Disculpa mis actos de hampón.

La idea es madrugar mucho mañana, tomar un café, irme a Ezeiza y  empezar a trabajar un rato. Cuando estemos bien, bien arriba, espero verte. Deberías estar, es tu cumpleaños y subo especialmente a saludarte, a contarte cómo me va y preguntarte como es allá.

La última vez que te visité, no había sido mamá todavía. Tampoco me había mudado a tu casa ni había pasado todo lo que pasó que no te podés ni imaginar. Es un vuelo de 12 horas, no sé si me va a dar tiempo de resumirte los últimos 10 años. Fueron intensos, creeme.

No sé que hubiera sido de todo si hubieras estado acá, por momentos me dan muchas ganas, por momentos me da un miedo terrible. Quizás ni una sola cosa se hubiera concretado si hubieras merodeado los alrededores.

Aunque quién sabe ahora mismo los estés merodeando, y mirá.

Felíz cumpleaños. Llevo torta.

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Te nombré por un Pino

Pinche

 

Cuando la muerte visita, no entra despacio de noche y simplemente se lleva lo que vino a buscar como un ladrón minucioso, dejando todo en su lugar. Cuando la muerte entra a casa, va rompiendo los adornos y tajeando sillones, da vuelta los estantes y los cajones, para que cuando te despiertes con las uñas negras a la mañana siguiente, te acuerdes, lo veas, te quede bien claro quién pasó por ahí. Con los fantasmas gritándome “te lo dije” mientras ordeno lo que la muerte me dejó, miro mi pulgar derecho, que 6 días después recupera su color normal mientras que la que me clavó dientes y garras cuando intentaba defenderla, ya no se sienta en la mochila de mi inodoro mirando el amanecer. Me molestaban sus patitas sucias marcando los sanitarios, la bañera y la bacha. Me molestaba servirme agua fresca para la noche y que ella prefiriera ese vaso a los 25 recipientes de agua que le dejaba por la casa. Cuando sos imbécil, te molestan las cosas que más vas a extrañar cuando ya no estén.

Me ahorraré escribir y describir los detalles del horroroso ataque que no podré olvidar jamás. Solo diré que todas mis pesadillas se hicieron realidad y que ninguna palabra ni pensamiento me podrá consolar jamás. Esto no estaba escrito, esto no debía pasar. Las enseñanzas no sirven, no interesan, no deberían existir. Si la moraleja es que tengo que dejar de rescatar animales, si el mensaje es que de una vez tengo que parar esta estupidez, lo aceptaré. Si lo que toca es mirar para otro lado como hacen los demás, yo sé que puedo transformarme en esa persona. Que rescaten los otros. Que luchen los otros. Yo ya no puedo más.

Si la enseñanza es que me equivoqué feo esta vez, está aprendido. Mi fantasmita marmolada me lo recuerda cada noche fría, en cada árbol que amaba y ahora detesto porque estaban ahí para salvar su vida pero no estuvieron en el lugar correcto. Así como yo tampoco estuve. Imposible no reprocharse, imposible no culparse. La muerte solo la entiende aquel que la tuvo de frente, y yo ya quiero tenerla lejos.

Sentada bajo la pérgola, es el árbitro de este partido entre nosotros y ellos, los que bucean el patio delantero de casa. Ya son más que nosotros, ya nos superan en número y tragedia. Ese lugar, que muchos pensarían tétrico, es mi iglesia. El sol pega diferente ahí, como si acunara para siempre entre sus rayos tímidos de invierno lo que queda de los cuerpos de los seres con los más suaves pelajes, aquellos que me amaron mucho más de lo que merecí.

Tengo un consejo, quizás lo mejor sea no tomarlo porque en este momento entré en una madriguera que solo cae y cae, pero lo voy a dar igual.

Cuando la muerte se acerque por tu camino, corré. Corré rápido y fuerte. Meté a tus gatos en la mochila, ponele la correa a tus perros para que no se distraigan, alzá a tu hijos y agarrá fuerte la mano de la persona que amás, subí a tu mamá y a tu papá al auto, pasá antes por tus abuelos y decile a tus hermanos que te sigan sin retrasarse, avísale a tus amigos que se apuren que los ves allá, y alejate bien rápido. Que no te agarre, que no te agarre desprevenido. Que no te alcance la muerte.  Es demasiado preciosa esta simulación en la que tu gatita toma agua de tu vaso nocturno mientras vos te reís y lo tapás con la mano, es demasiado surrealista llamar al 361 y que la voz de tu abuela te atienda cantando, es demasiado privilegio el sabor de la comida de tu mamá y el olorcito de su pelo. Es muchísimo que tus perros te miren entendiendo cada molécula de tu cuerpo, que te elijan, que se queden, que te honren con su espíritu sabio y perfecto.

