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Otro post de azafatas

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Una vez cada 3 meses, alguno de los diarios más leídos en Argentina saca una nota titulada “Las cosas que las azafatas odian de los pasajeros” , “Secretos de vuelo jamás contados por azafatas” o alguna verga así.

Harta estoy de esas notas, ustedes no? No pareciera, ya que el diario tiene récord de visitas online y de comentarios de gente a favor o en contra de las idioteces que se comparten como si fueran la gran novedad.

Este blog está por cumplir su décimo año. 10 AÑOS. 10 putos años escribiendo desde el avión. No siempre acerca de aviones, gracias al cielo, y no siempre desde el mismo punto de vista.

Hemos cambiado. Hemos cambiado tanto que casi nos cuesta reconocernos; nos enojamos. Yo me enojo conmigo misma, con mi versión pasada, con mi versión actual. Cuándo va a terminar esta pavada? “Nunca” parece responder el cielo. Jamás dejaremos de cambiar. Si hace dos años opiné acerca de un tema, el año pasado lo refuté con una teoría interesantísima que este año me paso por la raya del culo. El año que viene, quién sabe qué pasará; solo pido tener la decencia y la humildad de entender que mi punto de vista del pasado no tenía por qué estar errado, simplemente no tenía toda la información y la experiencia para pensar como pienso hoy. De esa manera, siendo tolerante con uno mismo, se ensaya, al menos levemente, la tolerancia hacia los demás.

En estos 10 años muchas veces intenté contar esos secretos de azafatas que nadie te contaba, pero no desde el título sensacionalista que consiga 10 mil entradas en una semana sino desde un altillo oscuro y perturbador, un lugar al que entras buscando algo diferente, algo que no es ni mejor ni peor que lo que hay afuera, pero que es distinto, y que no está en ningún otro lugar. En ese altillo nos hemos reunido como una logia descerebrada, hipóxica y reflexiva, siendo piadosos con nosotros mismos, los pobrecitos afiliados a la Religión del Avión.

Qué secretos puedo contarles hoy que ya no sepan? Que levantamos la pinza que se cae al piso y la volvemos a meter a la hielera? Ya lo saben. Que armamos la panera con las manos? Ya lo saben. Que pasamos las bebidas de una botella a la otra por el pico? Ya lo saben! Qué más quieren saber? Acaso importa? Chicos, a ver, piensen. Piensen en el pan por ejemplo. Un panadero se levantó a las 3 de la mañana, se rascó la pija, los huevos, se comió 15 mocos, habló por celular, tocó plata, al perro, al gato, al canario y después amasó el pan. El pan fue al horno, después se enfrió. Los de la panadería lo separaron en mignoncitos o franceses  y los pusieron en bateas, en bolsas, en cajas. Después vino un chaboncito en bici con una canasta de mimbre, agarraron el pan y lo tocaron todos. El chaboncito manejó la bici por toda capital con la canasta tapada con una toalla mugrienta mientras todas las bacterias y poluciones de la ciudad atravesaban el pan. Llegó al restaurante, dejó el pan (con las manos) en la cocina. Los cocineros, mozos, ayudantes, lo pusieron en otro lugar. Después armaron las paneras y lo dejaron con un quesito arriba de una mesa de un comensal. Se comió un solo pan y se retiró la panera. Lo que quedó de esa panera se seleccionó y volvió a la canasta común. Ahí te llega a vos. El restaurante es de esos en los que tenes que dejar de propina lo que paga Tinelli de expensas, vos untas el quesito, te comes el pan y decís ay que rico pan la concha de todo. Ese pan tiene más gérmenes que pasarle la lengua al inodoro del Sierra Juliet, pero vos no tenés idea. O sea, resumen: no nos hagamos los finos.

Esos no son secretos. Secretos son otros. Secretos no son las demoras y cancelaciones, secretos no son los vencimientos de la tripulaciones, qué comemos en vuelo, dónde dormimos o a cuántas tripulantes en un día ninguneó el capitán. Secreto es otra cosa.

Se puede ser tripulante toda la vida? Se puede regalar los mejores años de lucidez y bienestar físico a un medio que te va a destrozar? Se puede tener hijos, amarlos y dejarlos una o dos veces por semana al cuidado de una nena babysitter que se la va a pasar mandando fotitos por wasap mientras tus hijos se aburren, juegan solos o no pueden dormir? Se puede priorizar el tiempo a la plata? Se puede hacer alguna otra cosa después de haber trabajado en un avión?

El folclore de los aeropuertos es cocaína. Te cuelga una credencial del cuello, tu uniforme y vos logran lo imposible. Atravesas la cinta de rayos de la policía con tijeras, pinzas, y un compás que nadie entiende para qué llevas a Bariloche. Caminas por la plataforma sorteando aviones, sacas fotos desde ángulos imposibles, pedís permiso para subir a uno de Lufthansa, a un 380 de Emirates, a un KLM, nada más que porque querés conocer. Los pilotos te saludan, los tripulantes te hacen un té, te regalan las cartillas de emergencia, las mantas, todas esas cosas que son ilegales y que están mal vistas, son un mundo cotidiano y cómodo para vos. Haces espera en la parte de atrás de los aeropuertos, catering te trae comida de otras empresas, viajas en el cockpit  de cualquier aerolínea cuando te vas de vacaciones, si no hay lugares libres te llevan en las camas de descanso de los tripulantes, te quedas parado en el galley hablando de cosas de aviones en cualquier vuelo, de cualquier empresa, en cualquier parte del mundo. La cocaína del tripulante, las hermosas costumbres que jamás podrás dejar.

Ponele que yo mañana renuncio, me canso de todo, me reviro y le mando un mail a algún jefe diciéndole que muchas gracias pero que les devuelvo sus várices y que quiero mi humanidad de vuelta. Acto seguido me dedico a lo que estudié, me pongo un estudio de paisajismo, empiezo a trabajar a destajo, triplico el sueldo del tripulante, me pongo un refugio de perros, un vivero, un santuario de animales grandes y adopto 4 bebés. Mi vida es perfecta. Un día, agarro la Lugones, vengo escuchando Callejeros, y antes de llegar a la bajada de Sarmiento, miro a la izquierda. En la plataforma descansa la pandilla brava, los nuevos, los contrincantes, las low cost, los camiones de combustible cruzan las calles, las camionetas de empresa, los micros de intercargo… y en la cabecera, el Sierra Juliet está próximo a partir. Ahí nomás se me nubla la vista, las pulsaciones se me van a 200, el corazón se me achicharra como en un horno de pan, empiezo a descompensarme, pierdo el control del auto, me desmayo y se va todo al carajo, con un ojo abierto mirando el cielo, me cruza por encima la panza con el cucurucho del BSJ en un rasante, diciéndome “Pelotuda para qué te fuiste?” mientras con dos lágrimas recuerdo que en ese mismo momento, los tripulantes están volviendo a cruzar la pierna y hablando de alguna trivialidad mientras esperan que se apaguen los cinturones para ponerse a preparar café. Suspiro mientras me levanto en la cuneta de Lugones, llamo a la grúa y al seguro, espero que me den destrucción total, me hago unas placas de cuello y le pido a alguien que vaya a darle de comer a los caballos, porque no voy a llegar.

 

Hay vida después del avión?

Hay vida sin resentimiento, sin envidia ni celos? Hay vida de la buena, de la linda, de la que uno espera… después de haber dejado la droga más linda, peligrosa y triste que se puede probar?

