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Irse.

(pinche)

“Tripulación puertas en manual, crosscheck y reportar”.

Terminamos nuestro vuelo, y mientras guardo mis cosas en el carry para bajar del avión y volver a casa, miro a mi compañero de galley. Está pensativo, callado, abstraído.

Encendiste el teléfono.
Te llegó un mail.
Alguien te dijo que en la aerolínea de bandera buscaban tripulantes.
Un frío te recorrió la espalda. Es la tierra prometida. El sueldo, las rutas, el crecimiento, saber que de ahí no te saca nadie más. Jamás.
Vestir los colores de la patria, pertenecer a algo más grande. El sueldo, las rutas, la estabilidad.
Tienta, tienta.
Preparaste un curriculum con tu mejor foto, tu número de legajo y tus años de experiencia adquiridos en la empresa trasandina.
Te llamaron.
Programaste la entrevista en un día libre, escondiéndote de todo y de todos, sintiendo que estabas siendo infiel.
Te pusiste el mejor traje, el mejor peinado, el mejor perfume, practicaste tu mejor inglés.
Dejaste Bouchard con la sensación de haber sido un viento huracanado, de haber dejado abiertas sus bocas, de haber plantado tus huevos en sus cerebros, de haber deslumbrado.
Sos la mejor opción. Lo saben, lo sabés.

No le contaste a nadie tu secreto, dejaste pasar los días, no dormiste por las noches, estudiaste las probabilidades y finalmente, recibiste otro mail.

Mientras te sacaban sangre, saboreabas los nuevos hoteles, las postas en dólares, el cóndor llevándote lejos, y vos allí, haciéndote viejo…
Los resultados dieron bien. Fuiste el elegido, estás listo para empezar. Solo queda que vayas al correo, pongas tu firma y te decidas a renunciar.
Después de todo, que has ganado hasta hoy?
Que te han enseñado, que te han regalado, que te han dado que te haya hecho mejor?
Mientras escucho todas esas voces en tu cabeza, todas tus preguntas, tus inquietudes, tus miedos, te digo: no lo sé mi querido, no puedo responder por vos.
Pero puedo hablar por mí.

Si, yo he tenido miedo. Si, pensé que me quedaba sin trabajo más de una vez. Si, quise un plan de carrera, y quise menos líos de gremios, y sí, quise cambiar vuelos y no pude, y quise días libres y quise estudiar y quise ir a un montón de lugares a los que no pude ir. Lo sentí injusto, lo sentí mezquino y lo sentí innecesario. Me sentí pequeña y maltratada, me sentí enfurecida y con ganas de venganza, me sentí olvidada, no tenida en cuenta, desafiada.
Pero es entonces cuando cierro los ojos y vuelvo el tiempo atrás.
Mi entrevista, el paso a paso de esa picadora de carne en la que 500 personas creímos morir. El primer día del curso, instructoras haciendo que armáramos puertas imaginarias, preguntándonos qué se debía hacer cuando escucháramos “Tripulación puertas en Automático, crosscheck y reportar” y nosotros diciendo de memoria “Bajo la palanca, saco el pin… miro círculo y flecha alineados… voy a la otra puerta….” como si supiéramos lo que estábamos diciendo aquellos que jamás habíamos visto una puerta de avión en la vida. La primera vez que toqué la palanca amarilla, que abrí una puerta de verdad, que caminé por la cabina, que tomé entre las manos un interphone. Mi primer despegue a la Ciudad de Córdoba, mi primer aterrizaje en Aeroparque, la primera foto en un galley, mi primera vez en un cockpit, sacar agua del boiler como hacían las azafatas de las películas, preguntar por primera vez café o té?
Jamás, jamás, jamás lo van a entender aquellos que no sean de la religión del avión. Jamás sentirán el cansancio de los cuatro tramos en sus venas, jamás la suave sensación del descenso, jamás la turbulencia tan salvaje que da sueño, jamás ese viento cruzado que da miedo, jamás la mirada cómplice en el carro, jamás el amor en el galley, jamás el fuego en el pecho, jamás el interés genuino por el otro, jamás la pasión por estar haciendo lo correcto, jamás, jamás, jamás el amor al metal.

