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Un día me crecerán alas.

Ph Fernanda Fernández <3

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Voy a tomarme un minuto más, Juliet. Dame sólo un momento más, dije.

Mi closet está demasiado lleno de plantas, me abrí camino a machetazos desde la puerta hasta donde cuelgan las perchas “hace tanto que no vuelo que ni siquiera llegué a estrenar el nuevo uniforme”.

Hace mucho que no volas, que no escribís, que no llorás de verdad. Dijo. Qué es llorar de verdad? Pregunté. De verdad es como hacías allá, en el distrito 12. Contestó. Es culpa de las plantas, agregó ofendido.

Me reí apenas. Puede que tenga razón, las plantas han tenido el efecto que supo tener el avión, el que supo tener el amor. Las plantas lograron que saliera de la cueva. De pronto, clorofila, de pronto fotosíntesis, de pronto semillas.

Pero no son suficiente. Nunca nada lo es.

Hoy es el día de abandonar barcos, las niñitas siguen apareciendo muertas en los descampados, en la calle la gente se detesta, los galgos siguen corriendo con los huesos partidos, la gente amada se enferma y los bebés… los bebés parecen no querer tenerme de madre.

 

Un día, me crecerán alas, y todo esto va a parecer una gilada.

Mientras tanto, bienvenidos al distrito 13.

 

 

 

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Otro post de azafatas

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Una vez cada 3 meses, alguno de los diarios más leídos en Argentina saca una nota titulada “Las cosas que las azafatas odian de los pasajeros” , “Secretos de vuelo jamás contados por azafatas” o alguna verga así.

Harta estoy de esas notas, ustedes no? No pareciera, ya que el diario tiene récord de visitas online y de comentarios de gente a favor o en contra de las idioteces que se comparten como si fueran la gran novedad.

Este blog está por cumplir su décimo año. 10 AÑOS. 10 putos años escribiendo desde el avión. No siempre acerca de aviones, gracias al cielo, y no siempre desde el mismo punto de vista.

Hemos cambiado. Hemos cambiado tanto que casi nos cuesta reconocernos; nos enojamos. Yo me enojo conmigo misma, con mi versión pasada, con mi versión actual. Cuándo va a terminar esta pavada? “Nunca” parece responder el cielo. Jamás dejaremos de cambiar. Si hace dos años opiné acerca de un tema, el año pasado lo refuté con una teoría interesantísima que este año me paso por la raya del culo. El año que viene, quién sabe qué pasará; solo pido tener la decencia y la humildad de entender que mi punto de vista del pasado no tenía por qué estar errado, simplemente no tenía toda la información y la experiencia para pensar como pienso hoy. De esa manera, siendo tolerante con uno mismo, se ensaya, al menos levemente, la tolerancia hacia los demás.

En estos 10 años muchas veces intenté contar esos secretos de azafatas que nadie te contaba, pero no desde el título sensacionalista que consiga 10 mil entradas en una semana sino desde un altillo oscuro y perturbador, un lugar al que entras buscando algo diferente, algo que no es ni mejor ni peor que lo que hay afuera, pero que es distinto, y que no está en ningún otro lugar. En ese altillo nos hemos reunido como una logia descerebrada, hipóxica y reflexiva, siendo piadosos con nosotros mismos, los pobrecitos afiliados a la Religión del Avión.

Qué secretos puedo contarles hoy que ya no sepan? Que levantamos la pinza que se cae al piso y la volvemos a meter a la hielera? Ya lo saben. Que armamos la panera con las manos? Ya lo saben. Que pasamos las bebidas de una botella a la otra por el pico? Ya lo saben! Qué más quieren saber? Acaso importa? Chicos, a ver, piensen. Piensen en el pan por ejemplo. Un panadero se levantó a las 3 de la mañana, se rascó la pija, los huevos, se comió 15 mocos, habló por celular, tocó plata, al perro, al gato, al canario y después amasó el pan. El pan fue al horno, después se enfrió. Los de la panadería lo separaron en mignoncitos o franceses  y los pusieron en bateas, en bolsas, en cajas. Después vino un chaboncito en bici con una canasta de mimbre, agarraron el pan y lo tocaron todos. El chaboncito manejó la bici por toda capital con la canasta tapada con una toalla mugrienta mientras todas las bacterias y poluciones de la ciudad atravesaban el pan. Llegó al restaurante, dejó el pan (con las manos) en la cocina. Los cocineros, mozos, ayudantes, lo pusieron en otro lugar. Después armaron las paneras y lo dejaron con un quesito arriba de una mesa de un comensal. Se comió un solo pan y se retiró la panera. Lo que quedó de esa panera se seleccionó y volvió a la canasta común. Ahí te llega a vos. El restaurante es de esos en los que tenes que dejar de propina lo que paga Tinelli de expensas, vos untas el quesito, te comes el pan y decís ay que rico pan la concha de todo. Ese pan tiene más gérmenes que pasarle la lengua al inodoro del Sierra Juliet, pero vos no tenés idea. O sea, resumen: no nos hagamos los finos.