Ese creo que es el verdadero secreto. Quién considera esto un trabajo del que cree que va a salir inmune y quién sabe que el avión lo destrozará, de una manera u otra, inexorablemente, tome la decisión que tome.

He dejado de hablar con los aviones. Tuve que crecer. De pronto había un montón de otras voces que no estaba escuchando y que gritaban más fuerte que el metal. Mi gran cambio ocurrió ante sus propios ojos, de manera sorpresiva y accidental; y cuando me di cuenta, había todo un universo que estaba en blanco y negro y que de golpe se había vuelto de color. El cambio fue tan grande que la vida en el avión empezó a hacerse a veces molesta, a veces pesada, a veces demasiado cuestionada.

Las ganas de luchar por un mundo distinto se hicieron tan presentes, tan gigantes, que a veces cuando un señor me devuelve una almohada porque cree que ya fue usada a pesar de que venga en una funda cerrada de plástico, me dan ganas de preguntarle “Really?” Sin embargo, levanto su queja y la transmito. Todo un operativo se monta en torno a la limpieza de fundas de almohadas, del proveedor de plásticos que asegura que esas prendas fueron envasadas y no volvieron a tener contacto humano hasta la llegada al avión. Se audita al que hace el transporte y acomodación de almohadas y se le envían kilómetros gratis al pasajero en compensación, 3 personas pierden su trabajo, se generan plásticos más gruesos que soporten el traslado y yo, que tuve la almohada en la mano y la inspeccioné verificando que la misma no tenía absolutamente ninguna mancha ni olor, me siento desdichada. En qué momento el avión dejó de ser un milagro de transporte, en el que se puede viajar a velocidades increíbles, con comodidades como asientos acolchados, mantas, películas, baños y comida… en una mamada de verga hacia personas que no tienen nada mejor que hacer más que intentar disminuir constantemente a personas que considera que están por debajo de sí en la escala humana. Me da pena, porque de verdad, cómo no nos damos cuenta que en la escala humana estamos todos igual de mal ubicados ya que somos una manga de pringados de mierda. Nadie agradece, nadie es capaz de ver la vida privilegiada que tiene, todos piden más y mejor, todos quieren ahora y como sea, pero nadie está dispuesto a mirar un poquito lo que pasa alrededor. Ahí tienen otro secreto, la falta de empatía por el otro no es algo de los pasajeros o de los tripulantes, la falta de empatía es humana, y es tan desagradable que opaca la buena acción que puedan tener los 4 0 5 pelotudos que están llevándole caldito a la gente en las recorridas por el frío, los que se cortan el pelo por el cáncer, los que protegen perros, los que plantan árboles nativos en las plazas  y los que donan los órganos para trasplantes. Las buenas acciones se desvanecen.

Somos esa gente de mierda que le comenta en redes sociales a otra gente que no conoce que debería matarse por gordo, feo, puto y fracasado. Qué manera de perder la fe en la humanidad cada vez que leo los comentarios de las notas del diario, qué ganas de que no sigan naciendo más bebés y que nos extingamos de una vez por mierdas humanas. Pero bueno, como no nos vamos a extinguir, y los bebés van a seguir naciendo, los aviones despegando, los panes siendo toqueteados por personas y las cuentas llegando a casa… sigo trabajando.

Si me cruzan en el avión, vénganse al galley que les hago un tecito y charlamos, que últimamente estoy hecha un encanto.

Yours sincerely,

V.

 

Capítulo 1

Pinche

Lo único que tuve en claro toda mi vida era que quería ser azafata. Desde la primera vez que vi pájaros en el cielo, desde la primera vez que bailé, desde mis primeras vacaciones, desde que murió mi abuela, desde que tengo uso de razón. Cada paso que daba hacia la vida adulta, era un minuto menos hacia mi destino. Con felicidad terminé el colegio, empecé el curso y obtuve mi licencia. Supe desde siempre que conseguir el trabajo no iba a resultar fácil, había que tener las medidas, la altura, la sonrisa… pero ensayé día y noche, practiqué peinados y me moldeé entera hasta encajar en la estética de las chicas que veía en las películas, en los aeropuertos, en los aviones. Mientras tanto, trabajé de lo que iba apareciendo, bares, restaurantes, locales diversos. Ahorré, me mudé sola, viajé un poco; conocí el mundo que estaba segura sería mi nuevo hogar. Me enamoré, tanto que pensé que quizás mi destino era seguir los pasos de mi amado y dejar atrás un sueño casi imposible. Qué probabilidades había de que una chica como yo se transformara en una de ellas? 4 años después del primer beso, aquél que juró envejecer a mi lado, se escapaba a escondidas a besar a quién sabe quién. Decidí no llorar más que dos días, guardé mis cosas y me fui. Le dejé una nota escueta saludándolo hasta nunca. Dejé mi trabajo, me subí a un avión y viajé una vez más. Con los pies en la arena, me albergó un hotel que me dio cama, techo y comida al mismo tiempo. Cuando terminaba mis turnos, dormía en una habitación de staff en la que no había mucho tiempo ni para pensar ni para dormir. Se armó un grupo humano de una calidad que desconocía hasta ese momento. Todos parecíamos tener ese perfil de pingüino empetrolado que tanto me gusta a mí. Leche de almendras, hamburguesas de quinoa y calentamiento global después, nos volvimos inseparables. Mañanas de trabajo, atardeceres de playa, noches de juerga. De pronto la vida parecía ser otra cosa, de pronto… qué era lo importante?

Chloe tenía apenas unos años más que yo, tenía el pelo larguísimo, ondulado y un poco claro. Siempre parecía estar fumada, aunque jamás la veía fumar. Era como si su cabeza estuviera siempre en otro plano. No era nada tonta, pero jamás parecía estar escuchándote. Alguna que otra vez me sorprendió dándome una devolución de lo que yo había dicho días atrás, cuando no sabía ni siquiera que ella estaba ahí. Chloe viajaba con Duca, una flaca irreverente a la que todo parecía importarle muy poco, con una acidez siempre dispuesta y una mirada crítica con la que nos bañaba a todos aunque ya estuviéramos bañados. Duca andaba a los besos con el potro del grupo, un pibe al que le decían el Chapa, que le gustaba a todas menos a mí, porque yo con los pibes siempre fui menos mainstream. Después venían 3 amigos que se conocían hace años, y venían viajando desde que yo terminé la secundaria más o menos. Por momentos me parecían bastante pelotudos, pero eran buenas personas, y si no se pasaban, eran divertidos. Thiago, un casi ángel; Mati, un ex rugbier y el Nene, el único que parecía no salido de la tapa de la revista caras, familia de camioneros, brazo de camionero, humor de camionero. Completaban el staff, María, la rosarina perfecta, y Nana y Acer, dos hermanos que hablaban poco.

Después estaba yo, que todavía en esa época no sabía en el quilombo en el que me estaba metiendo.

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Yo creo y con eso basta.

Pinche

Me he pronunciado en contra de la explotación de animales. Me he pronunciado a favor del proteccionismo y el cuidado de las cruelmente llamadas mascotas, seres que considero familia. Me he pronunciado en contra de la matanza de cualquier animal con fines de diversión, entretenimiento, consumo y mejora de calidad de vida. Me he pronunciado a favor del consumo responsable y consciente de elementos que dañen la ecología y la capa de ozono.

Me he pronunciado a favor de la mujer. Me he levantado de mi silla todas las veces que un grupo humano haya denigrado, disminuido, agredido y conspirado contra una mujer. Me he pronunciado a favor de la igualdad de género, de quitarle al hombre la mochila de presión con la que lo han criado, de quitarle a la mujer todos los atributos negativos con los que la han vestido desde que decidió abrir la boca.

