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Imagínense que lo que hay que transportar es un cerebro

(pinche)

Me levanté temprano y hacía un calor fuera de lo común para el mes de Octubre en Buenos Aires, en la calle, en la tele, en twitter, todos quejándose del calor.
Cargué el auto, subí a Ade y nos fuimos a la ruta. Todo bien salvo por un camionero que intentó pasarse del carril lento al rápido, sin tener nadie adelante, sin ningún motivo, y sin poner el guiño.
La frenada, el bocinazo y la puteada solo fueron comparables con el palo que se pegó Ade contra el respaldo de mi asiento. Pasamos mi casita de ruta 2 y seguimos hasta el Atalaya, bajé a comprar una docena de medialunas y nos fuimos hasta el Mcd para abastecernos de hamburguesas.
Con el asiento del copiloto vacío de copiloto pero lleno de comida para corazones rotos, traspasé la tranquera del lugar más hermoso sobre la Tierra.
Y mientras me comía unas papas y engrasaba el volante, pensaba, “Qué estoy haciendo?”
No con las papas, no con las medialunas, o con venirme sola al campo a deprimir sin fin… más bien con la vida.
Se lo preguntan alguna vez?
“Qué mierda estoy haciendo?”
Me lo vengo preguntando bastante seguido.
Son las 11 de la noche y recién acabo de terminar de digerir el angus tasty que me comí a las 4 de la tarde; o lo que es lo mismo; ya estoy lista para la primer medialuna.
Pongo agua para un té, Adela está increíblemente despatarrada en el sillón y suena “Ultraviolence”.
Y el silencio brutal no me permite estar sin pensar.
Estoy en esa edad en la que todas las conversaciones terminan en lo mismo.

-Hola, cómo te llamás?
-V
-Cuántos años tenés?
-33
-Estás casada?
-No
-Tenés hijos?
-No

Cara de dolor: no te casaste, no tuviste hijos, A TU EDAD, algo está mal con vos.
O peor, nadie quiso casarse con vos. O peor, no tenés instinto maternal, no te interesa formar una familia. Sos una abominación.
Los hombres le escapan a las azafatas de 33 sin hijos. “Esta me va a querer embocar un pibe”.
EMBOCAR UN PIBE.
Dios.
Me pude haber casado, pude haber tenido algunos bebés, pude haberlo hecho bien joven, o un poco menos joven, o ya madura. Pero no lo elegí; así como no elijo a los hombres buenos ni a aquellas cosas que son naturalmente bellas y buenas para mí.
El motivo es más bien simple: la ultraviolencia. El caos. La compulsión de repetición. Y no, no somos TODAS las minas así. Hay minas sanas, hay minas que no están echadas a perder y saben exactamente lo que quieren. Brindo por ellas.
Yo todavía lo estoy descubriendo, me lleva un poquito más de tiempo que a mis compañeras promoción 98.
Sí, creo en el amor, y creo en el amor eterno. Por desgracia con el amor eterno viene el acostumbramiento eterno, el embole eterno y pedir turno para garchar. Viene con el combo.

Imagínense que alguien decide transplantar un cerebro. Ay, cómo me encanta cuando en un vuelo nos dicen “Somos vuelo Incucai”, tenemos prioridad para despegue y aterrizaje y nada nos puede retrasar, llevamos un órgano dentro de una cajita de telgopor, un pedazo de alguien que acaba de irse de este mundo y que quiere regalarle a otra persona la posibilidad de un día más.
Ese órgano se transporta de manera súper cuidada. Lo recibo en mis manos como si fuera una casita de naipes hecha de cristal, no se puede caer, no se puede golpear, no se puede desarmar. No queremos ni siquiera mirarlo para no hacerle daño.
Bueno, imagínense que lo que hay que transportar es un cerebro. El mío. Lo sacan de la cabeza vieja, se les resbala y se les cae al piso; patinan y sin querer lo patean, va a parar a una esquina de la habitación que no está muy limpia y la enfermera con ébola le estornuda encima; se lo saca de las manos un médico y lo enjuaga con agua hirviendo, se cocina de afuera hacia adentro como cuando ponés carne picada en una olla con agua. Lo envuelven en una frazada y lo llevan por varios pasillos, suben a un ascensor que se queda estancado, se corta la luz y el calor empieza a descomponer a todos, el cerebro quiere derretirse pero no lo logra, se le pegan los pelos de la frazada, se recalienta el sistema del ascensor, se prende fuego, los enfermeros se salvan de milagro y 3 cuartos de cerebro también. Van corriendo al quirófano y chocan con un carro de limpieza, las ruedas le pasan por encima, lo fraccionan por dentro; quedando adheridos sus pedazos a la goma de la rueda. Lo levantan, lo cubren con una bata enlechada por médico de guardia y lo meten a la sala. El cirujano dice “Tardaron mucho, cómo está ese cerebro?” Se lo muestran avergonzados y el cirujano lo sopla y me lo mete en la cabeza. Me cose y cuando me despierto me dice “Estás nueva”. Yo sonrío contenta, abro los ojos grandes y me hago azafata.

