Los inflables pinchados

Mi estación favorita: el fin del verano, principio de otoño. Los días cálidos pero no calurosos, las noches frescas, algunos cielos grises que anticipan que necesitamos organizarnos y empezar a pensar en el invierno. La luz entra distinta por la ventana, las sombras largas y transversales. Dormimos más a la mañana y nos acostamos antes por la noche. Empieza el fuego adentro y regresa la lana, regresan las mantas.

Mi ruido mental disminuye como las golondrinas. Algún pensamiento emigra hacia un lugar que desconozco y por suerte, tarda en volver. No los extraño, tengo de sobra. Mis licencias para el descanso golpean la puerta y me apaciguo, las recibo en medias gordas y pelos en la ropa. Me vuelvo más cafetera, dulcera, pastera, salsera, guisera. Me sacan a bailar sobretodos grandes que me envuelven hasta el piso mientras acaricio con las puntas de los dedos su relieve de bolitas de mala calidad. Vuelvo a ser yo, me encuentro. Mis malhumores disminuyen un 43%. Escucho otra música, sonidos suaves y antiguos rodean los panes y el fuego. Se cortan las visitas, nadie quiere ir al campo con frío. Nos encontramos con los silencios cara a cara y como todos los años, me propongo no pelearlos, dejarlos ser.

Se acerca mi sexto año en el paraíso. Aún no logro descubrir si siempre lo supe, si estaba escrito, o si en el volantazo de la pandemia me lo encontré como el bosque que te recibe después de un choque. Siento que entré descalza y con frío a un lugar que tenía ese olor ajeno que jamás pensas que pueda volverse propio. Pero sucede. Y se vuelve mágico poder predecir vientos y atardeceres, convivir con la incomodidad y el miedo como parte de la vida y no como algo que uno debiera estar evitando. Esa búsqueda del placer constante, esa persecución a la perfección. Como si solo nos mereciéramos cosas increíbles por derecho propio.

Todo lo demás también existe, también está aquí. También nos va a tocar, de vez en cuando, aprender alguna cosita.

 

Las ventanas abiertas a las 8 de la noche me entregan un cielo oscurecido que se despide de algunos naranjas y rosados, allá a lo lejos. Quedan abiertas un rato largo y siento frío pero no me abrigo. Camino afuera y me siento a despedir el día mientras algunas gotas de una nube insolente me caen en la cara. Nos me levanto. No me seco. La nube desaparece. Cierro los ojos ante la inmensidad que está afuera, que aunque no lo crean es más pequeña que la que está adentro. Aguanto el frío y las gotas unos momentos, porque algo me quieren decir. Así como aguanto los dolores de cabeza, que traen mensajes que la medicación destruye.

Me quedo quieta. Mi inmovilidad me permite ver con los ojos cerrados, que el momento es ahora. Que estoy transitando un eterno hoy y que tengo la lucidez de poder verlo. Pronto vendrán los días cortos y el frío con escarcha. Pronto tendré que esconderme. Mientras tanto, se acerca la mejor estación del año y el verano junta sus ojotas espantosas y sus inflables pinchados para retirarse por la puerta trasera con sus canciones horrorosas y toda la espuma social. Sonrío ante la llegada de las posibilidades, las buenas, las malas, las terribles. Ayer mi hijo rompió un vaso que contenía agua y no se cortó. No lo retamos, nos pusimos a juntar vidrios y a secar el agua mientras él nos aclaraba que menos mal que no le pasó nada y que qué suerte que estaba bien, que todos estamos bien.

Y mientras pasaba el lampazo lo miré a los ojos y como si alguien le estuviera dictando la mejor frase que dijo en su vida me dijo: “Lo más importante de la vida, es la vida”.

6 años tiene.

 

Café Remis Paris

Buenas, otra vez.