Me he pronunciado a favor del auto conocimiento, de la libertad, de las drogas, de la exploración, de los viajes, de los libros, de los perros, de las plantas, de la música, los gatos, los amigos y el té verde. Me he pronunciado a favor de la desfachatez y de la mala palabra. A favor de las historias, de los cuentos, del delirio de la poesía.

Soy azafata, una profesión que arrancó siendo indispensable en un avión por cuestiones de seguridad y que hoy es impensable no concebir como funcional al servicio, muy por debajo del rol de seguridad.

Nos han puesto trajecitos, vestiditos, polleritas, sombreritos, velos, tacos altos, bajos, de colores, medias claras, oscuras, carteras grandes, bolsitos, guantes, pañuelitos. Nos han vestido de Barbie pelotuda durante décadas y lo hemos permitido, por qué?  Porque es nuestro show bussiness. Nadie quiere azafatas feas, gordas, viejas, resfriadas, despeinadas, nerviosas, con hijos, con problemas, con canas, con uñas con tierra, con pelos de gato en las medias. Queremos a nuestras azafatas prolijas, divinas, sonrientes e irreales. Las queremos como queremos a nuestras mujeres; solícitas, expeditivas, hermosas y calladas. Las azafatas somos una maldita muestra demográfica de lo que somos socialmente. Los pasajeros se sienten estafados cuando las azafatas son feas. Cuando se suben y las chicas rajan el piso, el vuelo es mucho mejor. No hace falta que lo nieguen y me digan que no, yo estoy ahí cuando lo dicen, yo los escucho hablar, los escucho pensar. Les encantaría que al cumplir 35 años desapareciéramos de la faz de la tierra así como quieren que desaparezcamos una vez que les dimos la comida, la bebida y les retiramos la bandeja. No nos quieren ver diciendo dónde no se pueden apoyar los pies, cuándo hay que guardar el bolso y en qué momento hay que apagar el celular. Pero quieren tocar el timbre y tenernos bellas, perfumadas y bien predispuestas para cualquier requerimiento insólito que pudieran ustedes tener.

Romper estereotipos parece imposible. Las empresas nos mandan a taparnos tatuajes, cortarnos el pelo, pintar nuestras uñas y tenerlas del largo reglamentario. En la uniformidad, se busca una identidad. Todas debemos ser iguales; tanto que muchas veces voy por el pasillo y me gritan “Y?? TUVISTE ALGUNA NOVEDAD??!!” confundiéndome con una compañera que sí tuvo alguna novedad pero no está en el pasillo en ese momento, y que lo único que tiene de parecido a mí es un juanete doloroso.

Romper estereotipos, ponerse de pie, pronunciarse.

Ser azafata con kilos extra en la barriga, ser azafata con problemas familiares, con granos, con algún piojo contagiado por un sobrino, con tres pelos duros en el mentón, con miedos, con mambos, con pocas ganas de sonreír. Ser azafata con turba, resaca, humus y perlita bajo las uñas. Ser azafata con días tristes, con días de menstruación olorosa y dolorosa, con días de constipación, meteorismo y mal aliento.

Me pronuncio a favor de la reivindicación de un trabajo concebido para la seguridad, en el que el foco esté puesto en los procesos, en la correcta ejecución de procedimientos con el fin de generar vuelos seguros y agradables. Me pronuncio en contra de que el grado de aceptación de un vuelo dependa de que yo haya tenido tiempo o no de depilarme el bigote. Me pronuncio a favor de la libertad en todos los ámbitos, del respeto hacia las personas, y hoy más que nunca, de romper el estereotipo de que todas las azafatas deben ser tal cuál las imaginaste en tu casa.

Una vez escuché a un pasajero decir que el vuelo había sido una mierda porque todos los azafatos eran hombres. El tipo estaba decepcionado porque le vendieron un sueño y en la vidriera había otros muñecos. Es como cuando vas al zoológico y el león duerme y no se come ningún cacho de carne. Qué estafa! Yo pagué! Dónde están mis azafatas en pollerita por las que pagué!? Quienes son estas 4 maricas de mierda? Los tripulantes de cabina no necesariamente tienen que ser gays, cuando las empresas ponen el aviso en el diario, comérsela no es excluyente. “Cuáles son tus fortalezas?” “Soy muy puntual, sé inglés, francés y me la como”. No, no es así. Comérsela o no, es a gusto del consumidor. Otro estereotipo que necesitamos derribar.

A veces pienso que vivo para pronunciarme. No he logrado callarme jamás. Tanto he hablado que se han cansado amigas y novios, tanto he contado, he explicado, que la gente huye de mí. No consigo callarme, parece que mi misión en mi propia vida fuera generar teorías que solo me sirven a mí misma, pero que no dudo en compartir incluso con aquellas personas que no tienen el más mínimo interés en mi opinión. Aun así, las teorías vienen, las historias me invaden, las palabras me sacuden como un nido de mosquitos del que no puedo escapar. Finalmente me pican, y caigo moribunda al piso! He sido derrotada por una turba de pensamientos! Escuchen todos! Paren el mundo! Tengo algo más que decir antes de partir.

Soy ese borracho que está en el piso en la vereda de la esquina y que ya nadie mira, del que nadie se compadece, al que nadie teme, ya que lo único que hace todo el tiempo es estar ahí. Soy mobiliario de este mundo aeronáutico, estoy borracha en una esquina del blog, pronunciándome en contra y a favor de cosas, situaciones, personas o comportamientos, y te guste o no, así voy a seguir siendo; porque hace décadas que sueño con romper estereotipos y  callarme no es una opción.

 

 

 

 

 

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Gurē, la gris.

 

Gurē significa gris, en Japonés. Gurē será el nombre que te proteja en la etapa de renacer.
Recién parida, no habiendo podido amamantar, perdiste a todos tus cachorros, menos a uno. Pero tampoco te sentís identificada con él. Muy joven, muy joven para ser mamá. Demasiado hambre, enfermedad, parásitos, bichos, garrapatas. Demasiada muerte rondándote Gurē.
En mi casa, 3 perros y 2 gatos duermen en mullidos almohadones, toman agua fresca y degustan manjares. Gurē, soy una señora de 37 años casi, no he tenido hijos, y mi vida la volqué a los animales. Defiendo, rescato, alimento, lloro, acaricio y admiro. Gurē, probablemente sepas más de la vida que yo, pero probablemente aún no sepas qué es el amor. Mi misión durante algún tiempo, será enseñarte eso, el amor. Mi misión será cambiar temblores por sonrisas, gruñidos por juegos, temor por confianza… en esta casa, somos una familia Gurē, verás. Yo soy la más grande, pero es Ibiti quien manda. Tenemos un grandulón algo bobo y torpe, que gusta de dormir cerquita y dar besos putrefactos, su nombre es Vento, y cuando llegó, pesaba casi como vos. Adela, ya es una señora, licenciada en dulzura y buenos modales, dormilona, delicada y un poco entrada en carnes.
Cuando llega alguien nuevo, en casa hacemos guisito Gurē, ya verás.
Sharam y Fif son de la raza que espero que no te quieras comer cuando entres en confianza. Fif suele dormir todo el día, tiene casi 10 años y las patas traseras no soportan su peso. Sharam, oh Sharam, él es nuestro Dorian Grey. Siempre joven y bello, siempre rey y seductor… todo lo entiende, todo lo sabe, a nada le teme. Me ha ayudado desde el primero al último, siempre.
Y después Gurē, quiero presentarte a Bamba. Quizás no puedas verla, pero podrás sentirla seguramente. Bamba es la fuerza que nos mueve a todos, es la que nos une, es la que hace que hoy estés acá. Bamba es la fuerza con la que uno hace las cosas por el otro sin esperar nada a cambio, Bamba es la enseñanza, Bamba es nuestro amor.
Parece mentira que hace 5 años que no vemos, que no acariciamos a Bamba. Cada cumpleaños mío, cada verano… Bamba. Y cuando estoy a punto de ponerme triste, llegás VOS Gurē, a recordarme que el trabajo nunca está terminado, y que hay que perder otra vez la comodidad, la limpieza, los lindos perfumes, el tiempo libre, el ocio… y con vos vienen sacrificio, garrapatas, medicamentos, cirugías y un mar de lágrimas, lo sé. Pero cuál será tu historia Gurē? Qué enseñanza traerás? No lo sé.
Esta noche es mi última sin conocerte, mañana nos veremos las caras por primera vez. Y se empezará a escribir otra historia, en la que vos seas un poco más felíz, y yo un poco más perro, y las dos nos acerquemos adonde sea que estamos yendo, adonde sea que tengamos que ir.

