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El hombre que creyó haberme matado.

(Pinche)

Un hombre me atropelló cuando tenía 12 años.
Cruzaba la avenida Santa Fé, sola, a las 9.30 de la noche y un taxi que venía entusiasmado con la onda verde, decidió seguir de largo después de golpearme la cadera con el frente de su auto y dejarme tirada 10 metros más adelante, inconsciente y con la cabeza abierta.
No puedo recordar ni el golpe ni el semáforo ni lo que pasó antes ni después.
Lo último que recuerdo haber visto fueron los cuadros con luces de neón de un negocio en la cuadra de Alto Palermo, y luego, luces y las sombras de los médicos cosiéndome la cabeza. Recuerdo que tenía la sensación de que algo me tiraba hacia arriba y hacia atrás, como una especie de lifting incómodo.
Desperté en la cama del hospital, con un camisón blanco, mi mamá al lado y una venda en la parte alta de la cabeza.
Mareada, confundida, pero sin dolor, sin huesos rotos, sin cortes en la piel ni nada más que un moretón en la cadera y un chichón que aún permanece bajo una línea de puntos.

En algún lugar de Buenos Aires, hoy, 21 años después, hay un hombre que todavía cree haberme matado.
Pudo haber frenado, pudo haberme levantado y llevado para que alguien me atendiera. Pero eligió seguir de largo, eligió escapar, volver a su casa, esconder su taxi y llorar.
¿Le habrá contado alguna vez a su mujer la verdad?
¿Habrá vuelto a pensar en la pequeña que mató esa noche?
¿Lo habré visitado en sueños con el uniforme de colegio que vestía esa noche bañado en mi propia sangre?
Recuerdo haber visto teñido de rojo el buzo gris, recuerdo como durante días, cada vez que me tocaba el pelo, se llenaban mis manos de unas partículas de polvo rojo.
Recuerdo que mi mamá dijo que ver la camilla en la que me trajeron fue una de las peores cosas que vio en su vida.
Al abrir los ojos, me encontré con los suyos sumergidos en miedo, me encontré con sus manos temblorosas, pero con una sonrisa fuerte y dura, una sonrisa capaz de aguantar todo en el mundo, como la fuerza de su amor.
Mi papá no me visitó esa vez.
En esa época había cosas más interesantes para hacer.

Un hombre de nacionalidad española fue el primero en acercarse a mi cuerpo.
Dice que vibraba en el piso por las convulsiones y que no respondía a su llamado.
Mientras llamaban a la ambulancia, ató mis muñecas y mis pies con pañuelos. Consideró que así no podría lastimarme. Se quedó conmigo y me acompañó. La primer ambulancia que pasó no quiso detenerse por no saber si formaba parte de su prestación social, finalmente llegó mi chofer, y juntos, el español y yo, nos conocimos, en espíritu, sobre esas cuatro ruedas.
Entre sueños pude decir mi número de teléfono, y así fue que mi familia pudo enterarse dónde estaba.
No recuerdo nada, nada, absolutamente nada, sin embargo, de vez en cuando, pienso en el hombre que creyó haberme matado.

Después de esa noche pude terminar el colegio.
Pude empezar la secundaria y enamorarme por primera vez de un niño cuyo padre tampoco estuvo mientras él era atropellado día tras día por su adolescencia. Casualmente el niño vivía a una cuadra del lugar donde mi cadera había abollado el frente de un auto negro y amarillo. Después de esa noche pude subirme a un avión por primera vez, después de esa noche pude decirle a los ojos a mi papá que lo perdonaba por no haber sabido estar.
Después de esa noche amé a mi mamá como a un ángel guardián en esta Tierra, después de esa noche vinieron miles de noches más. Me resbalé, me equivoqué, tropecé, volví a empezar.
Me llené de cicatrices después de esa noche. Me han clavado puñales y me han cosido, me lastimé a mi misma y aprendí a coserme sin pedir ayuda a los demás.

Pero en algún lugar de esta ciudad, un hombre se acuesta preguntándose qué hubiera pasado si se hubiera detenido.
El no sabe que mi vida siguió. El no sabe que un completo extraño se hizo cargo de mi mientras estaba de vacaciones.
El pasó por el costado y me dejó envuelta en mi charco de sangre, dobló en cuanto pudo, se bajó de su auto y jugó a olvidarlo.

Hoy estoy de pie a pesar de los que chocan y huyen. A pesar de los que nos ven desangrarnos, de los que creen que no es importante detenerse, preguntar, ayudar, quedarse.
Hoy les escribo con la cabeza tirante y un poco menos de materia gris de lo normal. Les escribo así como soy, así como me dejaron ser.
Seamos, a pesar de los que nos embisten y huyen.
Seamos siempre, por nosotros mismos y por aquellos que invierten sus pañuelos en nuestras muñecas, seamos por el amor de quienes sí se detienen a ayudarnos. Seamos. No nos dejemos matar.