Aquí estamos, frente a frente una vez más. Por algún motivo han vuelto a confiar en mi escritura para llevarlos a algún lugar al que creen necesario ir. Y yo, con el ego en las nubes, empiezo este libro por el principio, hablándole directamente a ustedes y esperando que otra vez me acepten y me tengan piedad. Parece ser que la última vez fueron benévolos con un libro que yo hoy, no quiero decir detesto, pero detesto bastante. 512 hojas tuvo el libro vulgar. Larguísimo, al pedo. Un libro que podría haber sido un mail.

El objetivo de “Café Remís París” es sintetizar un poco todo. Ir un poco más al hueso sin la necesidad de ser ni tan extensos ni tan vulgares. Podré dejar de ser vulgar? Como les digo, este libro aún no está escrito, por lo que no sé si lograré mi cometido.

Vamos donde lo dejamos.

Corría el añ0 2015 y yo fui a una imprenta que me recomendaron. Un señor llamado Fabián me tuvo más paciencia que muchos novios y me mostró el gramaje del papel y los distintos tipos de solapa. El FBO salió, se vendieron 800 copias,  me guardé dos para mí, lo subí a Amazon para Kindle y fin de la historia.

En el 2016 me enamoré de nuevo. En el 2017 conviví, en el 2018 me enteré que no podríamos tener hijos, en el 2019 quedé embarazada por medio de fiv, en el 2020 vino la pandemia y nos echaron del trabajo. A comienzos del 2021 estaba ya viviendo en el campo con novio, hijo, perros, gatos y sin trabajo. En ese exacto momento en el que parecía que me estaba calmando, empecé a soñar con aviones.

Qué soñaba? Pues claro, me subía a un avión y no tenía valija o uniforme. No tenía habilitación para dicho avión ni conocía la ubicación del equipo de emergencia. Me encontraba en galleys con compañeros tristes. Los aviones no despegaban. Algunas veces, los vuelos salían perfectos y la pesadilla no era el sueño sino el despertar. Mi vida se veía instagrammable, verdes campos detrás de un niño aprendiendo a caminar entre perros y vacas. La madre, ojerosa y con remeras chorreantes… se empezaba a sentir vacía. En ese momento empezaron las discusiones, mediados del 2021. Que para qué nos vinimos? Que para qué nos mudamos? Que ahora querés volver a capital para volar? Y yo sin poder responder, llorando, un poco avergonzada de sentirme vacía teniendo tanto.

El Bravo Sierra Juliet, mi avión estrella, fue repatriado y repintado. LV-BSJ pasó a llamarse CC-COD y yo empecé a sentirme abandonada. Una historia de amor con un avión? Si, cuando creo que no pude haber sido más cursi, recuerdo que mis escritos giraban alrededor de lo que provocaba el A320 más hecho percha de toda la flota de la aerolínea que me pagó el sueldo durante 12 años y me rompió el corazón en 2 meses.

Con el BSJ en Chile y yo en el medio del campo… se me perdía la mirada en el horizonte y se me nublaba la vista. Intentaba disimularlo y adelantar proyectos copados con fines económicos, pero miraba los aviones de reojo y me indignaba con la vida aerońautica ajena. Incluso llegué a enojarme con los 3 o 4 que me aseguraron que yo volvería a volar. Con los que me aconsejaron que probara en tal lugar. Pff que infame fui.

Para la primavera del 21 decidí dar un salto al vacío en un pileta que desde mi lugar no se veía si tenía dos gotas.

Resulta que las tenía y en Diciembre del 21 hice mi primer vuelo privado en un B787.

