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Te nombré por un Pino

Pinche

 

Cuando la muerte visita, no entra despacio de noche y simplemente se lleva lo que vino a buscar como un ladrón minucioso, dejando todo en su lugar. Cuando la muerte entra a casa, va rompiendo los adornos y tajeando sillones, da vuelta los estantes y los cajones, para que cuando te despiertes con las uñas negras a la mañana siguiente, te acuerdes, lo veas, te quede bien claro quién pasó por ahí. Con los fantasmas gritándome “te lo dije” mientras ordeno lo que la muerte me dejó, miro mi pulgar derecho, que 6 días después recupera su color normal mientras que la que me clavó dientes y garras cuando intentaba defenderla, ya no se sienta en la mochila de mi inodoro mirando el amanecer. Me molestaban sus patitas sucias marcando los sanitarios, la bañera y la bacha. Me molestaba servirme agua fresca para la noche y que ella prefiriera ese vaso a los 25 recipientes de agua que le dejaba por la casa. Cuando sos imbécil, te molestan las cosas que más vas a extrañar cuando ya no estén.

Me ahorraré escribir y describir los detalles del horroroso ataque que no podré olvidar jamás. Solo diré que todas mis pesadillas se hicieron realidad y que ninguna palabra ni pensamiento me podrá consolar jamás. Esto no estaba escrito, esto no debía pasar. Las enseñanzas no sirven, no interesan, no deberían existir. Si la moraleja es que tengo que dejar de rescatar animales, si el mensaje es que de una vez tengo que parar esta estupidez, lo aceptaré. Si lo que toca es mirar para otro lado como hacen los demás, yo sé que puedo transformarme en esa persona. Que rescaten los otros. Que luchen los otros. Yo ya no puedo más.

Si la enseñanza es que me equivoqué feo esta vez, está aprendido. Mi fantasmita marmolada me lo recuerda cada noche fría, en cada árbol que amaba y ahora detesto porque estaban ahí para salvar su vida pero no estuvieron en el lugar correcto. Así como yo tampoco estuve. Imposible no reprocharse, imposible no culparse. La muerte solo la entiende aquel que la tuvo de frente, y yo ya quiero tenerla lejos.

Sentada bajo la pérgola, es el árbitro de este partido entre nosotros y ellos, los que bucean el patio delantero de casa. Ya son más que nosotros, ya nos superan en número y tragedia. Ese lugar, que muchos pensarían tétrico, es mi iglesia. El sol pega diferente ahí, como si acunara para siempre entre sus rayos tímidos de invierno lo que queda de los cuerpos de los seres con los más suaves pelajes, aquellos que me amaron mucho más de lo que merecí.

Tengo un consejo, quizás lo mejor sea no tomarlo porque en este momento entré en una madriguera que solo cae y cae, pero lo voy a dar igual.

Cuando la muerte se acerque por tu camino, corré. Corré rápido y fuerte. Meté a tus gatos en la mochila, ponele la correa a tus perros para que no se distraigan, alzá a tu hijos y agarrá fuerte la mano de la persona que amás, subí a tu mamá y a tu papá al auto, pasá antes por tus abuelos y decile a tus hermanos que te sigan sin retrasarse, avísale a tus amigos que se apuren que los ves allá, y alejate bien rápido. Que no te agarre, que no te agarre desprevenido. Que no te alcance la muerte.  Es demasiado preciosa esta simulación en la que tu gatita toma agua de tu vaso nocturno mientras vos te reís y lo tapás con la mano, es demasiado surrealista llamar al 361 y que la voz de tu abuela te atienda cantando, es demasiado privilegio el sabor de la comida de tu mamá y el olorcito de su pelo. Es muchísimo que tus perros te miren entendiendo cada molécula de tu cuerpo, que te elijan, que se queden, que te honren con su espíritu sabio y perfecto.

Es demasiado hermoso todo lo que pasa mientras estamos ocupados en que no nos tomen el agua. Así que recuerden esto que les digo mientras me meto en el pozo por tiempo indefinido, si la ven venir por el camino, abracen fuerte y corran. Que no los alcance, porque una vez que te alcanza, no sabés que hacer con los cajones dados vuelta y los sillones tajeados, pero sobre todo, no sabés que hacer con el agua en la mesa de luz, porque te levantas a la mañana,  y sigue ahí.