Es demasiado hermoso todo lo que pasa mientras estamos ocupados en que no nos tomen el agua. Así que recuerden esto que les digo mientras me meto en el pozo por tiempo indefinido, si la ven venir por el camino, abracen fuerte y corran. Que no los alcance, porque una vez que te alcanza, no sabés que hacer con los cajones dados vuelta y los sillones tajeados, pero sobre todo, no sabés que hacer con el agua en la mesa de luz, porque te levantas a la mañana,  y sigue ahí.

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Bangkok Files

Transformarme nuevamente en un blog que nadie lee tiene su magia: otra vez escribo para mí desde el anonimato, ya no hay nadie a quien seducir. Cuando uno empieza a escribir para otros, hay una parte de la autenticidad que se pierde. Entra en juego la necesidad de agradar y de que te acepten y se pierde la voz propia, la que no pretende esforzarse por pertenecer.

La enfermedad por pertenecer nos contagió como un virus. Se esparció entre jóvenes y viejos sin que pudiéramos vacunarnos a tiempo y debo decir que, para las masas, es posible que sea demasiado tarde. De vez en cuanto aparece un friki sin redes sociales, uno que no mira el teléfono en 6 horas y no se entera de lo que está pasando afuera de su puerta. Bueno, déjenme decirles que esos son los que están a salvo.

Yo no lo estoy. Mis inseguridades se han acrecentado con la madurez. Contrariamente a lo que esperaba, los años me han traído más dudas que certezas y mi falsa seguridad atraviesa los umbrales dejando en las sombras a una persona auténticamente rota. Lamento comunicarles que jamás pude arreglarme. Lo intenté sí, lo sigo intentando! Pero lo que ven no es sino una máscara que todos los días intenta pelear la vida que me estaba esperando, esa vida rota que se supone que me tocaba vivir. No lo acepté, no. Decidí pelearla, con miedo, pero pelearla. Estoy rota pero no soy cobarde, y mi valentía me hace entrar temblando a todos lados, disfrazada de valiente.
Ocupo todas mis horas y todos mis días con una agenda llena de trabajos, pendientes, personas. El único motivo es que cuando me abraza el silencio, las voces crueles vuelven a traerme preguntas que no puedo responder con valentía. Me escondo, me alejo. Necesito trazar un nuevo plan para que no me descubran. Si fuera descubierta mi farsa podría perderlo todo, y no puedo perder ahora que tengo tanta hermosura alrededor.
Yo sé que engañé a la muerte y le hice creer que era de las buenas. Me robé las herramientas de alguien más, acercándome lo suficiente como aprender los oficios. Pero realmente no sé hacer nada más que amar y bailar; siempre quisiera estar con menos personas de las que estoy y hablar mucho menos de lo que hablo. Pero tengo que seguir con el show para que no noten nada raro.

Hace unos días, un avión me alejó de casa y me llevó a un lugar increíble. El lujo, la comodidad, la cultura y los contrastes son maravillosos. Aún así, si pudiera elegir, me quedaría en el cascarón. Pero no elijo, porque sé que la vida real es como el Instagram, si no aparecés de vez en cuando, te aplica un shadowban y te da de baja, y cuando quieras aparecer, ya no serás relevante para nadie.

Cada vez abro más los ojos y veo más. Cada vez estoy menos ciega. Y créanme, lo que veo no me gusta nada. Pero juego el juego igual, con las reglas que me permito inventar y aparentando estar del lado de los ganadores.

Hoy me siento cansada, le digo a las voces que se retiren, que no quiero charlar. No se retiran, esperan. Detrás de una cortina dorada en un hotel de Bangkok, juegan a estar ocupadas calificando la calidad de la alfombra mientras mi cuerpo inerte mira la pantalla del celular. Pero la culpa está al acecho, esperando que llegue una noticia de casa, o algún dato sin importancia que a mí me pare el corazón. Así que aquí estoy, mirando de reojo mi vida, pensando en lo que es, lo que fue, lo que será. Añorando mi antigua versión e intentando destronar ese vicio de darle más importancia al mensaje que no llegó que a los 20 mensajes que sí te mandaron. Siempre el vaso medio vacío, la pena por lo que pudo haber sido, el miedo de no ser suficiente o de no saber si hice algo mal.