Me fui de casa menos de una semana, mientras aún amamantaba, a atender un avión de lujo cargado de gente cuyo precio en bolsa era más caro que el mismo avión. algo así como el culo asegurado de Jennifer López. No estuve nerviosa ni con dudas. En cuanto me paré adelante de la puerta del avión, nuevo para mí, descubrí que nada ahí arriba representaba un misterio. Una puerta es una puerta. Un baño es un baño. Sonreir, hacer la comida, servirla, estar atenta, ser amable, mirar los detalles, no mucho más. Llegué al hotel en Arabia Saudita unas 24 horas después de haber salido de casa. Tenía mastitis, me subió fiebre y no pude salir del cuarto. Mientras mis compañeros salían a pasear, comer, conocer… yo lloraba en el baño, entre paños fríos, ibuprofeno y videollamadas. Mi niño tenia pasados los 2 años y tuve que tomar la primera decisión culposa de mi maternidad: soy capaz de destetarlo antes del tiempo que creí conveniente solo por trabajar? Por el avión? Por irme? Qué tan de capricornio se puede ser? Evidentemente, mucho. En 6 meses, mi perfectamente sano y bien crecido hijo de 3 años tomó la teta por última vez y entendió que para mí era importante que se terminara esa etapa, aunque para él aún no era el momento. Decidí que ya era suficiente pero él lo sufrió. Y entonces, en ESA madre me empecé a transformar. La madre culpa.

Mis vuelos empezaron espaciados. Cada seis meses, una vez por año. Luego apareció otra empresa, un pequeño Falcon de menos de 10 pasajeros. Wow. Dije que sí inmediatamente y anduvimos juntos de acá para allá, conociendo una aviación nueva, glamourosa y dedicada.

Mientras tanto, en casa, a veces peleas, reclamos, culpa.

Creo que no pasé una sola posta en estos 4 años sin llorar. Qué barbaridad. Yo la que se comía el mundo, la que persiguía a los chorros por la calle hasta que los atropellaba el 152, tan débil y tan entregada. En eso me transformó la maternidad. Antes, me vestía con dos trapos y salía a la calle con mi perfume y mis 15 pesos. Me metía en El Dorado y aprendía a bailar como la Baronesa Ditra al ritmo de Juan Pryor. Cruzaba Rodríguez Peña con una boa blanca y negra en el cuello, se usaba en esa época, y me metía en Café Remís París a apender de la libertad. Miraba a todos esos personajes que iban y venían puestos de tragos y polvos. Se reían de todo un mundo que yo desconocía pero admiraba. Era chiquita y quería saber cómo era el mundo de los grandes. Quería entender la diversión y el amor. Saber cómo era ser la elegida de alguien. Saber cómo era elegir algo. Que nadie elija por vos. Que no te digan lo que tenés que hacer. Eso era Café Remís París. Eso era El Morocco. Eso era escuchar Pulp. Eso empezaron a ser los aviones. Las ciudades nuevas, empezar a viajar y conocer lugares lejanos. Caminar sola por calles oscuras a los 19 años. Empezar a escribir. Empezar a elegir a los hombres a mi lado. Conocer qué cosas les gustaban de mí. Conocerme a mí a través de ellos. Descubrir mis verdades, mis límites. Mi libertad.

Eso es Café Remís París. Mi libertad. Esa libertad por la que peleé siempre y por la que peleo todos los días. Esa libertad que se siente amenazada por mis propios miedos. Si siguen ahí? Claro. No se fueron con los años, con los aviones chilenos, con la pandemia. En el momento justo en el que el obstetra me atravesó el abdomen con un cuchillo, los liberó. Como un genio que sale de la lámpara, me miraron desde el techo de la sala de operaciones. Los vi mirándome burlones mientras me cosían las capas y alguien me traía a mi niñito hasta la cara. Con los brazos colgando y el cuerpo totalmente dormido, saben lo que hice? Me apoyaron a mi hijo contra mi cara y lo lamí. Le dí unos besos de perro extrañísimos y le dije la primera palabra más terrible que uno le puede decir a un hijo al nacer.

“Perdón.” Me largué a llorar y le repetí Perdón, mi amor, perdón. Hola amor, hola hijo, perdón, perdóname, perdón.

Saben por qué? Porque no pude parir. Porque quería parir sin medicinas ni intervenciones. Porque quería ayudarlo a que su llegada en este mundo fuera natural, con una mamá con fuerzas que supiera lo que estuviera haciendo. Pero no pude, mi cuerpo decidió que era suficiente después de 48 horas de contracciones y le pedí al médico que ayudara a mi hijo a nacer porque estaba empezando a sentir que algo iba mal. Desde el techo de la sala, las risas rebotaban. Mi hijo se fue con su padre y yo quedé ahí, un envase inútil, cosida, dolorida, abatida.

