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Bangkok Files

Transformarme nuevamente en un blog que nadie lee tiene su magia: otra vez escribo para mí desde el anonimato, ya no hay nadie a quien seducir. Cuando uno empieza a escribir para otros, hay una parte de la autenticidad que se pierde. Entra en juego la necesidad de agradar y de que te acepten y se pierde la voz propia, la que no pretende esforzarse por pertenecer.

La enfermedad por pertenecer nos contagió como un virus. Se esparció entre jóvenes y viejos sin que pudiéramos vacunarnos a tiempo y debo decir que, para las masas, es posible que sea demasiado tarde. De vez en cuanto aparece un friki sin redes sociales, uno que no mira el teléfono en 6 horas y no se entera de lo que está pasando afuera de su puerta. Bueno, déjenme decirles que esos son los que están a salvo.

Yo no lo estoy. Mis inseguridades se han acrecentado con la madurez. Contrariamente a lo que esperaba, los años me han traído más dudas que certezas y mi falsa seguridad atraviesa los umbrales dejando en las sombras a una persona auténticamente rota. Lamento comunicarles que jamás pude arreglarme. Lo intenté sí, lo sigo intentando! Pero lo que ven no es sino una máscara que todos los días intenta pelear la vida que me estaba esperando, esa vida rota que se supone que me tocaba vivir. No lo acepté, no. Decidí pelearla, con miedo, pero pelearla. Estoy rota pero no soy cobarde, y mi valentía me hace entrar temblando a todos lados, disfrazada de valiente.
Ocupo todas mis horas y todos mis días con una agenda llena de trabajos, pendientes, personas. El único motivo es que cuando me abraza el silencio, las voces crueles vuelven a traerme preguntas que no puedo responder con valentía. Me escondo, me alejo. Necesito trazar un nuevo plan para que no me descubran. Si fuera descubierta mi farsa podría perderlo todo, y no puedo perder ahora que tengo tanta hermosura alrededor.
Yo sé que engañé a la muerte y le hice creer que era de las buenas. Me robé las herramientas de alguien más, acercándome lo suficiente como aprender los oficios. Pero realmente no sé hacer nada más que amar y bailar; siempre quisiera estar con menos personas de las que estoy y hablar mucho menos de lo que hablo. Pero tengo que seguir con el show para que no noten nada raro.

Hace unos días, un avión me alejó de casa y me llevó a un lugar increíble. El lujo, la comodidad, la cultura y los contrastes son maravillosos. Aún así, si pudiera elegir, me quedaría en el cascarón. Pero no elijo, porque sé que la vida real es como el Instagram, si no aparecés de vez en cuando, te aplica un shadowban y te da de baja, y cuando quieras aparecer, ya no serás relevante para nadie.

Cada vez abro más los ojos y veo más. Cada vez estoy menos ciega. Y créanme, lo que veo no me gusta nada. Pero juego el juego igual, con las reglas que me permito inventar y aparentando estar del lado de los ganadores.

Hoy me siento cansada, le digo a las voces que se retiren, que no quiero charlar. No se retiran, esperan. Detrás de una cortina dorada en un hotel de Bangkok, juegan a estar ocupadas calificando la calidad de la alfombra mientras mi cuerpo inerte mira la pantalla del celular. Pero la culpa está al acecho, esperando que llegue una noticia de casa, o algún dato sin importancia que a mí me pare el corazón. Así que aquí estoy, mirando de reojo mi vida, pensando en lo que es, lo que fue, lo que será. Añorando mi antigua versión e intentando destronar ese vicio de darle más importancia al mensaje que no llegó que a los 20 mensajes que sí te mandaron. Siempre el vaso medio vacío, la pena por lo que pudo haber sido, el miedo de no ser suficiente o de no saber si hice algo mal.

En tantos lugares me siento insignificante. Pero eso no me pasa acá. Este blog es mi reinado y mi lugar seguro. Acá dicto las leyes y tengo 4 o 5 que me leen asintiendo en silencio, en las sombras. Aquí siempre es de noche, nos reconocemos sin mirarnos, no nos aprovechamos de la deformidad ajena. Siempre, lo que más me conmueve, es la bondad humana, porque sé que no abunda y cuando la encuentro necesito quedarme ahí adentro, en ese abrazo calentito de humanidad donde no importa qué tan distinto sea el otro. Por eso vine acá, a las letras. Mientras el teclado imprime en la hoja blanca, voy saltando como una diminuta persona entre letra y letra, evitando los abismos del vacío y acunándome en las formas redondeadas de cada una. Acá me quedo dormida un rato, soñando que al despertarme, los seres humanos me traten con cuidado, como si tuviera los huesitos de cristal y pudiera romperme, porque en definitiva tengo un traje de acero, pero adentro…

ya me rompí.