He recorrido un camino hasta aquí. Lo he recorrido porque me han elegido, porque me lo he ganado y porque yo misma supe elegir.
El asunto es que no nos han enseñado a pelear sino a tirar.
Nuestra nueva sociedad descarta lo viejo, lo usado, lo cansado. Así es que todos los meses necesitamos un celular más nuevo, el último Ipad, el jean más angosto, más alto, más bajo, más como lo usen los demás. Así es que leemos lo que todos leen, así es que devolvemos el perro cuando no se comporta como queremos, así es que nos quejamos de todo aquello que es gratis, así es que si nuestro amado no es como pensamos que iba a ser le pedimos que se retire sin hacer demasiado escándalo, sin pedirnos nada a cambio, sin hacernos sentir mal.
Todo lo tiramos, lo descartamos, lo cambiamos.
No podemos comprometernos con algo que no resulte perfecto, pero no sabemos que el concepto de perfección cambia a cada minuto. No queremos firmar contratos, dar nuestra palabra, quedarnos quietos. No podemos asentarnos en un lugar que hoy no está  funcionando, sencillamente no tenemos tiempo para esperarlo. No podemos crecer con algo que no crezca a nuestro lado, con algo que no pueda evolucionar como nosotros.
Toda esta tecnología, todos estos avances… acaso ustedes creen que su mente avanza igual de rápido que todo lo demás? Y si apagamos las luces un segundo, encendemos unas velas, acariciamos a nuestros perros, respiramos el olor de nuestro hogar, en silencio, y nos damos cuenta de que nosotros también somos descartables? También pueden matarnos, borrarnos, eliminarnos, cambiarnos por un modelo mejor.
No somos el centro del mundo, no somos imprescindibles, no somos lo mejor que hay.
Pero saben qué somos? Somos únicos. Somos individualmente únicos y de la manera que hacemos nosotros las cosas, no puede hacerlas nadie más. Por qué? Porque nadie piensa como nosotros, de la misma manera, con el mismo exacto mapa cerebral. Somos una mezcla de nuestras vivencias, de nuestro pasado y el de nuestros antepasados, una mezcla de nuestras elecciones y del azar.
Nadie puede dejar la misma huella.

Yo elijo dejar mi huella aquí, elijo respirar este olor a avión, elijo mi uniforme de poliéster, elijo toda esta complicación. Y vos que vas a elegir?

Te veo respondiendo el mail, agradeciendo la oportunidad que te han dado, te veo algo triste e inseguro, te noto dudoso, pero más que nada, te noto orgulloso.
Te agradezco haberte quedado, te agradezco no tirar todos estos años, te agradezco seguir apostando.
No hay manera de hacer esto si no es todos juntos.

“Tripulación puertas en automático, crosscheck y reportar”.

LadyGagaLanaDelReyBeef
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Mis niñas y yo.

(Pinche)

He vuelto a casa.
El viaje quedó atrás y con él se fueron la playa, la música, las caminatas y la paz.
Miro mis sillones desordenados, las mantas arrugadas, los platos sin lavar, la ropa que no se seca por esta constante lluvia.
He vuelto a mis animales, mi uniforme, las postas, los aviones. He vuelto a mi análisis, a mis viejas canciones.
He vuelto a mi vida, claro. Como era de esperarse.

Abro la puerta de mi casa con una desconfianza conocida, miro todos los objetos que la conforman. Todo está exactamente igual. Con el ceño fruncido analizo cada habitación, el olor, la mugre, el caos.
Es éste mi hogar?
Es éste el lugar en el que quiero estar?
Oh por Dios, ha vuelto a empezar.

Tengo la maldita costumbre de cuestionar hasta las leyes más simples de la naturaleza.
Todo es analizado, todo debe demostrar su inocencia si quiere permanecer. Todo debe pasar pruebas, hacer esfuerzos, ganar su lugar.
Acostada en una cama que no parece mía, tomando de tazas que se sienten ajenas, mirando una tele que no comprendo bien. De piernas cruzadas bajo el escritorio que compré para terminar mi libro, miro lo que me rodea intentando reconocerlo.