Esa noche nacimos de nuevo tres personas.

Quien les habla de la vida, la muerte y los caminos inesperados.
El hombre que sabe que me salvó la vida.
Y el hombre que creyó haberme matado.

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Rocamadour

Apago la música y me siento a escuchar cuentos en la voz de Cortázar.
De pronto es como estar con alguien, como si la casa no estuviera sola, como si hubiera invitado a un genio a tomar el té.
Lo imagino sentado en el sillón, llenándome todo el living de humo, acariciando a Adela con una mano y con Sharam en sus piernas, sosteniendo en su otra mano el papel con las palabras que tan bien ha sabido poner a jugar.
Lo considero un aliado.
Entrecierro los ojos y mi living está repleto de invisibles, de dificultades, de amenazas.
En puntas de pie, voy hasta la cocina a servirme un vaso de jugo, y vuelvo despacito a acomodar los almohadones, sentarme en la silla y apoyar los dedos en el teclado seco.
Es él quien pone alrededor de mi escritorio este halo protector. Ggacias, me gustaría decirle en su propio idioma afgancesado. Ggacias por estar aquí, por tu voz hermosa, por tus palabras suaves, por tus ojos grandes y tu amor por los gatos. Ggacias por ocupar el lugar del padre, por enseñarme, por presionarme, por exigirme más.
Esta tarde ha sido muy larga y gris.
Y entonces es que me siento aquí, en este día, a hablarles de amor.
No puedo decir que por primera vez, porque todos estos años he hablado de amor de alguna manera, pero sí creo que llegó el momento de desnudar el sentimiento, ponerlo en imagen, lograr que lo vean.
Aquellos quienes estén en este momento enamorados no entenderán estas palabras, o quizás las entiendan mejor que nadie.
Quizás aquellos quienes han sido amados de igual manera por sus dos padres se rían de este blog.
Quizás entonces no pueda llegar a ustedes, los sanos, los salvos; y solo pueda llamar la atención de aquél que está con la silla dada vuelta, mirando hacia el rincón.
Porque buscamos evitar la repetición de historias, buscamos en el otro lo que no tuvimos, sin saber que lo único que desde adentro nos están diciendo, es que no servirá para nada si es demasiado distinto.
Pareciera que la única manera de encontrar la felicidad es mirar a los ojos de la persona que más nos sepa lastimar.
Porque así, de esa manera, se parecerá más y más a nuestros papás.
No quiero pedirle disculpas a quienes piensen que esto no tiene sentido. El cartel sobre su cabeza es un exit sign, sígalo y encuentre su salida más cercana, la que podría estar detrás de usted. Como su pasado, como el mío, como el de todos los que estamos en el rincón.
La lucha cada vez está más clara, más a la vista. Los invisibles se han quitado las capas, nosotros ya no usamos nuestros pasamontañas, ustedes dejaron caer sus caretas, y un sábado, a las 7 de la tarde, todos nos hemos sacado la piel.
Y ahí quedamos, mirándonos. Teniéndole miedo al de enfrente, llorando cuando alguien cuenta un chiste, golpeando a quién nos acaricia, amando a quién nos lastima. NO TENEMOS NINGÚN SENTIDO.

Somos desprolijidad.

Somos la imperfección de nuestro cuerpo. Somos lo que tenía que estar mal en un sistema ideal.
Somos la manzana podrida del cajón, el mal consejo, la muerte lenta, somos la tentación.

Te miro a los ojos.
No tengo idea quién sos.
Pero te amo tanto. TE AMO TANTO.

Se me caen dos lágrimas y la perra levanta la cabeza del sillón. Me mira.
Sonrío y me acerco, le doy un beso y me levanto al baño, me seco la cara, me sueno los mocos.
Por momentos olvido que tengo prohibido llorar. Mis animales se enferman cuando sufro. Mis animales se mueren cuando sufro, así es que no tengo permitido sufrir.
Todavía no he parido ningún hijo y ya he aprendido cómo fingir. Me reprimo por la salud de mis animales, es un buen título para una portada de revista.
Vuelvo del baño y ella me mira, supongo que adivina que en el rojo de mis ojos hay algo mal.
Pero le sonrío y sigo escribiendo, esperando que no adivine el contenido de este escrito, ni de todo esto que me rodea, que me define, que me marea.

Parece ser que uno no elige amar.
No.
Se elige absolutamente todo lo demás.
Menos amar.
El amar surge de lugares que desconocemos, que no manejamos, que no merecemos.
Y es imposible de programar.
Quisiera amar esto, pues no.
Quisiera no amar esto otro, pues qué pena.

Adela se lame sus patas heridas, su cola cortajeada, su piel cubierta de toda mi enfermedad.
Le pido perdón sin decirlo. No quise que se diera cuenta de que quizás no me amaron lo suficiente, y entonces, ahora todo está mal.