Gurē, la gris.
Capítulo 1.

 

Los misterios de por qué un perro sube a un auto desconocido sin dudarlo. Los misterios, por qué camina dócilmente sin desconfiar? Por qué entiende cosas que quizás jamás vio antes? La dinámica de un hogar, los sillones, los espacios de perros y de personas, los paseos, la hora de comer, dónde hacer pis y caca, dónde no. En seguida pensamos “este perro tuvo familia” o “este perro es capo”, pero la realidad es que no sabemos. Todo es un gran misterio, un misterio gris, como Gurē.
Ella es flaca, tan flaca que duele un poco. Duele verla sentarse sobre sus huesos, duele lo pelada que está, duelen las tres islas solitarias y abandonadas de pelos que tiene en lugares del cuerpo que no tienen sentido. Duelen las bicheras, dos redondeles perfectos de los que drena un jugo rosado que rodea la carne a la vista. Duelen los collares de garrapatas muertas que aún lleva colgando, entre derrota y triunfo. Duelen sus tetitas flacas y todo su aparato reproductor explotado. Duele su pequeña depresión post parto.
Gurē lloriquea, se acomoda arriba de sus huesos en las distintas camas que sus nuevos hermanos de tránsito le han cedido. En casa se puso una regla en el idioma que no sé hablar, de alguna manera alguien dijo “nadie se mete con Gurē” y juro que no fui yo. Cuando llegué parecían perros de circo, nadie la olió más de la cuenta, nadie la hostigó, nadie le dijo esto es mío. Gurē durmió, comió, hizo pis, caca y movió su raquítica cola partida, agitando escamas demodéxicas y energía nuclear. El movimiento de su cola, su actual máxima indicación de bienestar, nos indica que vamos bien. Los gatos no registraron su presencia y la Ibi, jefa escandalosa de la manada, decidió correrse a un costado.
Nadie se mete con Gurē, porque el misterio que trae encerrado en sus ojitos de un verdoso papel arrugado, nos hace respetar su historia y no preguntarle dónde estuvo, qué pretende ni quién se cree que es.
Y yo como humano entiendo, que esta casa ha dejado de ser mía hace tiempo, que soy el mero artífice que paga el ABL; y que una fuerza superior, más grande que mi voluntad, más grande que mis sueños… logra que una armonía se dibuje día a día entre los seres que conforman este cuadro.
Soy parte sí, y en parte no lo soy. O sí, pero aún no lo he entendido.
Hay silencio en el Burlesque, ese es el nombre de mi casa. En el Burlesque nos reímos de lo socialmente aceptado, en el burlesque glorificamos todo aquello que la sociedad repele. Es un mundo del revés? Si. Y repito, yo solo pago el ABL.
Los misterios que traen los seres que aquí conviven, solo puedo imaginarlos. Los horrores, como imágenes… Vento caminando al costado de una ruta, escapando por los campos, enredándose en alambres de púas, gusanos comiéndose su carne y él no teniendo a quién llorarle; Adela, y un horrible hombre apagándole cigarrillos en el cuerpo. Adela siendo quemada, Adela hecha bollito en un refugio, con su único amigo, el parásito que se comía su piel. Ibi, patadas, baldazos, corridas, bolsas de basura podridas, Ibi con chicles pegados en el pelo, corriendo para que los chicos no les tiren piedras. Ibi y el miedo a esos seres altos que se acercan para hacerla sufrir.
Gurē, muerta de hambre, arrastrándose porque hay 7 cachorros en su panza, Guré, con más garrapatas que sangre, Guré esperando que alguna vez se pueda dormir en paz.
Me miran, los miro.
Pensarán ellos si yo oculto mil misterios? Pensarán ellos alguna cosa de mí? Todos duermen, un silencio total en mi casa húmeda de lluvia de verano, no se escucha nada, los gatos pasean sigilosos, yo me seco las lágrimas, los galgos suspiran entre sueños y nadie, pero nadie se mete con Gurē.

Gurē, día 1.
Capítulo 2.

 

A uno le dan ganas de ponerla entre almohadones y cosas mullidas, que las puntas de sus huesos no toquen nada duro, nada frío, que nada la lastime ni la incomode. A uno le dan ganas de sacarle las lagañas grises cada media hora, de ponerle un pañalcito para que contenga el recuerdo constante de su maternidad, cayéndole viscoso y manchándole la cola. A uno le dan ganas de darle de comer un sinfín de veces hasta que gane 10 kilos, de masajearle la piel seca, de rascarle cuando le pica… pero uno debe aprender, debe crecer y actuar de una manera más sabia y no tan impetuosamente maternal en detrimento del propio animal. Entonces, miro a mis perros buscando una respuesta, y ahí están ellos, mirándola de lejos y dejándola en paz, y entiendo que debo aprender el idioma, si ellos no la molestan, yo no debería molestarla. Esta señora, toda chiquitita, flaquita y vulnerable, se mantuvo viva contra todos los pronósticos, por lo que considero que deberíamos hacerle un buen guiso, una reverencia, y dejarla dormir en paz.
Refrescó. Paseamos, comimos, se largó a llover. La camita de Gurē está ubicada al lado de la ventana, y le entra vientito de afuera, del patio verde del burlesque. Decidí ponerle una remerita, porque a pesar de que la demodexia le pone la piel súper caliente, realmente está en los huesos, y me da la sensación dio que le puede dar frío. Terminé de hacerle a la remera un nudo en la panza, de engancharle el cuello con un brochecito, y me di cuenta de que otra vez la estaba sobre protegiendo. Decidí irme a dormir, cerré la puerta de mi cuarto, dormí con Ibi y Ade, y dejé a Vento con ella. Vento, el único que no se cambia de sillón cuando Gurē se acerca. No lloró en su primera noche, aunque en líneas generales es bastante llorica.
A la mañana, entré despacito al living, Vento se estiró en un sillón, y ella permanecía en su camita al lado de la ventana.
Cuando me vio, empezó a temblarle todo el cuerpo. Temblaba como los chihuahuas cuando se ponen nerviosos, temblaba, pero como emocionada, no asustada, como si acabara de ver algo terriblemente emocionante. Me agaché y no me importó si a los tránsitos no hay que apañarlos, y no me importó esa distancia que me prometí mantener con ella para no pegarla tanto a mí, y no me importó nada de nada… se hizo un bollito, me arrodillé, la cubrí con mi cuerpo y la abracé, tirándome de cabeza en un colchón de garrapatas muertas, gusanos muertos, sangre de bichera, sangre de todos lados, con ese olor a demodexia que cubre todo como solo lo cubre la demodexia… un olor inolvidable para todo aquel que haya luchado alguna vez con el parásito, se te clava, se te mete en el cerebro, se queda en tu ropa, en tus manos y en tu pelo; y no hay ducha que te lo saque de encima ni trapo que lo limpie de tu living. Pero qué me importa ese olor, qué me importa nada si cuando la suelto, veo que me levanta la pata y me muestra por primera vez su pancita toda picada. Sonreí y le agradecí con una voz finita que ya reconoce; que toda persona que me conoce, puede reconocer. La acaricié y supe que acabábamos de empezar nuestra amistad, nuestra relación de confianza y cariño, ese lazo que sé que, viva con la familia que viva, va a existir para siempre. Y todo el día fue fantástico, salimos a pasear, dormimos la siesta, comimos más que todos los demás, tomamos los remedios y nos dejamos limpiar todo. Por qué hablo en plural? No sé, porque me pongo idiota, porque es imposible no caer de rodillas ante su fragilidad y no sentir que es una pequeña bebé que necesita que respire el aire y se lo procese para que ella lo respire… y entonces me acuerdo, no, no, no lo hagas. Y entonces me acuerdo, esta leona se mantuvo viva, ya quisiera saber yo cuántos de nosotros somos capaces de soportar todo lo que soportan los galgos hasta que se escapan del infierno y se nos paran adelante. Calculo que nos rendiríamos ante el hambre, los golpes, el frío, la enfermedad. Calculo que tendríamos miedo para siempre, calculo que jamás volveríamos a confiar… pero ellos no, ellos en 2 días, son capaces de darle otra oportunidad al mundo, y en ayunas, abrir la patita, mostrar la panza y ofrecer de nuevo su amistad.