Y vos me preguntás qué pasa conmigo.

HABÍA CUIDADOS BÁSICOS A TENER EN CUENTA CON MI CEREBRO QUE NADIE TUVO. ESO PASA.
Entonces ahora hay una fiesta en Pachá, y mis amigos están todos reunidos, hay un hombre que me ama pero al que no puedo elegir, mis gatitos están solos en casa y yo estoy en el medio de la ruta 2, escuchando la voz grave de Lana hablando de esos golpes que parecen como caricias, hablando de cortes en el cerebro que no se pueden coser.
Abro la puerta y afuera la noche es completamente negra. Los ojos terminan acostumbrándose a la oscuridad y empiezan a ver pequeñas luces, a centímetros del suelo, a un metro, a dos metros. Luces intermitentes color fluorescente, un hermoso vuelo de luciérnagas. Luciérnagas buscándose unas a otras.
Y de pronto, eso es todo lo que hace falta para que ésto cobre sentido; para tener fuerzas una vez más. Recuerdo aquella noche en la que la prioridad absoluta fue despegarle el pegamento de las alas a aquella hermosa firefly. No hay cerebro tan magullado ni tan deteriorado si somos capaces de rescatar una luciérnaga de las redes de una araña. Fue uno de los momentos más felices de los últimos tiempos, toda la energía, todo el amor, todo el universo estaba puesto ahí. Eso es todo lo que importa, esas pequeñas acciones de todos los días, esos pequeños lugares en los que me encuentro con Rocamadour, aunque jamás lo haya visto, aunque quizás jamás lo vea.

Le serví un plato de arroz con carne a Adela del lado de afuera de la puerta y salió, desconfiada, a la oscuridad de la galería. Metió la cola entre las patas y miró a su izquierda con las orejas levantadas, alerta. Comió rápido y sin dejar de mirar de reojo la esquina de la galería en la que Bamba se apareció por primera vez hace, exactamente, 4 años.
-Qué hay, Ade? Quién está?
Siguió mirando y un escalofrío me recorrió la espalda.
Hace 4 años nada más, apenas estaba empezando a abrir los ojos, apenas me estaban empezando a cicatrizar los puntos del transplante.
Y hoy, somos Adela y yo. Nadie más. No queda nadie más. Pero al menos, estoy despierta.

Se termina mi té. Lana recuerda que está llena de veneno. Miles de bichos golpean las ventanas para acercarse a la luz de adentro. Los aviones despegan, aterrizan. Adela sueña en el sillón.

Y yo me pregunto “Qué mierda estoy haciendo?”
Pero como no le voy a encontrar respuesta esta noche, abro la puerta, y salgo.
Porque el único compartimento de mi cerebro que está sano, es el de salvar luciérnagas.

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Podés pedir tu último deseo

(Pinche)
Golpearon la puerta con una fuerza tal que, aunque el miedo me calaba los huesos, tuve que levantarme de la cama. Los ruidos daban la impresión de que la madera estaba siendo destrozada con palos y hachas; el techo empezó a derrumbarse y entonces, sabiendo que en cuestión de segundos estarían dentro, destrabé la cerradura y me di vuelta despacio, dándoles la espalda y caminando lentamente ante sus ojos sorprendidos. Volví descalza y casi sin ropa a la habitación, me acosté, me tapé y me abracé a la almohada con los ojos cerrados.
De manera invisible rodearon la cama otorgándome un último deseo, entonces tomé el teléfono y te mandé un mensaje.
Mi último deseo: un mensaje.
Apreté los dientes sabiendo que esta vez me iba a doler como nunca, y sin tener un segundo para prepararme, sentí como un metal me atravesaba el cuerpo de lado a lado. El colchón se empapó de mi sangre y los gatos siguieron lamiéndose las patas sin percibir nada fuera de lugar.

Mis ojos se pusieron en blanco.