En tantos lugares me siento insignificante. Pero eso no me pasa acá. Este blog es mi reinado y mi lugar seguro. Acá dicto las leyes y tengo 4 o 5 que me leen asintiendo en silencio, en las sombras. Aquí siempre es de noche, nos reconocemos sin mirarnos, no nos aprovechamos de la deformidad ajena. Siempre, lo que más me conmueve, es la bondad humana, porque sé que no abunda y cuando la encuentro necesito quedarme ahí adentro, en ese abrazo calentito de humanidad donde no importa qué tan distinto sea el otro. Por eso vine acá, a las letras. Mientras el teclado imprime en la hoja blanca, voy saltando como una diminuta persona entre letra y letra, evitando los abismos del vacío y acunándome en las formas redondeadas de cada una. Acá me quedo dormida un rato, soñando que al despertarme, los seres humanos me traten con cuidado, como si tuviera los huesitos de cristal y pudiera romperme, porque en definitiva tengo un traje de acero, pero adentro…

ya me rompí.

 

 

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Los inflables pinchados

Mi estación favorita: el fin del verano, principio de otoño. Los días cálidos pero no calurosos, las noches frescas, algunos cielos grises que anticipan que necesitamos organizarnos y empezar a pensar en el invierno. La luz entra distinta por la ventana, las sombras largas y transversales. Dormimos más a la mañana y nos acostamos antes por la noche. Empieza el fuego adentro y regresa la lana, regresan las mantas.

Mi ruido mental disminuye como las golondrinas. Algún pensamiento emigra hacia un lugar que desconozco y por suerte, tarda en volver. No los extraño, tengo de sobra. Mis licencias para el descanso golpean la puerta y me apaciguo, las recibo en medias gordas y pelos en la ropa. Me vuelvo más cafetera, dulcera, guisera. Me sacan a bailar sobretodos grandes que me envuelven hasta el piso mientras acaricio con las puntas de los dedos su relieve de bolitas de mala calidad. Vuelvo a ser yo, me encuentro. Mis malhumores disminuyen un 43%. Escucho otra música, sonidos suaves y antiguos rodean los panes y el fuego. Se cortan las visitas, nadie quiere ir al campo con frío. Nos encontramos con los silencios cara a cara y como todos los años, me propongo no pelearlos, dejarlos ser.

Se acerca mi sexto año en el paraíso. Aún no logro descubrir si siempre lo supe, si estaba escrito, o si en el volantazo de la pandemia me lo encontré como el bosque que te recibe después de un choque. Siento que entré descalza y con frío a un lugar que tenía ese olor ajeno que jamás pensas que pueda volverse propio. Pero sucede. Y se vuelve mágico poder predecir vientos y atardeceres, convivir con la incomodidad y el miedo como parte de la vida y no como algo que uno debiera estar evitando. Esa búsqueda del placer constante, esa persecución a la perfección. Como si solo nos mereciéramos cosas increíbles por derecho propio.

Todo lo demás también existe, también está aquí. También nos va a tocar, de vez en cuando, aprender alguna cosita.

 

Las ventanas abiertas a las 8 de la noche me entregan un cielo oscurecido que se despide de algunos naranjas y rosados, allá a lo lejos. Quedan abiertas un rato largo y siento frío pero no me abrigo. Camino afuera y me siento a despedir el día mientras algunas gotas de una nube insolente me caen en la cara. Nos me levanto. No me seco. La nube desaparece. Cierro los ojos ante la inmensidad que está afuera, que aunque no lo crean es más pequeña que la que está adentro. Aguanto el frío y las gotas unos momentos, porque algo me quieren decir. Así como aguanto los dolores de cabeza, que traen mensajes que la medicación destruye.

Me quedo quieta. Mi inmovilidad me permite ver con los ojos cerrados, que el momento es ahora. Que estoy transitando un eterno hoy y que tengo la lucidez de poder verlo. Pronto vendrán los días cortos y el frío con escarcha. Pronto tendré que esconderme. Mientras tanto, se acerca la mejor estación del año y el verano junta sus ojotas espantosas y sus inflables pinchados para retirarse por la puerta trasera con sus canciones horrorosas y toda la espuma social. Sonrío ante la llegada de las posibilidades, las buenas, las malas, las terribles. Ayer mi hijo rompió un vaso que contenía agua y no se cortó. No lo retamos, nos pusimos a juntar vidrios y a secar el agua mientras él nos aclaraba que menos mal que no le pasó nada y que qué suerte que estaba bien, que todos estamos bien.

Y mientras pasaba el lampazo lo miré a los ojos y como si alguien le estuviera dictando la mejor frase que dijo en su vida me dijo: “Lo más importante de la vida, es la vida”.

6 años tiene.