Gurē, día 2.
Capítulo 3.

 

Anoche me enteré la triste noticia del bebé de Gurē. Decidimos no escribir la historia del día 3, porque el día 3 es triste, aunque Gurē no lo sepa, aunque nunca lo vaya a saber. Nosotros los grandes, los humanos, decidimos hacernos cargo de esa pena y filtrarla. Todos los esfuerzos, toda la energía y los cuidados empleados, se quedan en la memoria de quienes lo cuidaron, pero Guré… Gurē que no lo sepa, y que siga peleando por estar mejor y mejor.

La miro intentando adivinarla en su peor momento, la miro y la proyecto en su mejor momento. La miro, y la veo HOY, en el medio, en el “mientras tanto”.
Ser un hogar de tránsito, voy aprendiendo cada día más, es disfrutar el “mientras tanto”. Hay libros y libros que enseñan a vivir el hoy, a enterrar el pasado y jurar que el futuro no existe, las canciones y los poetas nos repiten, siempre es hoy.
Pero nosotros no, nosotros nos emperramos en vivir en el pasado, lamentándonos por aquello que tanto daño hizo, por aquello que ya no volverá, o peor; nos enroscamos tanto en esperar que llegue lo que esperamos, conseguir lo que está por venir, que nos olvidamos que nuestra vida es hoy.
Ser hogar de tránsito, es una cachetada de hoy que se te queda en la cara, latiendo, ardiendo.
Todos los días hay una mejora, hay un signo de que el día de ayer es pasado; porque las costillas se ven menos que hace 1 día, porque hace 12 horas que no se rasca, porque no llora como a la mañana, porque recién, hace un minuto, hizo la cucaracha por primera vez.
Siempre fui una convencida de que debemos romper y quemar ese libro que nos dice cómo debemos vivir. Ese libro que jura que seremos mejores personas si nos casamos, si somos heterosexuales, si tenemos un par de hijos, si le rezamos a algo, si tenemos un trabajo decente, si nuestra casa está limpia, si hacemos lo que nos dicen… siempre estuve convencida, la libertad está en cada uno, quememos el libro, solo uno mismo conoce cuál es el camino de la libertad.
Lo que hacemos por los animales, es venerado por gente como nosotros. De afuera, nos critican. Nuestras casas suelen oler mal, nuestra ropa está llena de pelos, no nos alcanza la plata por los gastos de los animales, no tenemos la libertad de usar nuestro tiempo ni siquiera en vacaciones, y lo peor, nos importan más los animales que las personas.
Responder a cada uno de estos agravios sería creer en ellos. Vacaciones? Poco sabe esta pobre gente de las vacaciones que se sienten en la piel cuando las costillas de estos perros se dejan de notar, poco saben ellos de las sonrisas de los galgos, de las lágrimas de felicidad cuando los gusanos se van, las heridas cierran, cuando el pelo crece.
Por qué lo hacemos? Por qué los animales? La única respuesta que encuentro es espiritual, no tiene un sentido lógico más allá de la comunicación del amor. Algunos tendremos historias de abandono en común, nuestros terapeutas dirían: todos ustedes están sanando heridas de abandono al proteger a estos animales.
Entonces, miro a Gurē. Duerme en el sillón de los perros, junto a mis perros. Ya un poco más integrada, habiendo abandonado la camita del piso y permitiéndose escalar con los demás. La miro y sus ojos son vivaces, está atenta a los movimientos en la cocina, me sigue por la casa buscando abrazos, espera ansiosa los paseos y levanta la pata para mostrar la panza a cualquier integrante de la familia. Está flaca sí, tiene dos bicheras que despiden gusanos muertos, una hernia umbilical, garrapatas muertas prendidas y cuatro pelos locos. Pero aún así, me mira a los ojos y me dice que lo que pasó ayer fue historia, y que la familia que en este momento la está mirando en fotos y piensa en adoptarla, la tiene sin cuidado… porque ella no es ayer ni mañana, ella es hoy. Y hoy, está aprendiendo a ser familia, está aprendiendo de manadas y colchones, está aprendiendo de arroz con pollo, de ruidos que no asustan, de casas con canciones.
Gurē es hoy, y me siento tan chiquita y tarada, tan humanamente atrasada, cuando en 4 días una perrita que no llega a 15 kilos me da vuelta la cara con tanta verdad, con una verdad tan clara.
Llegar adonde queremos llegar no es nada, Gurē, lo único que importa es el recorrido.
Gracias❤️

Gurē, día 4.
Capítulo 4.