Solté el teléfono y mi mano quedó abierta y colgando de la cama, sin miedo a que ningún monstruo la agarrara e intentara tirarla hacia abajo.
El mensaje fue enviado; el teléfono permaneció estático en el piso.
Me sacudí en la cama luchando por seguir perteneciendo a este mundo, temblaron mis piernas, convulsionaron mis hombros, se fueron apagando mis ideas.
“Qué tonta es ésta” escuché decir a un invisible mientras miraba a otro que desconectaba la bomba de mis entrañas; “Cómo va a mandar un mensaje como último deseo?” y rieron, todos ellos.
La araña invisible sobre mi cabeza se movió de un lado a otro mientras me trepaba para verlos desde arriba.
Todavía se inflaba mi pecho cuando ellos empezaron a dar vuelta mis cajones por diversión; me borraban los archivos de la computadora, rompían las hojas de lo que jamás se convertirá en el libro vulgar. A ambos lados de mis ojos cayeron dos lágrimas que murieron en el colchón.
Ya nadie leerá esas páginas, ya nadie sabrá la verdad.
No podía moverme, como en ese sueño en el que te ves acostado en la cama y no podés encender la luz, ponerte de pie ni escapar ni de eso que te acecha.
Morí ante mis ojos. Todos mis animales se encontraban alrededor de mi cuerpo ensangrentado mirando hacia la lámpara, viendo como se columpiaba de un lado a otro. Sin embargo los invisibles no me advirtieron, desde arriba los vi salir de la habitación, triunfantes y hablando de su próxima tarea.
El colchón comenzó a gotear, el piso se mojó y las gotas abrazaron el teléfono. La marea espesa no logró moverlo de lugar pero empezó a cubrirlo, intentando dejarlo hundido en el fondo, oculto y olvidado para siempre.

Desde la araña, suspiré.
Nunca me había visto desde esa óptica. Creo que recién en ese momento pude ver que fui un bello ser. Siempre noté nada más que mis problemas, mis defectos, mis falencias; sin embargo, así tirada en una cama tan roja como los muebles, rodeada de letras escritas en papeles en el piso, de cables para recargar todo aquello que me conectaba con los demás y de mis 3 hijos de carne y hueso; me veía bella y trágica: como mi propia vida.
Decidí irme, porque ya no tenía nada que hacer allí. Pronto empezaría a verme fatal y la casa se llenaría tanto de curiosos como de lamentos.
Acaricié por última vez la hermosa piel de aquellos que me acompañaron hasta el final y atravesé la puerta sin hacer ruido.
Dentro quedó una casa de colores, valijas con ruedas gastadas, estantes repletos de comida rápida, perfumes sin estrenar, anillos en forma de corazón, mantas con pelos, hojas con historias que nadie podrá leer, animales mirándome con tristeza y un teléfono en el piso.
Mi cuerpo supo que pudo cumplir su último deseo y mientras en la pantalla se iba borrando con sangre lo único que quise dejar en claro, mi mente se esfuma sin saber jamás si el mensaje fue contestado.

Mientras tanto, la araña está quieta, afuera llueve y vos te estás duchando. La televisión está a todo volumen y a tu teléfono con dos por ciento de batería llega un mensaje que dice “Te voy a amar toda la vida”.

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No es soberbia.

(Pinche)
Recién hoy puedo escribir.
Llevo arrastrando este duelo mediocre por el que los mortales lloramos a nuestros ídolos como si fueran familiares. Me adueño de la muerte de cada personaje para revivir una y otra vez las propias muertes y así poder llorarlos hasta el infinito. Después de todo, qué es el mundo sino una repetición constante de las mismas cosas, personas jugando los papeles de otras personas, roles cambiados y compulsión de repetición?

Lloro.
Lloro porque los ojos celestes son para siempre, porque las canciones sonarán aun cuando no haya nadie que las escuche, porque aunque queramos olvidar, no podremos.
Lloro porque un hombre regaló demasiada hermosura a este mundo y queríamos un poco más de él. Lloro porque no me gusta el desenlace, estaba encaprichada en verlo despertar.