Piso la plataforma a las 5 de la mañana y allí está él.
Charlie Quebec Sierra.
Buenos días, digo.
Me deja subir. Subo sus luces, abro las puertas, guardo mis cosas, lo reviso de punta a punta.
Él también desconfía de mí.
En la mitad del primer vuelo me acerco a la mesa que se esconde enfrente de mi jumpseat.
El dibujo tallado de un avión sigue ahí, como hace meses, como más de un año cuando lo descubrí. Para quienes no lo sepan, en esa mesa, una muesquita provocada quizás por un golpe, dejó la forma de un avión, una forma como esas de los nudos de los techos de madera, como la de las manchas en un papel. Ese pequeño avión, sigue ahí.
De modo que sos vos, le digo.
No responde. Continúa en silencio, atravesando los cielos, dejándome dudar.
Me paro, camino, me hago un té.

Qué le pasa a la religión del avión? pregunto bajo la work light del galley fwd.
La luz natural que entraba por las ventanitas se apaga, la cabina se oscurece, el avión corcovea un poco y se vuelca mi té. La señal de cinturones en encendida al mismo tiempo que logro agarrarme con mis dos manos a la manija de sujeción y el mamparo. Sacudón de aquellos. Lo que los inexpertos de la aviación llamarían caída libre.
Los pasajeros gritan. Mis compañeros en el galley de atrás se aseguran, el capitán me llama por el interphone.
Yo me sujeto con mis dos manos esperando una respuesta un poco más concreta.
Querido Québec Sierra, no evadas mi pregunta, no le temo a las turbulencias.
Me sacude más y más. Los pasajeros vomitan en mil colores, los baños se salen de lugar, las valijas bailan una sensation black en los overhead compartments, los niños están pálidos, las embarazadas tocan sus panzas, los viejitos hacen la señal de la cruz.
Me pongo de pie e intento llegar a mi asiento para atarme.
Pero el Quebec Sierra no va a dejarme hacerlo ésta vez. Si me suelto durante un solo segundo, probablemente mi cabeza se estrelle contra alguna parte estructural de su maldito cerebro.
Me quedo con los ojos cerrados y los puños fuertes, los pies bien apoyados, las rodillas abiertas y el estómago apretado. Pero el Quebec Sierra sigue bailando su baile de no creer, su rutina de los cielos, su ritual de poder.

Moriremos aquí y ahora?
Estallaremos en el aire?
Caeremos en donde nadie nos encuentre jamás?
Seremos presos de un plan macabro? Abducidos por ovnis? Desviados a tierras desconocidas? Seremos víctimas de otro juego político, económico, militar?
O será tan solo el cielo, sus nubes, las tormentas, los rayos… la maldita religión del avión?
Acaso estamos a punto de morir?
Entonces escucho su voz.
Por primera vez, escucho la grave voz del Charlie Quebec Sierra, suena mucho más profunda y experimentada que la del Sierra Juliet, suena más seria, más reflexiva y más segura.
“Siempre estamos a punto de morir, todo el tiempo, todos los días”
“Después de todo, qué hay de malo en morir?” retruca.
HAY DE TODO MALO EN MORIR, digo lo más fuerte que puedo decir sin que me escuchen los pasajeros de la fila 1 detrás de mi cortina impenetrable.
Me muerdo la lengua con un sacudón y casi caigo al piso, me golpeo la rodilla con un carro que está guardado, me mojo las medias con el té volcado, se me engancha el rodete en el ganchito del top y quedo con la cabeza hacia atrás como si alguien me estuviera sujetando y sometiendo.
El Charlie Quebec Sierra me está sometiendo, me está entrenando, me está sacando el miedo a morir.
Tan solo dos lágrimas me recorren la cara cuando lo escucho decir:
“Querida mía, prefiero que le tengas miedo a la muerte, antes que le tengas miedo a vivir”.
Y dicho esto la luz vuelve a entrar por las ventanas, el empedrado desaparece y volvemos a deslizarnos como si fuera algo natural. La señal de cinturones se apaga, los pasajeros suspiran, los niños lloran y aplauden y yo miro mis medias mojadas, mi maquillaje corrido, mi mueca del mal.