Seguro dirán que está más “gordita”. Dirán que tiene otro semblante, que su piel mejoró, que cerraron las bicheras, que no tiene garrapatas y que ya no gotea como antes. Seguramente dirán que está mejor, que le ha hecho bien el amor, que su cuerpo responde favorablemente al tratamiento del amor.
Y yo debo decirles, que su cuerpo sana lento, lentísimo, en relación a su espíritu. Debo contarles que esta pequeña nos observó desde el sillón durante 5 días, para ponerse de pie el día 6to, y mostrarnos de lo que está hecha.
Esta mañana, la subimos al auto y nos fuimos al campo. Siempre es un misterio, galgos sueltos en el campo, a veces hay que rezar que vuelvan, o que no traigan una liebre colgando… aunque jamás me ha pasado, entiendo que tienen un camino recorrido y que algunos instintos son difíciles de borrar, pero Gurē… pensé que Gurē sería una de las sumisas, de las que prefieren sillones mullidos y bocaditos en la boca. Pero ay ay ay Gurē.
Les presento a una niña que viene del campo, les presento a la que fue líder de sus manadas, les presento a una amante del agua, de correr en grupo y sobre todo, de decirle al resto por donde tiene que ir. A solo 10 minutos de haber llegado, y sin haberse relacionado con ninguno de mis perros en 5 días, organizó un motín para correr las vacas, persiguieron un camión que andaba a 400 metros, y se enojó a los ladridos cuando entendió que Ibi, la actual líder, estaba molestando a Vento.
Vento, por lo que pude ver, es su debilidad.
Vento es tranquilo, sereno, buenmozo y tierno. Esta pequeña madre soltera, quizás viuda, quizás divorciada, no pudo evitar caer en las redes del bello hechicero con ojos de miel. Cómo no la voy a entender yo, justo yo! Que lo conocí un 14 de Febrero! Vento es el único que no se corre del sillón si ella se sienta. Adela parece no querer sentir el sucio olor a demodexia, y la Ibi, entiende que hay una energía más fuerte que la de ella y se la ve triste, errante, derrotada. Sin embargo Vento, ni la mira pero tampoco la rechaza.
El lugar que le ha dado mi manada, sabiamente, es el de un tránsito. Si ellos la hubieran adoptado por completo, si jugaran sin parar o si durmieran uno encima del otro, me resultaría casi imposible ponerla en adopción. Uno tiene esa tendencia a transferir los sentimientos; a ponerle voz al pensamiento de los perros, interpretando una mirada como “se aman, si los separo se van a deprimir” o “si la pongo en adopción, va a pensar que no la queremos, que nunca la quisimos, que fue todo una farsa”. A veces hay que dejar de pensar como pensaría el perro, la verdad es que no tenemos ni la más pálida idea de lo que piensan o cómo piensan; pero tanta película de Disney nos ha dejado el complejo de adivinar sus vocecitas y sentirnos culpables por todas aquellas supuestas elucubraciones de nuestros animales. Proyectamos, eso es lo que hacemos. Me juré una y otra vez, que Gurē era un tránsito, por eso cuando ustedes dicen “que se quede, que se quede”, yo no digo nada. Mientras más seamos en el elenco estable, menos visitantes podremos tener, y la verdad es que hacen falta tantos, tantísimos tránsitos, que no nos podemos dar el lujo de seguir agrandando la familia. Transitar, curar, dejar ir, ser feliz cuando ese que fue parte de la familia, forma su propia familia, y después de eso, volver a empezar.
Por suerte, mi manada le dio respeto a Gurē desde el primer día, pero me dejó claro que vamos a ayudarla y después tenemos que dejarla ir.
Fue por eso que hoy, cuando los vi correr a todos juntos, por un momento tuve un nudo en el estómago… quería gritar “no, no! No se hagan amigos!” Pero entonces no hubiera estado pensando en ellos sino en mí, y ellos estaban disfrutando! Y a decir verdad… la puta, qué lindo es verlos correr.
Me juego mi reino que Gurē fue perra de campo, nomás pisar el pasto se transformó su mirada, cambió toda su postura corporal. En casa permaneció acostada, descansando, juntando fuerzas; pero apenas bajó del auto y vio donde estaba, fue como encender un botón; y entonces, pareció que en vez de su piel seca tuviera melena; y en vez de huesudas, sus patas fueran musculosas y fuertes, y toda ella se mostró segura, radiante, feliz.
Creo que Gurē se sintió de vuelta.
Volvieron filtrados en el auto camino a casa. Durmieron como desmayados, llegamos, abrimos la puerta y ahí quedaron. Me acerqué a Gurē, que rezonga y suspira profundo cuando me acerco a besarla, mientras abre las patas, tira cucaracha, cabeza atrás, se refriega y cabecea.
Y me voy al cuarto, prendo el aire y tiro las camitas en el piso. Adela e Ibi vienen, una se sube a la cama, la otra se queda en el piso. Y Gurē? Guré no viene, Gurē hoy creció, ya no necesita estar pegada al lado mío para saber que todo va a estar bien. Entonces duerme en el living, en un sillón muy grande; y si abre los ojos, al lado suyo hay un galán, con huesos grandes y pelos grises, que no se acerca y no la busca, pero cuando ella lo mira, no se aleja y no se asusta.
Y eso, por hoy, nos alcanza.

Guré, día 6.
Capítulo 5.

 

Evidentemente, el codo lo tiene para afuera. La cola está fracturada, tiene una hernia umbilical y las orejas llenas de una cera negra que cuesta horrores sacar. Me mira mientras como, me pide comida 100 veces al día, se sienta así con su pata toda descajetada y me mira esperando que me apiade de ella y le tire algo de lo que estoy comiendo. Le doy, qué voy a hacer. Le doy todo lo que como, sea desayuno, sea almuerzo, sea pancito, seitán, ensalada, medialuna. Se come todo, agarra las cosas despacito con los dientes con una delicadeza hermosa. No es bruta, es completamente suava. Todos los días me pide subir a la cama, no la dejo. He decidido hacerle entender que en esta casa, no puede subir a la cama. En el medio de la explicación, entran corriendo las otras bestias y se suben sin pedir permiso. Gurē me mira “por qué ellos sí y yo no?” -parece decirme. Para empezar porque a ellos no le caen jugos de la cotorra, y para seguir porque es necesario enseñarte algunas cosas para que no llegues totalmente sacada y descontrolada a tu familia adoptiva. Le doy un beso y le prometo que no es por la demodexia, a mí el olor no me importa, Gurē. Salimos a pasear. Ade y Vento pasean sueltos, desde siempre. Ibi viene con correa, tironeando a cada paso haciéndome luchar contra sus 20 kg cada dos pasos; pero llevar a Gurē, es casi como llevar la correa sin ningún perro. Responde, no tira, no se distrae. Ay Gurē! Si pudiera devolver a estas 3 bestias y quedarme solo con vos! Sos tan buena!!😍 y entonces pasan Adela y Vento pobres hijos que lo que tienen de buenos y bellos lo tienen de tontunos, Adela con la lengua de costado y Vento todo papafrita, rengueando porque se le metió una semillita entre los dedos. Suelto a Ibi, sale corriendo, incontrolable. A Ibi tengo que tenerla vigilada; le ladra a los hombres, a las bicis, a los perros, los gatos, los ruidos… la suelto en un lugar descampado, una calle cortada donde no va nadie, y ahí pueden ser ellos mismos un ratito. No hay caniles cerrados cerca de mi barrio, una desgracia. Entonces Gurē llora. Pega dos ladridos, tira apenitas de la correa, me mira y llora.
Le hago prometer que se va a portar bien antes de soltarla, y finalmente, la suelto. Se acerca a los otros, huele lo que ellos huelen, persigue las mismas cosas, husmea un poco y vuelve al lado mío. Caminamos unos pasos y la vuelvo a atar.
Confianza. Eso es lo que estamos trenzando. Ella me deja meterle pastillas en la boca, pasarle toallitas húmedas por las partes íntimas, ponerle gotas aceitosas en los ojos… porque confía en mí. Por eso intento devolverle la gentileza, dejo la puerta de mi habitación abierta, y aunque todos estén arriba de la cama, ella permanece en el colchoncito suyo, tentada por las comodidades acolchonadas que promete el nivel superior, un nivel al que no entiende por qué acceden los demás y ella no. Pero aunque yo no esté, ella no sube.
Mientras escribo esto me viene a mirar lastimosa, para que sienta pena por ella. Estoy en la cama, y me mira desde abajo. Yo no sé si es una gran actriz, si de verdad está triste o si maneja un grado de manipulación superior al que puedo comprender. Cuando estoy a punto de sentirme culpable, apoya una pata en el colchón, con las orejas hacia atrás y los ojos bien grandes. Le digo que no, una, dos, ocho veces. Se queja con un ronroneo de cansancio algo gutural, y se hace un bollito. Parece dormirse. Respiro aliviada, si lo intentaba una vez más, la subía.
Mañana, nos toca visita al campo, pasto, vacas, caballos, correr, meterse al agua, dormir la siesta a la sombra. Pero ahora duerme, y yo apago la luz, agradecida, hay días difíciles y hay días hermosos… pero desde que Gurē llegó a casa, debo confesar, todos los días han sido hermosos❤️
Gracias por leernos.
Gurē, día 7.
Capítulo 6.