Hace casi diez años, tuve a mi papá en coma.
Los 30 días que duró verlo bajo ese estado hipnótico, bajando de peso y acelerando sus latidos solo cuando me acercaba a su oído y le decía “Hola guacho”, fueron una grieta en mi corazón. No se vuelve del miedo que se implanta al ver a quien uno ama dormir, dormir, y no despertar.
Todos los días le hablaba en voz baja para que nadie me escuchara. Todos los días tomaba su mano y la miraba fijo, estudiando la piel y los músculos debajo de ella, intentando percibir si existía un mínimo movimiento que me indicara que algo andaba mejor, o que al menos, él seguía ahí. Después lo supe, por los latidos en su corazón subiendo cuando escuchaba mi voz, siempre supo que yo estaba ahí. Siempre escuchó.
Después del día 30, se despertó.
Algunos daños fueron irreversibles pero, yo volví a reír con él, me di el lujo de volver a enojarme, putearlo, llevarle alfajorcitos, regañarlo, escuchar música y sus delirios.

No puedo pensar en 4 años enteros mirando su mano y escuchando los latidos de su corazón. Es por eso que abrazo a sus niños, es por eso que no puedo ni pensar en los ojitos de su mamá. 4 años esperando el abrir de unos párpados, 4 años contándole lo que hiciste ese día, esa semana, ese mes.
Hay cosas que simplemente, no tienen explicación. Debe uno resignarse y pensar que hay alguien que elige que esto sea así? Que existe el karma, que los giros de la vida tienen un sentido, un aprendizaje, un motivo? Yo no lo veo, lo siento. He decidido aceptar que cuando llega la hora de uno, simplemente llega, pero no puedo aceptar más que eso. Lo demás me parece una salvajada, una prueba individual de cuánto somos capaces de soportar antes de quebrarnos por completo, antes de enloquecer y abandonar este juego social para siempre.

Yo no he sido su fan, sin embargo, he escrito con su música una innumerable cantidad de veces, sin embargo, estuve presente el día que dijo Gracias Totales, sin embargo, conozco cada una de las canciones que nos dejó; es por eso que desde el día en el que el cielo se partió al medio para despedirlo, todos nosotros en el bosque nos ponemos de pie para agradecerle y verlo partir.

Yo no he sido tu fan pero te amé.

Jamás te abracé Gustavo, jamás te miré a los ojos ni te besé, jamás me diste una palabra de aliento, ni un gesto cariñoso, jamás me ayudaste ni te ayudé. No nos conocimos.
Pero sabes qué? Te lloro igual, te lloré en el auto cuando me llegó el mensaje con la noticia, tuve que parar en una esquina y decirle a Adela, “Se fue Gustavo, Ade, se fue.” Tuve que tomarme un minuto y pensarte, tuve que pasar unos días grises, tuve que evitar todos los canales que hablaban verdades y mentiras acerca de vos y tuve que agradecerle a ese cartel en la avenida Belgrano que me avisaba que había una calle cortada y después rezaba GRACIAS TOTALES, porque así lo sentía yo.
Tuve que hacerlo porque tengo una religión propia, y en mi religión veneramos a todos los dioses que nos permiten conectarnos con nosotros mismos y con los demás, les hacemos ofrendas a los que nos hacen pensar en lo que nos pasa bien adentro, les rezamos a todos los que nos enseñan sensibilidad.
Eso es el arte Gustavo, eso que te sacude y no entendés por qué. Esa letra que sabés que fue escrita para vos, esa melodía que sentís que vos mismo podrías haber escrito pero por algún motivo, no se te ocurrió, esa frase genial que dice exactamente lo que te pasa. Lo que vos escribiste, es tan nuestro, es tan propio, tan real. Te robamos las canciones, Gustavo. Perdón. Ya no son tuyas, nunca lo fueron. Son nuestras, nos las adueñamos desde siempre. Se quedan con nosotros.
Cuando “Crimen” salió de tu boca por primera vez, me rompiste el corazón. La escuché en mi cabeza cada vez que creía que iba a morir, y entre ataques invisibles, mis labios se movían “supe que te perdí…qué otra cosa puedo hacer? Si no olvido moriré…” y me desangraba, quieta, en un sillón.
Me hiciste escribir tantas veces, tantas horas, tantas letras. Cómo no amarte? Cómo no querer enterrar mis manos en tus rulos y decirte DESPERTATE LA PUTA QUE TE PARIÓ!!! Cómo no desear que sea todo mentira, cómo no negar este cruel crimen que el destino te deparó?
Lo voy a negar. Lo hago muy bien.
No quiero pensar en que armaste una bandita en el cielo. Prefiero pensar que seguís ahí cantando cada vez que suene tu canción, y que me seguís dictando versos desde tu escondite, como hiciste los últimos 15 años, como hacen todos los demás. Prefiero pensar que tus bebés tienen a su papá, que tu mamá tiene a su hijo con ojitos del cielo, que tus fans siguen comprando entradas, que la seguís rockeando… prefiero jugar a que todos ustedes siguen acá.
Porque la vida sin ustedes es muy fea, y no me gusta, y no la acepto.
Y jamás la voy a aceptar.