Somos mucho más que mujeres sirviéndoles su café. Somos mucho más que la mujer que se va de casa el fin de semana mientras la casa se llena de otras mujeres. Somos mucho más que nuestro uniforme desnudo reposando en una habitación ajena porque la señora oficial no está. Somos más que sus mucamas, sus putas, sus madres, sus hijas, sus primas, sus medios para justificar todo aquello que nos arrojan y no sabemos rechazar.
Y sí, nos ofende que nos digan las ordinarieces, las imbecilidades, las estupideces que nos dicen.
A MI ME OFENDE, Y NO POR PURITANA Y MENOS POR PELOTUDA. Me ofende que sean tan vacíos, tan básicos, tan obvios, ustedes, sus pijas, su dinero, su poder, su maldita cucharita cuando llueve, sus espermas bostezando aburridos, su regalo de aniversario, sus efímeras fotos abrazados en las vacaciones, sus favores, sus destornilladores, sus autos lujosos, sus brazos trabajados, su cena lista para servir.
Tenemos la bendición y el martirio de tener este trabajo sexista y demoledor. Jugamos sus juegos, bajamos la cabeza, callamos, permitimos, repetimos… les dejamos creer que nos han lavado la cabeza, que nos convencieron de que somos idiotas, de que manejan mejor que nosotros y nosotras lavamos mejor que ustedes; de que nosotras debemos estar depiladas y limpias y ustedes pueden estar peludos y sucios; nosotras cuidaremos de sus hijos y ustedes nos darán un cheque, el cual deberemos reclamar durante semanas mientras una señorita más joven gasta el doble del importe en un pedazo de bife jugoso en Kansas a cambio del más medieval sexo anal.
Lo siento, pido disculpas, ya no puedo ser la que fui.
No puedo mirar hacia otro lado, desproteger a mis niñas y seguir pidiendo permiso para vivir.
Mis niñas y yo hoy decimos que no.
Y no sabemos cuánto tiempo más tendremos las fuerzas, tendremos las ganas, tendremos este poder.
Así que escuche esto atentamente, mundo.
Escuchen atentos y no nos hagan repetir.
No vivimos pendientes de chupar sus pijas, lavar sus ropas, criar sus hijos, ver sus programas, reír de sus chistes, visitar sus parientes, calentar su comida, estar listas para salir, no debemos ser más flacas por ustedes, no necesitamos que nos pasen a buscar, no necesitamos sus regalos, su dinero, su falsa seguridad.
Nosotras no somos sus putas.

No somos las putas de nadie.
No, señor.

Mis niñas y yo hemos salido hoy a volar.
Nos hemos mirado a los ojos sin decirnos nada, entendiendo que nos queda mucho por enfrentar.
Hemos hecho nuestro trabajo en silencio, lo hemos respetado, lo hemos disfrutado, y estamos volviendo a casa.

Al abrir la puerta, mis sillones me reciben con su hermoso olor a hogar.
Mis animales me acarician, mi cama me invita una siesta, mis canciones me envuelven, me regalan todo lo que necesito escuchar.
Todas nosotras tenemos muchos motivos para disfrutar, muchos para reír.
Porque mis niñas y yo, no le tenemos miedo a vivir.