Esos no son secretos. Secretos son otros. Secretos no son las demoras y cancelaciones, secretos no son los vencimientos de la tripulaciones, qué comemos en vuelo, dónde dormimos o a cuántas tripulantes en un día ninguneó el capitán. Secreto es otra cosa.

Se puede ser tripulante toda la vida? Se puede regalar los mejores años de lucidez y bienestar físico a un medio que te va a destrozar? Se puede tener hijos, amarlos y dejarlos una o dos veces por semana al cuidado de una nena babysitter que se la va a pasar mandando fotitos por wasap mientras tus hijos se aburren, juegan solos o no pueden dormir? Se puede priorizar el tiempo a la plata? Se puede hacer alguna otra cosa después de haber trabajado en un avión?

El folclore de los aeropuertos es cocaína. Te cuelga una credencial del cuello, tu uniforme y vos logran lo imposible. Atravesas la cinta de rayos de la policía con tijeras, pinzas, y un compás que nadie entiende para qué llevas a Bariloche. Caminas por la plataforma sorteando aviones, sacas fotos desde ángulos imposibles, pedís permiso para subir a uno de Lufthansa, a un 380 de Emirates, a un KLM, nada más que porque querés conocer. Los pilotos te saludan, los tripulantes te hacen un té, te regalan las cartillas de emergencia, las mantas, todas esas cosas que son ilegales y que están mal vistas, son un mundo cotidiano y cómodo para vos. Haces espera en la parte de atrás de los aeropuertos, catering te trae comida de otras empresas, viajas en el cockpit  de cualquier aerolínea cuando te vas de vacaciones, si no hay lugares libres te llevan en las camas de descanso de los tripulantes, te quedas parado en el galley hablando de cosas de aviones en cualquier vuelo, de cualquier empresa, en cualquier parte del mundo. La cocaína del tripulante, las hermosas costumbres que jamás podrás dejar.

Ponele que yo mañana renuncio, me canso de todo, me reviro y le mando un mail a algún jefe diciéndole que muchas gracias pero que les devuelvo sus várices y que quiero mi humanidad de vuelta. Acto seguido me dedico a lo que estudié, me pongo un estudio de paisajismo, empiezo a trabajar a destajo, triplico el sueldo del tripulante, me pongo un refugio de perros, un vivero, un santuario de animales grandes y adopto 4 bebés. Mi vida es perfecta. Un día, agarro la Lugones, vengo escuchando Callejeros, y antes de llegar a la bajada de Sarmiento, miro a la izquierda. En la plataforma descansa la pandilla brava, los nuevos, los contrincantes, las low cost, los camiones de combustible cruzan las calles, las camionetas de empresa, los micros de intercargo… y en la cabecera, el Sierra Juliet está próximo a partir. Ahí nomás se me nubla la vista, las pulsaciones se me van a 200, el corazón se me achicharra como en un horno de pan, empiezo a descompensarme, pierdo el control del auto, me desmayo y se va todo al carajo, con un ojo abierto mirando el cielo, me cruza por encima la panza con el cucurucho del BSJ en un rasante, diciéndome “Pelotuda para qué te fuiste?” mientras con dos lágrimas recuerdo que en ese mismo momento, los tripulantes están volviendo a cruzar la pierna y hablando de alguna trivialidad mientras esperan que se apaguen los cinturones para ponerse a preparar café. Suspiro mientras me levanto en la cuneta de Lugones, llamo a la grúa y al seguro, espero que me den destrucción total, me hago unas placas de cuello y le pido a alguien que vaya a darle de comer a los caballos, porque no voy a llegar.

 

Hay vida después del avión?

Hay vida sin resentimiento, sin envidia ni celos? Hay vida de la buena, de la linda, de la que uno espera… después de haber dejado la droga más linda, peligrosa y triste que se puede probar?