Cada uno juega los juegos que puede, arregla lo rotito con las herramientas que tiene en el bolsillo.
Si lo que se rompe es muy grande y uno no sabe cómo hacerlo, entonces se queda ahí, roto, para siempre y uno sintiéndose culpable y tonto, pidiendo disculpas por no tener el martillito del tamaño necesario, o el tornillo indicado, la palabra justa, la actitud correcta. Y el mundo te señala con el dedo por no arreglar las cosas como hacen los demás, PORQUE LOS DEMAS PUDIERON, porque ESTO SE HACE ASI, porque CÓMO NO LO SABÉS?
No sé, perdón, a mí ese martillito no me vino, decimos secándonos las lágrimas, yo busqué pero no me vino. Y entonces, vergüenza, culpa, dolor.
Estoy harta de los juegos, mis amores.
Harta de que las cosas tengan que ser de determinada manera.
Entonces digo adiós.
Me voy con mis cuatro herramientitas de plástico, caminando por el pasto, abrazando a quienes se dejan, besando a quienes el mundo todavía no me quitó.
Y el resto, no puedo manejarlo, hoy está y mañana no.
Así que espero que entiendan, que entiendan este adiós.

Me voy del mundo de la lógica, me voy del mundo en el que se espera algo de mí. Me voy del plano troquelado en el que me tenían, no me encontrarán ya, este es el adiós.
Y no crean que es por miedo, no crean que es una huida, no crean que es por dolor.

No es soberbia, es amor.

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Nos encontramos porque estábamos sangrando.

(Pinche)

Me subí al avión sabiendo que escapaba una vez más. Cómo no hacerlo?
Con apenas unas prendas en un bolso, una mochila con mi libro todo borroneado y un dispositivo lleno de música, me embarqué sin despachar, sin comer, sin presentarme a la tripulación del triple siete de American Airlines.

Pisar Los Angeles estuvo bien. Cómo no habría de estar bien Los Angeles? Mojé tanto mis pies como mis pestañas. Continué una cantidad de días insospechados sin comer, tan sólo bebiendo de la botella verde hasta quedarme dormida en la tremendamente sucia habitación de mi hotel.

Me dolió la cabeza el día siguiente, me dolió la cabeza la tarde anterior, me dolió todo el cuerpo cuando recordé tus brillantes ojos y tus enormes pestañas, cuando por un momento, la luz de tu sonrisa fue más fuerte que el horror de tus palabras.
Volví a dormirme vestida, en cualquier horario, y desperté por la noche otra vez.

El hombre que me alquiló el auto era amable. Entendió que manejaba hacia poco tiempo pero que realmente necesitaba ese Cadillac, y me lo rentó de todas maneras.
Con el bolso detrás, la música justa y el pelo al viento… seguí adelante.

Me detuve en la playa. Amaneció cerca de las 7 de la mañana y la Costa Oeste mostraba todo su esplendor. Me cambié en el auto ante los ojos de los camiones que pasaban a toda velocidad. Ni un solo tatuaje dejó de ser festejado por el claxon agradecido de estos hombres. Con las ruedas en la arena y la puerta abierta, me metí al mar, abrí los ojos debajo del agua, dejando que la sal destrozara mi visión. La arena no quemaba, caminé unos metros hacia el auto y antes de llegar, me dejé caer.

Tocar la arena con las manos siempre fue una sensación tranquilizadora. Aún cuando no podía salir de abajo de la sombrilla por las manchas de mi rostro, aún cuando mi mamá le gritaba a mi papá que no me llevara al agua porque no tenía puesto el protector. Las quemaduras después, en los párpados, en la boca, en las manos y los pies, dolerían durante días. Y sólo podría volver a visitar la playa vestida y escondida detrás de cremas, anteojos y parasoles. Mis manchas albinas, mi gran debilidad.

Ahora ya no tengo manchas, pero no me gusta el sol, le temo al calor, le temo a esa sensación de bienestar y de paz que se siente en el corazón durante unos escasos minutos, porque sé que luego arde y quema, sé que atraviesa la piel y te retuerce por las noches.

Igual que vos.

