierda que sirva solo para llenar la cacerola, pero que no nos deje ni un ápice de la satisfacción que sentíamos haciendo eso de lo que tanto nos quejábamos. Si, somos quejosos, es nuestra particularidad. Y qué? No me da vergüenza admitirlo. Los tripulantes somos quejosos, fastidiosos, niños mimados. Y qué? También estamos siempre más allá, viendo las cosas que los demás no ven. También tenemos una sensibilidad para cosas que a otras personas se les escapan, también tenemos la capacidad de inspirar confianza, tranquilidad, comodidad y cariño. Me llena de orgullo decirlo, me encanta. Me siento zarpadamente orgullosa de mis compañeros, hasta hoy, hasta el final. Con todas sus ñañas y sus pavadas, con los puteríos, las mentiras, las idioteces… los elegiría una y mil veces, porque todos y cada uno, hicieron de todos estos años, algo inolvidable. Fueron ellos los que transformaron metal en hueso, plástico en músculo y cable en piel. Fueron ellos los que lograban mis sonrisas, fueron ellos los que hicieron que la cultura gilada que nos quisieron meter en la cabeza desde el día uno, se transformara en lo que al final fue. Porque podían venir con 300 mails por semana que dijeran que ahora en Chile se les cantó el ojete que en vez de reirnos para la derecha nos teníamos que reir para la izquierda, pero sabés que? Cuando en Chile empezaban a crecerle los dientes, nosotros ya nos reíamos a carcajadas. Siempre supimos de qué manera hacerlo para que saliera genial, sus 300 mails nos los pasábamos por el culo, porque sus procedimientos de chuparle la pija al comodoro black de la 1 juliet nos tenía sin cuidado. La pija no se chupa en la 1 juliet, todo el mundo sabe que se chupa en el galley de atrás.

A ellos, a mis compañeros, mis eternos agradecimientos. No me van a alcanzar los años de vida para recordar todo lo que viví. Y les recuerdo que aunque estemos heridos de muerte, fuimos lo mejor que pudimos ser, y eso no nos lo quita nadie.

A los aviones, qué decirles. Ya no hablo con aviones. Soy una señora grande con un bebé, ya no tengo 28 años. Gracias a los aviones conocí el Masai Mara, la isla de Phi Phi y el muro de Berlín. Una vez viajé en mis días libres a Madrid para comprar un mueble en Ikea y volver. Qué tan snob suena eso? No lo sé, en ese momento no lo pensaba. Ahora tengo un bebé y tengo que pensar qué toallitas no le paspan el culo, esa es mi prioridad. Gracias, aviones. Crecí mucho ahí adentro, crecí infinito. Y hablarles me sirvió para mantenerme a salvo cuando se murió mi papá y sentí que enloquecía, y me mantuvo a salvo cuando perdí a la gente y a los animales que amaba. Hablarles fue la razón para escribir el For Bitching, hablarles me dio el coraje de publicarlo.

 

Hasta acá llega este escrito del 2020. Creo que lo escribí en Junio, está sin publicar. En ese momento quizás no tuve el coraje de escribirle a nadie, ni siquiera quería pensar al respecto.

Pasó un año desde aquella vez que por medio de un zoom, nos dijeron que si firmábamos el retiro voluntario y nos íbamos unos cuantos, íbamos a ser los héroes que salvaran la empresa y los primeros en ser tenidos en cuenta a la hora de reincorporar. Si les creímos? No, no les creímos. Hace bastantes años que ya no les creíamos nada, desde el quilombo del hangar para acá que aprendimos a no caer en las redes de una multinacional.

El romanticismo está puesto en otro lugar. Si, quizás son lugares incorrectos, pero así somos los tontos azafatos: romantizamos un amanecer por una ventanita redonda, un té en el jumpseat en silencio, una charla sagrada a las 4 am, una posta única e inolvidable. Romantizamos asientos, mantas y triple chime low. Así de idiotas somos.

Pasó un año y crecimos. Qué de golpe, no? Nos sacaron el capricho a vergazos. El baño de realidad fue tan vikingo que no nos dio tiempo a darnos cuenta. Ahora estás, ahora no. Ahora tenés, ahora no. Después de varios exilios, trabajos nuevos y depresiones… seguimos vivos.

En esta nueva vida, nos mezclamos con seres grises, desahuciados, silenciosos. Hace un año pensamos que esto era una estrategia- también pensamos que la pandemia iba a pasar.