Ese creo que es el verdadero secreto. Quién considera esto un trabajo del que cree que va a salir inmune y quién sabe que el avión lo destrozará, de una manera u otra, inexorablemente, tome la decisión que tome.

He dejado de hablar con los aviones. Tuve que crecer. De pronto había un montón de otras voces que no estaba escuchando y que gritaban más fuerte que el metal. Mi gran cambio ocurrió ante sus propios ojos, de manera sorpresiva y accidental; y cuando me di cuenta, había todo un universo que estaba en blanco y negro y que de golpe se había vuelto de color. El cambio fue tan grande que la vida en el avión empezó a hacerse a veces molesta, a veces pesada, a veces demasiado cuestionada.

Las ganas de luchar por un mundo distinto se hicieron tan presentes, tan gigantes, que a veces cuando un señor me devuelve una almohada porque cree que ya fue usada a pesar de que venga en una funda cerrada de plástico, me dan ganas de preguntarle “Really?” Sin embargo, levanto su queja y la transmito. Todo un operativo se monta en torno a la limpieza de fundas de almohadas, del proveedor de plásticos que asegura que esas prendas fueron envasadas y no volvieron a tener contacto humano hasta la llegada al avión. Se audita al que hace el transporte y acomodación de almohadas y se le envían kilómetros gratis al pasajero en compensación, 3 personas pierden su trabajo, se generan plásticos más gruesos que soporten el traslado y yo, que tuve la almohada en la mano y la inspeccioné verificando que la misma no tenía absolutamente ninguna mancha ni olor, me siento desdichada. En qué momento el avión dejó de ser un milagro de transporte, en el que se puede viajar a velocidades increíbles, con comodidades como asientos acolchados, mantas, películas, baños y comida… en una mamada de verga hacia personas que no tienen nada mejor que hacer más que intentar disminuir constantemente a personas que considera que están por debajo de sí en la escala humana. Me da pena, porque de verdad, cómo no nos damos cuenta que en la escala humana estamos todos igual de mal ubicados ya que somos una manga de pringados de mierda. Nadie agradece, nadie es capaz de ver la vida privilegiada que tiene, todos piden más y mejor, todos quieren ahora y como sea, pero nadie está dispuesto a mirar un poquito lo que pasa alrededor. Ahí tienen otro secreto, la falta de empatía por el otro no es algo de los pasajeros o de los tripulantes, la falta de empatía es humana, y es tan desagradable que opaca la buena acción que puedan tener los 4 0 5 pelotudos que están llevándole caldito a la gente en las recorridas por el frío, los que se cortan el pelo por el cáncer, los que protegen perros, los que plantan árboles nativos en las plazas  y los que donan los órganos para trasplantes. Las buenas acciones se desvanecen.

Somos esa gente de mierda que le comenta en redes sociales a otra gente que no conoce que debería matarse por gordo, feo, puto y fracasado. Qué manera de perder la fe en la humanidad cada vez que leo los comentarios de las notas del diario, qué ganas de que no sigan naciendo más bebés y que nos extingamos de una vez por mierdas humanas. Pero bueno, como no nos vamos a extinguir, y los bebés van a seguir naciendo, los aviones despegando, los panes siendo toqueteados por personas y las cuentas llegando a casa… sigo trabajando.

Si me cruzan en el avión, vénganse al galley que les hago un tecito y charlamos, que últimamente estoy hecha un encanto.

Yours sincerely,

V.

 

Capítulo 1

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Lo único que tuve en claro toda mi vida era que quería ser azafata. Desde la primera vez que vi pájaros en el cielo, desde la primera vez que bailé, desde mis primeras vacaciones, desde que murió mi abuela, desde que tengo uso de razón. Cada paso que daba hacia la vida adulta, era un minuto menos hacia mi destino. Con felicidad terminé el colegio, empecé el curso y obtuve mi licencia. Supe desde siempre que conseguir el trabajo no iba a resultar fácil, había que tener las medidas, la altura, la sonrisa… pero ensayé día y noche, practiqué peinados y me moldeé entera hasta encajar en la estética de las chicas que veía en las películas, en los aeropuertos, en los aviones. Mientras tanto, trabajé de lo que iba apareciendo, bares, restaurantes, locales diversos. Ahorré, me mudé sola, viajé un poco; conocí el mundo que estaba segura sería mi nuevo hogar. Me enamoré, tanto que pensé que quizás mi destino era seguir los pasos de mi amado y dejar atrás un sueño casi imposible. Qué probabilidades había de que una chica como yo se transformara en una de ellas? 4 años después del primer beso, aquél que juró envejecer a mi lado, se escapaba a escondidas a besar a quién sabe quién. Decidí no llorar más que dos días, guardé mis cosas y me fui. Le dejé una nota escueta saludándolo hasta nunca. Dejé mi trabajo, me subí a un avión y viajé una vez más. Con los pies en la arena, me albergó un hotel que me dio cama, techo y comida al mismo tiempo. Cuando terminaba mis turnos, dormía en una habitación de staff en la que no había mucho tiempo ni para pensar ni para dormir. Se armó un grupo humano de una calidad que desconocía hasta ese momento. Todos parecíamos tener ese perfil de pingüino empetrolado que tanto me gusta a mí. Leche de almendras, hamburguesas de quinoa y calentamiento global después, nos volvimos inseparables. Mañanas de trabajo, atardeceres de playa, noches de juerga. De pronto la vida parecía ser otra cosa, de pronto… qué era lo importante?