Hoy nos despertamos temprano, y como teníamos día libre, nos fuimos al campo. Reconoció el lugar en seguida, corrió a más no poder, durmió siesta, se bañó con shampoo antiséptico, comió infinito.
Después mientras yo plantaba cosas en macetas, se sentó al lado mío, y aproveché para sacarle esta foto.
Me doy cuenta de que es bella. La miro y veo más allá de todas esas pequeñas cosas que objetivamente muestran el abandono que vivió. Después de una semana, le ha empezado a crecer el pelo, pero me cuesta darme cuenta, porque para mí su piel es pelo. Todas sus pequeñas imperfecciones son parte de lo que Gurē ES. Nada la disminuye. Me pregunto cómo me verá ella? Cómo me verán Vento, Ade, Ibi?
Me miro al espejo. Me cambiaría al menos 7/8 cosas nomás por empezar. Aún cuando todo va bien, jamás estoy conforme con mi cara, mi cuerpo; nunca soy lo suficientemente “algo”. Me miro de nuevo, ya se me pasó, de pronto soy lo suficientemente “todo”. Esta esquizofrenia en la que vivo no la inventé yo, es padecida por hombres y mujeres en todo el mundo, cegados por modelos establecidos por quién sabe quién.
Virginia Woolf escribió en un libro cuyo protagonista es un perro de raza, que éste, competía con los demás perros del barrio por pureza, rasgos, detalles que lo hacían más merecedor de la admiración de la opinión pública.
Gracias Woolf, entendimos perfecto la burla, y la apreciamos enormemente. Los perros se huelen el culo, poco les importa si el culo es de galgo, de callejero, de doberman o de salchi-yorkie.
Cuando estoy con las personas, me maquillo, hago dieta, compro ropa nueva. Cuando estoy con los perros, soy feliz.
Por suerte, la mayor parte del tiempo, estoy con mis perros.
Siempre he tenido algo con mi nariz. Que demasiado grande, que aletas raras, que se va para abajo… pero siempre que estoy a punto de coquetear con la idea de intervenirme quirúrgicamente, mi costado perro me hace entrar en razón. Qué pasaría si Adela me dijera que quiere que le opere la “tapita”; esa parte baja de su boca que la hace tener ese rasgo finito, gracioso y adorable; y que la hace parecer galgo fallada? Y si Vento dijera: “Por favor, que me duerman y me remuevan esta cicatriz”. El día de mañana Gurē podría querer un implante de pelo. Claro, yo me reiría… no necesitan nada de eso. Le diría a Adela que su nariz es perfecta tal cuál es, porque así es ella, y amo su cara. Ellos no tienen que parecerse a nadie más para ser ellos. No entiendo entonces por qué nosotros sí. Adela y Vento están un poco gordos, Ibi está demasiado gorda, Gurē está demasiado flaca. Pero lo único que importa es la salud, que Ade no engorde tanto que sus finitas patas sufran el peso que tiene encima. Que Gurē recupere su masa muscular, la que quizás jamás tuvo. Si le preguntara a Gurē si le hubiera gustado ser más rellenita, seguramente me hubiera dicho que sí, porque de haber comido bien, seguramente hoy sus bebés estarían todos vivos.
Me pregunto y me respondo. Los diálogos en mi cabeza no se apagan jamás. Por qué los humanos miramos cómo se ve el otro? Por qué miramos lo que se puso? Si se cambió, si se bañó, si se puso el mismo vestido en dos casamientos distintos? Qué tan idiotas podemos ser?
Gurē me besa todas las mañanas antes de que me lave los dientes, a Gure no le importa que no me peine en dos días y jamás me critica por tener tierra bajo las uñas. Lo que Gurē mira es que a mí me gustan las plantas, y que apenas me levanto me siento en el pasto, sin peinarme ni lavarme los dientes, y que arranco malezas y muevo tierra… mientras ellos se tiran y me hacen compañía al sol. Esas son las cosas que mira Gurē, porque para ella, las personas son las creadoras de esos momentos.
Si tan solo pudiéramos ver, un solo día, el mundo desde sus ojos… entonces seguramente repetiríamos los vestidos, dejaríamos de mirar quién está más flaco y quién más gordo, nos comeríamos esas medialunas que nos prohibimos, y nos tiraríamos más en el pasto a ensuciarnos.
Si pudiéramos ver los ojos a través de Gurē, nos daríamos. como ella, la oportunidad de que el mundo cambie y se vuelva maravilloso.
La diferencia está en que ella depende de nosotros, y nosotros sólo dependemos de nosotros mismos.

Gurē, día 8.
Capítulo 7.