La piedra

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Llevo años preparándome para ésta excursión.
Todo lo que pasó, pasó para que yo evolucionara y llegara a éste lugar en el que estoy hoy.
Me adentro en el bosque con mi equipo de objetos preciosos, con la mente clara y los objetivos bien puestos. No voy a parar hasta encontrarla.
Encontrar la piedra es el único motivo que me queda para ser feliz. Sé que la voy a encontrar.
Pasé semanas dentro del bosque. Pasé miedo por las noches, se mojó mi refugio, me atacaron animales, me quedé sin provisiones.
Estoy deteriorada y cansada, estoy lastimada y desganada, afligida, desmotivada, pero no vencida.
En cuanto amanezca, voy a salir una vez más.
Encontré varias piedras con las que pude haberme confundido, pero luego de analizarlas, supe que no eran la indicada, no eran la correcta.
Estuve a punto de retirarme después de mi pelea con el último animal que me atacó. Fui desangrándome desde el río hasta la base de un árbol cuyas raíces me sirvieron para descansar. Me vendé la herida con un pedazo de tela y miré el cielo recortado por las ramas espesas.
Me refregué los ojos, tenía la frente afiebrada, transpirada y pegajosa de sangre.
Me largué a llorar. Dónde diablos está la piedra? Grité sin escuchar mi eco, grité un grito de niña pequeña, sin coraje, sin fuerza, sin determinación.
Recogí mis cosas y volví por donde había venido. Me dí por vencida y decidí volver a casa y volver a empezar. Empezar de cero.
En el camino me perdí, con los ojos llenos de lágrimas y la lluvia goteando de mi pelo, todos los caminos se veían iguales, me perdí una y otra vez hasta caer rendida en el piso.
Antes de que anocheciera, algo me despertó. Un sonido, un animal, el viento, no lo sé.
Me levanté y me puse a andar, deseando que todo terminara de una vez.
Y entonces la vi.
La piedra.
Lloré de alegría, bailé a su alrededor, le canté al cielo y a la tierra, me reí con fuerza y ganas, mis heridas parecían no ser nada.
Allí estaba la piedra.
Podría reconocerla entre cientos de ellas, podría olerla con los ojos cerrados.
Era ella, estaba ahí.
La envolví en mi camisa y la llevé hasta un bello lugar. La puse donde no le daba el sol, donde no se mojaba, donde nada la podía dañar.
Me fui al río, me bañé, me peiné, limpié mis heridas, até mi pelo, acomodé mi ropa y volví a verla.
Allí estaba ella.
Caminé directo hacia donde se encontraba mi piedra.
Cerré los ojos con la seguridad de estar haciendo lo correcto, no frené la marcha, no me acobardé ante nada, mi piedra me esperaba.

En línea recta me dirigí hasta donde estaba y en cuánto mi pie logró tocarla, volví a tropezar con ella.

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Estuve drogada en tu velorio porque vos estuviste drogado toda mi vida.

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Solo quisiera compartirles algunas cosas de la última entrada que tendrá el libro vulgar.
Pero… cómo hacerlo? Qué poner? Como no spoilear?

El libro se está terminando, falta tan poco que ya siento la nostalgia de todo aquello que tiene final.
Aún cuando conozca cómo termina, aún cuando soy yo la que lo escribo, aún cuando sé que tengo todo por delante y que ésto no es nada más que comenzar.
Este libro es el proyecto más grande que he tenido en mi vida.
Este libro es, probablemente, el único proyecto que he tenido en mi vida.
Esta noche decidí no caretearlo, no esconderlo, no tapar la rebelión de toda esta vulgaridad.
Vamos, si todos queremos decir las cosas tal cual son. Si nos morimos de ganas de dejar de fingir, de ocultar, de mentir… si nos morimos de ganas de largarnos a llorar, de gritarle a los otros, de escondernos bajo la almohada, de dejarnos amar.
Si nos morimos de ganas de amar.

Si después de todo, para lo único que se viene a este mundo es para aprender a amar.
Todo lo demás, es el relleno.

Este libro no trata de aviones, no trata de azafatas, de pilotos, de perros, de gatos, de hoteles, de caviar.
Este libro se trata de lo difícil, de lo imposible, de lo incontrolable y duro que es amar.
Habrá quienes sepan entenderlo y lo sientan, habrá quienes se queden en lo superficial.
Pero, si quieren hacer el esfuerzo, les pido que tomen con cariño al libro vulgar,
Tomándolo me tendrán en sus manos, tomándolo tendrán un pedazo de sí mismos, tomándolo habrán puesto en jaque todo aquello que no es real.
Tomándolo tendrán en sus manos un pedazo de una historia real.