La pandemia no pasó, se nos fueron unos cuantos. La cosa se puso peluda. Perdimos el ingreso a staff travel y todo aquello que nos hacía especiales. Andá a escribirle a etravela si querés un pasaje, y te deseo mucho que te conteste antes de la próxima pandemia. Antes te quejabas de que eras un número, ahora no sos ni un número. Tampoco sos un pasajero, no tenés plata para ser uno de ellos. En tu trabajo de malamuerte, mirás la nada y pensás en el hotel del Ushuaia. Te acordás de las cosas por las que te quejabas mientras tu nuevo jefe te está metiendo tres dedos en el orto. No podés hacerle un informe, no podés quejarte. No podés nada. Te acordás de tu jefa de cuando volabas, de cómo despotricabas en contra de ella. Esa chica, la que hoy ya no está, pero debería estar.

Hablando de romantizar, personalmente culpo a la corporación por la muerte de mi jefa.  Culpo a la mala sangre, a haberse hecho cargo, a haber tenido que mentir y presionar para cumplir con los requerimientos de su puesto. Hoy sé que ella está mejor y sé que probablemente está bien que se haya ido porque ella era de las buenas, yo sé que era de las buenas. Así que elijo despedirte por acá, y recién ahora, Lore. Sé que si estuvieras en tu casa, lo hubieras leído, porque te lo hubieran hecho llegar. Te gustaba lo que escribía, pero me decías cuidate. Cuidate que te leen, cuidate y no te pases. Y con ese consejo, el for bitching subsistió 10 años, y el libro vio la luz aunque no me dejaste que le ponga BSJ al avión de la tapa. Te re putié ese día, pero nada en comparación con todo lo que me apoyaste para que yo creciera, y para que pudiera nacer mi bebé. Siempre serás la jefa ex lapa que comía frutas por las mañanas y me pedía que largue las harinas, que se alegraba cuando le contaba cosas lindas de Seba y me decía que siempre contara con ella. Confié en vos y no me equivoqué, y lamento mucho que hayas tenido que tenes ese puesto animal en un momento tan de mierda. Realmente espero equivocarme y que esta mierda no te haya hecho daño. Porque sería tan injusto si fuera así. Nadie merece enfermarse por un dolor. No tenemos que hacernos cargo de las mierdas del otro. Esta empresa arrastró como lava de volcán la vida de muchísima gente. Pero es tan solo una empresa, hay que pararse y seguir. Aunque tu nueva oficina sea una mierda, aunque estés volando para esa aerolínea que detestabas, aunque no quedes en ningún trabajo porque tu curriculum es una mierda, o porque tenés demasiados hijos, o porque no sabés hacer realmente nada más que estar en un avión… yo te abrazo, porque saber estar en un avión, no era nada fácil, y vos lo lograste. Lo hacías todos los días, con lo hermoso y lo sacrificado que fue.

Levantemos la cabeza por nuestra antigua y hermosa vida, y emprendamos esta nueva etapa con aprendizaje y crecimiento. Romanticemos lo que se nos salga de los huevos, y llevemos a nuestro tripulante interno a cada trabajo, a cada proyecto, a cada paso que demos.

Brindo por todas las personas con las que compartí vuelos, por aquellas con las que no llegué a volar, por mis excelentes amigos, por mis haters, por los jefes, por Talamona, por la ex de amigovios que nos daba las ensaladas, por Marce Izzo, por Gil, por Marce de Bonis, por los que no llegaron a volar 67 teniendo el curso programado, por los que llegaron a ser copilotos un año antes, por los que no llegaron, por el genio que le sacó el pin al avión en Lima y le partió la nariz, por Galar y sus interphones, por el fantasma del Boi, por nuestra propia viuda negra, por Lore Cruz, por el tripulante siempre puede un poco más, por me la pego, por las chocotortas que me comí del mercado latam con la excusa de que se ponían feas, por el tripulante estatua, por el remisero con olor a chivo, por el por favor sáquenme de esta lista y por nuestro hogar durante tantos tantos años: el avión. Brindo por el Bravo Sierra Juliet y toda la pandilla brava.  Donde sea que estén y como se llamen ahora, llevarán consigo nuestros espíritus, para atormentar a todo aquél que suba de noche luego de que estemos muertos.  Fantasmas de tripulantes argentinos atormentan a personal de mantenimiento chileno, dirán las noticias. Y ahí estaremos nosotros corriendo en espíritu, y en culo, por los pasillos. Golpeando pinzas y haciendo sonar evac commands.

Sonríamos. Estamos sobreviviendo una pandemia. Ya somos históricos.

Los amo. Los amo para siempre.

 

pd: si este post te aburrió, sos un hijo de puta y no me importa, porque este post era para mis compañeros.