Chloe tenía apenas unos años más que yo, tenía el pelo larguísimo, ondulado y un poco claro. Siempre parecía estar fumada, aunque jamás la veía fumar. Era como si su cabeza estuviera siempre en otro plano. No era nada tonta, pero jamás parecía estar escuchándote. Alguna que otra vez me sorprendió dándome una devolución de lo que yo había dicho días atrás, cuando no sabía ni siquiera que ella estaba ahí. Chloe viajaba con Duca, una flaca irreverente a la que todo parecía importarle muy poco, con una acidez siempre dispuesta y una mirada crítica con la que nos bañaba a todos aunque ya estuviéramos bañados. Duca andaba a los besos con el potro del grupo, un pibe al que le decían el Chapa, que le gustaba a todas menos a mí, porque yo con los pibes siempre fui menos mainstream. Después venían 3 amigos que se conocían hace años, y venían viajando desde que yo terminé la secundaria más o menos. Por momentos me parecían bastante pelotudos, pero eran buenas personas, y si no se pasaban, eran divertidos. Thiago, un casi ángel; Mati, un ex rugbier y el Nene, el único que parecía no salido de la tapa de la revista caras, familia de camioneros, brazo de camionero, humor de camionero. Completaban el staff, María, la rosarina perfecta, y Nana y Acer, dos hermanos que hablaban poco.

Después estaba yo, que todavía en esa época no sabía en el quilombo en el que me estaba metiendo.

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Yo creo y con eso basta.

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Me he pronunciado en contra de la explotación de animales. Me he pronunciado a favor del proteccionismo y el cuidado de las cruelmente llamadas mascotas, seres que considero familia. Me he pronunciado en contra de la matanza de cualquier animal con fines de diversión, entretenimiento, consumo y mejora de calidad de vida. Me he pronunciado a favor del consumo responsable y consciente de elementos que dañen la ecología y la capa de ozono.

Me he pronunciado a favor de la mujer. Me he levantado de mi silla todas las veces que un grupo humano haya denigrado, disminuido, agredido y conspirado contra una mujer. Me he pronunciado a favor de la igualdad de género, de quitarle al hombre la mochila de presión con la que lo han criado, de quitarle a la mujer todos los atributos negativos con los que la han vestido desde que decidió abrir la boca.

Me he pronunciado a favor del auto conocimiento, de la libertad, de las drogas, de la exploración, de los viajes, de los libros, de los perros, de las plantas, de la música, los gatos, los amigos y el té verde. Me he pronunciado a favor de la desfachatez y de la mala palabra. A favor de las historias, de los cuentos, del delirio de la poesía.

Soy azafata, una profesión que arrancó siendo indispensable en un avión por cuestiones de seguridad y que hoy es impensable no concebir como funcional al servicio, muy por debajo del rol de seguridad.