Me sacudí la arena del pelo y me senté abrazándome a mis rodillas, mirando el mar. Las uñas rojas de mis pies hacían círculos al son de los cantos de las gaviotas y su lucha por pescar. La Costa Oeste y su hermosa e infinita capacidad.

Me froté los ojos enrojecidos y vi caminando a una mujer.
Con un vestido corto y las uñas largas, pisaba la orilla mientras se sacaba el pelo de la cara.
Me puse de pie, con el corazón agitado, para recibirla.
Al verme, se detuvo por un segundo, miró hacia atrás pero no decidió volverse. Fuimos una al encuentro de la otra y tan solo nos dijimos “Hey”.

Parecía perdida, pero no sé que tan encontrada podría parecer yo. Probablemente ella pensó lo mismo de mí, nunca se lo pregunté.
Caminamos en silencio y me preguntó si el que estaba ahi era mi auto. Dije que sí con la cabeza y me acerqué, saqué una botella y unos hielos de la enfriadora, nos sentamos y, asi, en silencio, nos pusimos a beber.

No hace falta lo que ustedes creen para que una mujer se encuentre con otra.
Las mejores mujeres no se encuentran en el shopping, no se acompañan a la peluquería ni a depilar.
Descubrí a esta mujer por las huellas rojas que dejaban sus pies. La descubrí por la oscuridad en su voz, por estar en un rincón cuando podría estar en la cima, por el relieve cicatrizado en los cortes de su suave piel. Ella me descubrió por mi mirada esquiva, por mi risa tímida y mis dedos de letras.
Nos encontramos porque estábamos sangrando.

Y ustedes preguntarán si nos besamos. Claro que sí. Pero eso no fue lo más importante, porque hablar con ella a las 4 de la mañana, borrachas en la cama, escuchándola cantar entre cada cuento mío, escuchando como se reía de mis historias de azafata violenta y saliendo a buscar drogas para no dormir jamás, para hacer que ese momento durara por siempre… fue lo más hermoso que pasó.

Creo que en algún momento me desmayé.
Abrí los ojos y todo estaba dado vuelta, me pesaba la cabeza, ella bailaba y toda la habitación era una nube de humo; por la ventana entraban los flashes de las luces de neón del hotel.
Tuve ganas de vomitar, otra vez, corrí al baño escuchando sus risas y cerré la puerta para que ella no me escuchara.

Golpeó la puerta y me encontró hecha una mierda, intentando pararme, sostenida de la bacha, con el pelo en la cara y en ropa interior, pesando 5 kilos menos que cuando había llegado y unas ojeras dignas de mi estirpe familiar.

Abrió la ducha y me metió adentro, sentada.
Me lavó el pelo cantando, la miré a los ojos, y entre el agua que corría por mi cara, sé que pudo reconocer las lágrimas.

“Hace cuánto que no comes?” Preguntó entre divertida y descalificadora.
Me encogí de hombros.
Ella condujo hasta una cafetería al costado de una ruta y me miró comer. Se pidió un café negrísimo y fumó aunque la camarera le dijera que no. Era demasiado hermosa como para hacerle caso a un no.
Fui al baño otra vez.
En el espejo mi imagen me dijo que las drogas estaban dejando de hacer efecto, hice pis con olor químico, despedí las toxinas con el botón y volví a la mesa.

“Lana, necesito dormir” fue lo único que dije.
Entonces volvimos al hotel.
Antes de dormirnos hicieron aparición nuestros padres, nos visitaron los golpes de algunas parejas, el abrazo de las madres, los besos, el sexo, los excesos, las letras, la música y algún avión.
Le acaricié la cara y los labios, me los acarició ella también. Le confesé que estaba enamorada de un hombre y que lo único que sabía hacer era huir de él. Me contó una triste y larga historia, la escuché llorar y mi corazón se detuvo un poco, se murió otro poco… se contagió para siempre de esa enfermedad terminal.
Nos dormimos cuando todavía era de noche y al abrir los ojos, ella ya no estaba allí.
Junté las cosas en mi bolso. Vacié las botellas en el baño, me di una ducha de pie, me pinté las pestañas, me puse un short y una camisa y dejé el lugar.

Llegué a LAX unas cuatro horas antes del vuelo. Hice el check in, me regalaron un UPG.
Subí al avión con anteojos negros, disimulando las lágrimas ganadas en L.A.
Y mientras tomaba un té verde mirando las nubes rosas, me acaricié los labios con los dedos y me dije en voz baja “Anoche besé a Lana del Rey”.