Somos capaces de recordar las primeras veces que hacemos algo importante? Algo que cambie las cosas, algo que signifique un antes y un después, algo emocionante que tenga un valor agregado por ser la primera vez… pero que poco a poco, al volverse cotidiano, se vaya esfumando lentamente. Recuerdo algunos primeros besos, recuerdo nadar por mis propios medios, recuerdo mi primer vuelo, recuerdo la primera vez que vi un galgo en mi vida. Creo que de todas las primeras veces, esa es una de mis preferidas. Era de noche en Chascomús, hacía frío, era invierno y yo salí de la casa de campo a buscar ramas para el fuego. Sentí algo raro, como un temor que me corrió por el cuerpo. Cuando terminé con las ramas, al lado de la casa estaba ella, temblando como una hoja, chiquitita, negra, hocicuda y con las costillas como teclitas de un piano. Esa noche se acercó a mí, y ya nunca más nos alejamos. De todas las primeras veces, la primera vez que vi a Bamba, es mi preferida. Bamba fue un antes y un después, y me hizo prometer antes de su temprana partida, que jamás iba a dejar de proteger a un perro, no importando las comodidades ni las circunstancias, no importando las opiniones ajenas ni los planes que se frustraran. Bamba fue mi primer palabra de honor, mi primer contrato sellado a fuego, mi primer pacto de sangre. A partir de ahí, no dejé de tener primeras veces nefastas, difíciles, angustiantes… pero jamás me vi defraudada por un perro. El perro que uno rescata o transita, es un familiar para toda la vida, y vaya con la familia que vaya, siempre se guardará un amor mutuo, un espacio del corazón reservado para esa persona especial que marcó la diferencia, que enseñó a amar y a confiar.
Hoy, por primera vez, Gurē subió a la cama. Puse una manta y la invité a dormir la siesta conmigo, estaba tan emocionada por ser invitada a subir, que no podía estarse quieta, bailaba, giraba, me chupaba y mordía la cara, abría la pata, se paraba, se volvía a acostar… finalmente se relajó, pero antes de quedarse dormida, bajó al colchoncito, se acurrucó y me miró de abajo mientras yo me dormía. Sonreí mirándola, y le di las gracias, creo que ella también entiende que pese al profundo amor que hoy nos tenemos, que no es nada comparado con el que, aseguro, nos llegaremos a tener; estamos de paso una con la otra, y disfrutaremos sí, y juntas llegaremos a lugares increíbles, pero ambas debemos guardar ese pedacito de corazón, ese cachito que no se suelta, para reservárselo a alguien más… al que va a ser familia.
Nos dormimos todos, pensando en primeras veces. Esta fue la semana de escucharla ladrar, de verla pasear sin correa, de que deje comida en el plato, de que se suba al auto de mi mamá queriéndose ir con ella, de revolcarse contra una rata explotada en la calle, de que se quede algunas horas sola… todas cosas hechas por primera vez.
Ser hogar de tránsito, adoptar, comprar, vincularse con un animalito, decidir incorporar a un animalito a la familia, es algo que debe hacerse alguna vez. Lo recomiendo como quien recomienda hacer un viaje solo al menos una vez en la vida, como quien te aconseja que hagas algo espontáneo, una locura, algo impetuoso, divertido, sin pensar tanto en lo que vendrá. Recomiendo incorporar un animal a tu vida, recomiendo ampliamente que haya un perro en cada casa; lo que el perro te dará, lo que le va a enseñar a tus hijos, la alegría que le va a dar a tus padres… no tiene comparación. No estoy diciendo que sea mejor que una persona, estoy diciendo que no se puede comparar, el amor, la incondicionalidad, la gratitud… al final terminamos sintiéndonos más seguros de nosotros mismos cuando un perro nos ama como nos aman ellos. Te engañó tu novio? Te cura el amor del perro. Te echaron del trabajo? Te cura el amor del perro. Te enfermaste? Te cura el amor del perro. Es verdad lo que digo? No, probablemente no, pero te aseguro que sin el perro es peor.
Tener perro por primera vez, es un antes y un después. También lo es su enfermedad, su muerte, el duelo. Perder a tu perro del alma, la primera vez, es como perder la vida, pero hay que ver más allá de nuestro propio dolor, hay que volver a abrir las puertas, hay que volver a adoptar. Todos serán nuestros perros del alma, y aunque Bamba solo habrá una, jamás diremos a Bamba la amé más, porque eso no es verdad, a todos los amamos por igual, solo es que Bamba fue la primera❤️
Gurē está en esa etapa de descubrimiento de cosas bellísimas que no conocía. Su entusiasmo agota un poco al resto de la manada, pero a mí me emociona terriblemente. El paseo, la comida y la visita de personas que empieza a reconocer, personas que le dan afecto, genera un Gurē un grado de éxtasis que solo puedo explicar con este pensamiento: “Ahora, ella ya sabe que esto no se termina, que es para siempre”. Ya no revolver más basura, ya nunca más vagar sola, ahora la gente será amable, porque por primera vez, la vida cambió, y cambió para siempre. Eso le juro y le juro mientras la baño con espuma, cuando le saco las lagañas, cuando sigo, tantos días después, arrancando garrapatas muertas de su castigada piel. Gurē lo sabe, confía. Esta primera vez es para siempre. Lo que me lleva a decirles algo que tengo atragantado hace muchos días. Todos los hogares de tránsito prometemos eso a nuestros huéspedes, quisiera saber, por qué a veces nos hacen romper nuestras promesas? Por qué adoptan y devuelven? Por qué se comprometen a amar, a curar, a acompañar en la vida a estos maravillosos seres, para luego verse abrumados porque lloran cuando quedan solos, porque hacen pis en el parquet o porque miran raro al gato? La adaptación de estos animalitos, que quién sabe qué situaciones vivieron, es lenta, es paulatina, pero es constante. Todos los días aprenden a confiar, todos los días una primera vez. Ahora, si quien adopta, se aburre, se cansa, devuelve… no solamente es un feo de corazón, sino que provoca en el animal, un daño que luego llevará muchísimo tiempo curar. Devolverlo es un cinturonazo más, devolverlo es la peor demodexia, la más salvaje fractura, el más terrible tumor; porque devolverlo es decirle lisa y llanamente, no te queremos en esta casa, no te queremos. Pero como aquí ya aprendimos el “donde no hay amor, no te detengas” lo recibimos, empezamos de cero, otra vez se busca tránsito, adoptante, otra vez empezar.
Miro a Gurē dormida en su camita, quién será tu familia Gurē? Tendran más perros? Serás la única? Tendrán niños, bebés? Tendrán un departamento chico como tu cuerpito? Tendrán una casa con parque? Te volveré a ver alguna vez?
Pero otra vez estoy viviendo en el futuro, y los ojos de Gurē me recuerdan que no, que no, que no.

Imagínense si Gurē encontrara su familia real, su familia por primera vez, imagínense si cuando ella los amara, ellos decidieran devolverla.
Imagínense su corazón roto; bueno, como éste hipotético caso, todos los días hay TANTOS que no lo podrían creer.
Entonces la abrazo fuerte, fuerte a Gurē. Le prometo que su familia será para siempre, que será la más linda, la más buena, la mejor que encontremos.
Y entonces ella se siente profundamente amada, y lo sabe, porque es la primera vez.

Gurē, día 9.
Capítulo 8.

Hace 10 días que Gurē llegó a casa, hoy festejamos.
Tan solo 10 días después, su pelo empezó a crecer, me salta al llegar a casa de trabajar, le ladra al sodero, reconoce el ruido de las llaves cuando vamos a pasear. La adaptación a la vida hogareña ha sido maravillosa. Gurē está dispuesta a sanar todo aquello con lo que vino, y a pelear contra todo lo que venga.
Pronto, cuando mejore del todo, estará en adopción. Yo personalmente, como la institutriz mejor paga de una familia real inglesa, entrenaré a fuerza de amor y besos, a la formidable Gurē.
Y entonces quizás uno de ustedes, que siguieron esta historia que va llegando a su fin, que lloraron de emoción, de pena, o por pura empatía… quizás uno de ustedes se anime a levantar el teléfono y decirme que son la familia ideal para Gurē. Y yo que haré? Oh! Llorar. Claro. Lloraré de alegría y tristeza y de culpa y de pena y de la felicidad más grande que pueda existir. Y para entonces, Guré ya responderá a su nombre, el que quizás ustedes elijan cambiar, y quizás su pelo haya crecido todo y descubramos qué Gurē, la gris, en el fondo no es tan gris.
Y entonces las piezas se irán acomodando, y será lo que tenga que ser, y ella será la perra más feliz, y mi corazón satisfecho y esponjoso, se vestirá por unos días de gris.
Y se cerrará un capítulo más en el que un galguito escapa del futuro que algunos hombres habían escrito para él, y seremos una página más en la historia que escribimos los que damos, literalmente, todo lo que tenemos, por un animal.
Y no importará cuántos sean ellos, ni cuánto daño quieran hacer, porque nosotros tendremos siempre nuestra batiseñal, y mientras haya una persona que acuda a un rescate, y otra que haga un traslado, y alguna otra que done lo que pueda y una última que haga un tránsito… entonces sabremos que de este lado somos más, y que no perderemos nunca, nunca jamás.
Gracias por acompañarnos en los primeros 10 días de Gurē. Aquí en el Burlesque fuimos felices con su compañía.
Guré, la gris, hoy es de colores y brilla.
Hasta pronto.

Gurē, día 10.
Capítulo 9.