Nos han puesto trajecitos, vestiditos, polleritas, sombreritos, velos, tacos altos, bajos, de colores, medias claras, oscuras, carteras grandes, bolsitos, guantes, pañuelitos. Nos han vestido de Barbie pelotuda durante décadas y lo hemos permitido, por qué?  Porque es nuestro show bussiness. Nadie quiere azafatas feas, gordas, viejas, resfriadas, despeinadas, nerviosas, con hijos, con problemas, con canas, con uñas con tierra, con pelos de gato en las medias. Queremos a nuestras azafatas prolijas, divinas, sonrientes e irreales. Las queremos como queremos a nuestras mujeres; solícitas, expeditivas, hermosas y calladas. Las azafatas somos una maldita muestra demográfica de lo que somos socialmente. Los pasajeros se sienten estafados cuando las azafatas son feas. Cuando se suben y las chicas rajan el piso, el vuelo es mucho mejor. No hace falta que lo nieguen y me digan que no, yo estoy ahí cuando lo dicen, yo los escucho hablar, los escucho pensar. Les encantaría que al cumplir 35 años desapareciéramos de la faz de la tierra así como quieren que desaparezcamos una vez que les dimos la comida, la bebida y les retiramos la bandeja. No nos quieren ver diciendo dónde no se pueden apoyar los pies, cuándo hay que guardar el bolso y en qué momento hay que apagar el celular. Pero quieren tocar el timbre y tenernos bellas, perfumadas y bien predispuestas para cualquier requerimiento insólito que pudieran ustedes tener.

Romper estereotipos parece imposible. Las empresas nos mandan a taparnos tatuajes, cortarnos el pelo, pintar nuestras uñas y tenerlas del largo reglamentario. En la uniformidad, se busca una identidad. Todas debemos ser iguales; tanto que muchas veces voy por el pasillo y me gritan “Y?? TUVISTE ALGUNA NOVEDAD??!!” confundiéndome con una compañera que sí tuvo alguna novedad pero no está en el pasillo en ese momento, y que lo único que tiene de parecido a mí es un juanete doloroso.

Romper estereotipos, ponerse de pie, pronunciarse.

Ser azafata con kilos extra en la barriga, ser azafata con problemas familiares, con granos, con algún piojo contagiado por un sobrino, con tres pelos duros en el mentón, con miedos, con mambos, con pocas ganas de sonreír. Ser azafata con turba, resaca, humus y perlita bajo las uñas. Ser azafata con días tristes, con días de menstruación olorosa y dolorosa, con días de constipación, meteorismo y mal aliento.

Me pronuncio a favor de la reivindicación de un trabajo concebido para la seguridad, en el que el foco esté puesto en los procesos, en la correcta ejecución de procedimientos con el fin de generar vuelos seguros y agradables. Me pronuncio en contra de que el grado de aceptación de un vuelo dependa de que yo haya tenido tiempo o no de depilarme el bigote. Me pronuncio a favor de la libertad en todos los ámbitos, del respeto hacia las personas, y hoy más que nunca, de romper el estereotipo de que todas las azafatas deben ser tal cuál las imaginaste en tu casa.

Una vez escuché a un pasajero decir que el vuelo había sido una mierda porque todos los azafatos eran hombres. El tipo estaba decepcionado porque le vendieron un sueño y en la vidriera había otros muñecos. Es como cuando vas al zoológico y el león duerme y no se come ningún cacho de carne. Qué estafa! Yo pagué! Dónde están mis azafatas en pollerita por las que pagué!? Quienes son estas 4 maricas de mierda? Los tripulantes de cabina no necesariamente tienen que ser gays, cuando las empresas ponen el aviso en el diario, comérsela no es excluyente. “Cuáles son tus fortalezas?” “Soy muy puntual, sé inglés, francés y me la como”. No, no es así. Comérsela o no, es a gusto del consumidor. Otro estereotipo que necesitamos derribar.

A veces pienso que vivo para pronunciarme. No he logrado callarme jamás. Tanto he hablado que se han cansado amigas y novios, tanto he contado, he explicado, que la gente huye de mí. No consigo callarme, parece que mi misión en mi propia vida fuera generar teorías que solo me sirven a mí misma, pero que no dudo en compartir incluso con aquellas personas que no tienen el más mínimo interés en mi opinión. Aun así, las teorías vienen, las historias me invaden, las palabras me sacuden como un nido de mosquitos del que no puedo escapar. Finalmente me pican, y caigo moribunda al piso! He sido derrotada por una turba de pensamientos! Escuchen todos! Paren el mundo! Tengo algo más que decir antes de partir.

Soy ese borracho que está en el piso en la vereda de la esquina y que ya nadie mira, del que nadie se compadece, al que nadie teme, ya que lo único que hace todo el tiempo es estar ahí. Soy mobiliario de este mundo aeronáutico, estoy borracha en una esquina del blog, pronunciándome en contra y a favor de cosas, situaciones, personas o comportamientos, y te guste o no, así voy a seguir siendo; porque hace décadas que sueño con romper estereotipos y  callarme no es una opción.