Vengo de una seguidilla de eventos difíciles, mi manera de escribir cambió y tengo que esforzarme mucho para hacerlos reír. Yo sé que les gusta reír, casi puedo verlos en su casa, con el teléfono y la computadora adelante, riendo solos, o adelante de alguien que los mira como si estuvieran locos, alguien que no sabe lo que es el blog vulgar.
Casi puedo verlos y amarlos, casi puedo abrazarlos y agradecerles toda esta compañía, todo este apoyo, toda esta realidad.
Gracias por la paciencia, gracias por jugar los juegos, gracias por imaginar.
Estos últimos tiempos han sido difíciles y pasaron muchas cosas a las que me tuve que adaptar.
Tengo que aceptar que no me estuve adaptando muy bien.
La muerte es la única cosa de la vida que nos enseña lo que en realidad es la vida.
Y al ser la única cosa que no tiene remedio, nos deja un poco desprotegidos, un poco UMs, un poco solos, un poco mal.

En el momento en el que llegó la primera muerte, decidí que no me podía afectar.
Sabía que el mundo podía comerme entera, que podía tragarme cruda y sin masticar, así que decidí patearlo, no entenderlo, no pensarlo, no vivirlo y no llorar.
Decidí, simplemente, que no había pasado y que no podía pasar.
Pero, al llegar la segunda muerte, no hubo manera de escapar.
Los invisibles se hicieron presentes con cartas como las de Hogwarts, entraban por las ventanas y las chimeneas, entraban con búhos, con wrecking balls, con bombas, con los yankis diciendo que atacaban porque en realidad tratan de defender.
Y no tuve más remedio que dejarlos entrar.
Y adiós adiós a mi mundo vulgar.
Todo se tiñó de tristeza, porque la segunda muerte trajo la primera a tomar el té.
Me había recogido el pelo, había sacado el juego de tazas importado, había cambiado el mantel.
Los tres nos sentamos y tomamos en silencio, sin mirarnos, sin ladrar.
Yo tomé mi té verde sin derramar una lágrima, intentando demostrar que sabía no llorar.
Muy corteses los tres, mantuvimos la cordialidad hasta el final, pero cuando los acompañé a la puerta me temblaron las rodillas, se doblaron hacia adentro, y supe que no podría fingir más.
Nos abrazamos de una forma cálida y hermosa. Nos encontramos en un lugar donde hijos son padres, y padres son hijos, donde perros son padres y padres son perros, y los perros son hijos, y los hijos son perros. Nos abrazamos en un lugar donde todos somos los hijos, los padres y los perros de alguien.
Entonces pude llorar.
Entonces, en Enero del 2012 pude llorar, y no he parado desde entonces. No he podido parar.

Estuve drogada en tu velorio porque vos estuviste drogado toda mi vida.
Qué querés que te diga?
Que me da culpa? Pues no me da.
Bien contenta me pone haberte despedido como correspondía.
Bien contenta me pone haber sabido aprovechar tu estadía, haber aprendido tus lecciones, haberme evadido mientras podía.
Pensé que tenía que sentirme culpable por haber estado bailando mientras vos te morías, pues no.
Porque muchas veces, yo era chiquita y mientras me moría, vos bailabas y te reías.
La vida es desprolija, hoy lo sé.
Hoy lo sé, pero antes no lo sabía.
Y tengo que venirme a miles de kilómetros a este país del orto a poder aceptar en un blog cuánto te quería, cuánto me hacés falta y qué cosa no daría por verte una vez más.

Mi vida sigue.
Y ha llegado mi momento de elegir.
Lamentablemente, debido a las grandes incongruencias y los grandes traumas, debido a los faltantes, a los pilares inexistentes, a los modelos truncos y los miedos reinantes, me cuesta elegir bien.
Así que voy a hacerlo tranquila y por partes, voy a hacerlo lúcida, voy a hacerlo constante.
Voy a hacerlo sin ustedes, porque se han ido y voy a hacerlo con ustedes, porque han existido.

Pero voy a hacerlo, sin dudas, voy a hacerlo.

Gracias por haber venido hasta acá.
Estamos llegando casi al final.
Recíbanme con la mente fresca y la puerta abierta, porque conmigo traigo una fiesta, traigo las luces, traigo confetti, traigo mucho cotillón.
Recíbanme sin miedo y con ganas, porque si me dejan entrar de verdad, dejan entrar una revolución.

Me despido de ustedes hasta dentro de unos días.
Quiero que sepan que Los Angeles no tiene este nombre en vano.
Gracias, Los Angeles.

Gracias a ustedes, los de la religión del avión.