“Cómo le ponemos a esta?” Dijeron.

“Le pondremos Mamá culpa.”

Y así me llamo.

 

Este libro empieza como una búsqueda por plantear mi enojo y mi rebelión, mis procesos contradictorios, mis aciertos, mis pavadas y por que no, mi religión del avión.

Bienvenidos a la segunda parte del FBO, un poco menos vulgar, un poco más mayor, bastante más culposo pero muy muy muy real.

 

 

La semana de la furia y empezar un libro nuevo

La última vez que me propuse escribir un libro, lo tenía prácticamente escrito. No tuve que esforzarme por buscar un tema porque 9 años de blog eran temas suficientes. Lo único que tuve que hacer fue sentarme a imprimir todo y decidir qué cosas eran una basura y qué cosas podían zafar.

Esta vez, me propuse escribir un libro para diciembre y aquí me ven, en diciembre y recién empezándolo.

No tengo impresora y vivo demasiado lejos de la fotocopiadora. Así que todo está en formato digital. Me molesta muchísimo eso; así como haber sucumbido a una computadora de moda extremadamente delgada y liviana pero que tiene los acentos en la tecla del número 2, cuestión a la cuál no puedo acostumbrarme tan fácil. Quizás sea momento de dejar de usar palabras con acento. Veremos cómo lo resuelvo.

Por ahora pensé que lo mejor sería ir poniendo todos los avances de este libro en un lugar nube que pudiera ir ordenándome hasta que llegue la hora de imprimir y jugar el juego de conservar o tirar. Cuál podría ser ese espacio? Adivinaron. El blog. Lo bueno es que voy a estar a salvo porque nadie lo lee, de esa manera el secreto permanecerá muy bien guardado.

 

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Desencuentro

Pinche para escuchar la canción

Un cartel de Harrods que ningún empleado de la municipalidad se interesa por limpiar, cuelga heroico a 3 o 4 metros de altura sobre la calle San Martin. Me pregunto si a algún frentista nuevo le molestará y hará gestiones para que lo reemplacen por una medusa que vende café. Se encoge mi corazón al pensarme subiendo las escaleras de la mano de mi abuela, con la ilusión intacta por ver a Papá Noel un año más e intentar que me sienta buena en ese segundo que dura la foto, que me perciba merecedora de lo que mi alma va a desear para el 24. La calle San Martin parece salida de un cuento y no exagero. Ni siquiera los carteles de los garages y sus neones pueden achicar el brillo racionalista del Kavanagh resistiendo gobiernos y economías fluctuantes. Hubo un Buenos Aires para cerrar el estadio. Hubo un Buenos Aires al que llegó Thays para quedarse; lo imagino sentado en el Jardín Botánico experimentando con semillas de yerba mate y armando su herbario, maravillado por lo que crece en estas latitudes. Existió esa Buenos Aires que cautivaba tanto como a nosotros Paris. Resisten los balcones y las balaustradas, resisten los detalles que al igual que yo con Papá Noel, quieren parecer buenos para que nadie los demuela.

Una puerta marrón se esconde en un frente impresionante que tiene un escudo con un cedro. Al abrirla, con una llave magnética que te devuelve de un hostiazo a la época de pelear puestos de trabajo con las IA y te hace sospechar que ante una rebelión te quedarías afuera (o peor, adentro); un damero te escolta los casi 100 pasos que te separan hasta el número 30. Ascensor jaula mediante, estoy ante el piso que alberga más ilusiones que el último mundial de Messi. Abro la puerta y el mejor escenario de estos 45 metros me recibe con una ventana de vidrio repartido que está sucia y sin amor. Debajo, una mesa hecha por un carpintero de los de antes, me invita. Pido permiso igual, porque entrar al lugar donde planificaste toda esa vida que te espera pausada a que despiertes de la anestesia de la felicidad, no es cosa de todos los días. Abro la ventana no porque haga calor sino porque la podredumbre que se ve del otro lado me da vida: el cable atado que atraviesa de ventana a ventana e intenta oficiar como soga de ropa; o al menos eso espero porque sino podría estar sosteniendo alguna estructura y eso sería preocupante. La mugre pegajosa y gris de las celosías ajenas, (y propias) producto de ollín y palomas, polución y tabaco, noche noche bonaerense, microcentro, caras y caretas, teatros llenos, pizza grasosa, perfume mezclado con cloaca y Pinti, Moria, Monzón, el palacio de la papa frita y el Maipo. Todo eso veo en ese pulmón avejentado. El cielo se recorta celeste allí arriba, el cielo que todos ansían y del que yo escapo un rato porque hay tanta libertad en el cielo que ya no sé que hacer. Como esa chica de St Marteen’s College que quería cucarachas en su casa para sentirse común, camino y huelo mi nuevo centro de operaciones en el barrio más hermoso de Caba. Qué me van a hablar de distrito 12 a mí. Lucho con cada molécula por demostrarle a quienes me deberían valer un chelín, que me gané las cosas y que me esforcé. Una estupidez de mi parte, debería hacer oídos sordos, pero no me sale, entonces trabajo y trabajo y trabajo. A veces por dos centavos. Y no duermo y pienso y proyecto y se me ocurre que en algún momento algo me va a salir muy mal. Pero me sale bien y cada vez tengo más felicidad que justificar.

Harta, cruzo la puerta de San Martin dispuesta a encerrarme y encontrar a aquella, la joven. Dicen que los niños habitan en nosotros, por qué no habitarían entonces también nuestros yoes lozanos? La que comía de la lata de arvejas. La lujuriosa. La que escribía antes de tomarse su primer té a la mañana (al mediodía), la que no engordaba, la que salía sin preguntar qué día es, la que no se preocupaba tanto por el mañana y no tenía ansiedad ambiental, la que comía milanesas napolitanas y quemaba serotonina sin más. La que leía, escuchaba, estudiaba, escribía y transpiraba por las letras.

Camino por el cuchitril esperando encontrarme a esa piba en algún rincón, pero el espejo me devuelve a una señora vestida de Eminem. Un sweater con bolitas, el hialurónico desplazado y derretido, los tatuajes descoloridos y las tetas al codo. Una debacle espiritual me invade y no hay libertador de los Andes que me ampare.

Mientras busco los muebles correctos para este departamento que dije de excusa que pondré en alquiler para turistas, seguiré soñando con mi juventud. Con la plaza San Martin de cuando iba a la secundaria y me sentaba en la barranca a mirar la torre de los Ingleses con mi amiga Sol y juntas planeábamos un futuro lleno de viajes, libros, aviones y cultura. Con la vueltita del 17 cuando termina Santa Fe y dobla por Maipú, mientras me comía las primeras apoyadas patriarcales sobre el guardapolvo estatal manchado de tinta de silbapen azul.

Muy pronto tendré cama, heladera y wifi. Y tendré vino y vodka. Y tendré una noche libre de mi vida de señora que se acomodó en la comodidad y le teme a las drogas. Esa noche en un pedo místico, me abrazaré con la joven y la niña; conversaré con Thays acerca de los plátanos y las alergias y le preguntaré a San Martín si él se considera más bien facho o más bien progre. Comeré pizza de Filo, que está justo en la puerta de al lado, y escribiré hasta salir mis entrañas. Una vez todo afuera, cerraré las celosías pegajosas de la Buenos Aires que me gusta a mí y cruzaré la 9 de Julio con un Baffa furioso en el bandoneón. Una vez en ruta 2 me acordaré por qué me escapé de todo y se me caerán 17 o 18 lágrimas. Y estará bien así, con resaca y cara de llorar volveré a la casa de mis amores, a abrazar personas y perros y recordarme que podemos ser todo a la vez, que nadie te dice cómo te tenés que sentir, y que si te lo dice estás en todo el derecho de mandarlo a la puta que lo parió.

 

 

 

 

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