Julio revuelve su té, me asfixia con su humo, repite la palabra que me persigue hace tantos años… Rocamadour.
Y me desplomo.
Bebé bebé bebé Rocamadour.
Y los hombros se me vencen hacia adelante, y el teclado se moja, los gatos se desmayan, Adela sangra.

“Quizás te amaron demasiado” dice él.
Quizás te amaron tanto que el mundo ya no tiene sentido.

Se hace de noche en mi casa, las luces se van yendo y aquí me quedo, pensando en lo que hacen los padres, pensando en tus hermosos ojos, en la enfermedad de los cuerpos, en lo imperfecto.
Pensando en los rincones, en las desprolijidades, en los temores, pensando en Rocamadour.

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Losers.

(Pinche)

Ezeiza-Santiago. Un solo tramo.
Búsqueda 16.45 El remisero no me permitió sacarme el remanente de rojo de mis uñas de cuatro eles en su lujoso auto.
Estaba en todo su derecho de no querer oler a cutex por 36 horas consecutivas pero EL MODO que utilizó para negarse a mi petición fue, al menos, rudo.

-Te puedo pedir un favor?
Me mira con cara de orto, serio, sin contestar.
Abro mis diez dedos dejando ver que alrededor de mis uñas corre un matiz rojo que sobrevivió dos pasadas de algodón con quitaesmalte.
-No me salió. Puedo pasarme un poquito acá en el auto con la ventana abierta?
Me mira con cara de orto, serio, sin contestar. Mira mis manos y se pone el cinturón.
Empiezo a sentirme muy chiquitita, muy poca cosa, muy cagada a pedos. Cierro el cierrecito de la cartera mirando hacia abajo y no digo más.
Él decide hablar.
“MIRÁ… (ninguna frase que empiece con MIRÁ puede tener un ápice de amabilidad) A MI NO ME JODE que se maquillen, se pinten los ojos, se pongan cosas, (?) se pinten las uñas, pero ESO NO. ME HACE MAL” Sigue con la cara de orto y manejando.
OK FLACO AVISAME EN QUÉ MOMENTO TE COGISTE A MI VIEJA Y LA DEJASTE EMBARAZADA Y YO NACÍ 9 MESES DESPUÉS. QUE YO SEPA MI VIEJO ERA UN GIGANTE INCONTROLABLE, UN LOCO DESATADO, UN GAUCHO DESQUICIADO Y NO UN PELOTUDO DE MIERDA QUE ME LLEVA DE MONSERRAT A EZEIZA Y ME CONTESTA COMO SI YO FUERA SU HIJA, PEDAZO DE INFELIZ MALEDUCADO.
Sonrío y le digo “Claro, no hay problema”.
Marquemos las diferencias.
El flaco está en todo su derecho de no querer tener olor a quitaesmalte encima. Esa la tiene de su lado: SU AUTO, SUS REGLAS. De hecho nosotras no estamos autorizadas a maquillarnos en el auto ni hacer nuestras uñas ni ninguna cosa de ser humano real porque recordemos que somos azafatas, la gente tiene que pensar que nos levantamos de la siesta con aliento a jazmín del prado a las finas hierbas y que cuando nos ponemos en pedo vomitamos bandejitas perfectamente ordenadas con opción de carne o pollo.
Pero fuera de que él puede tener sus motivos para elegir dejarme usar el puto quitaesmalte o no, el respeto, la delicadeza, la amabilidad… se pueden mantener, o no?
Qué odio me dio que me hablara en ese tono. Me maquillé TODO EL VIAJE sin dirigirle la palabra. Me miraba de reojo con furia cuando me ponía máscara en las pestañas, porque YO SÉ LO QUE PIENSAN LOS HOMBRES: SI PEGO UNA FRENADA ESTA PELOTUDA SE SACA UN OJO.
PEGÁ LA FRENADA, A VER? PEGALA MIERDA! PEGALA A VER QUE PASA!!!!???? O te pensás que no me puedo anticipar a tus maniobras siomas, rey del volante. Infeliz.
Llegué a Sala de briefing con las uñas horror.
Faltaban 15 minutos para empezar así que me fui al baño y me saqué el rojito de las esquinas, me levanté el jopo y limpié una mancha de leche de vaca de mi media.
En el baño me encontré con una compañera que repasaba sus uñas. Somos un primor.
El vuelo salió bien, normal.
Aterrizamos a las 21.03 y sorprendentemente, yo todavía tenía ganas de salir.
Arreglamos para tomar algo, o comer… apenas llegamos al hotel, en el check in, nos atienden HUMBERTO y DOMINGO.
Humberto escucha que teníamos ganas de ir a algún lado y arranca la promoción.
“Conocen la sala GENTE?”
Nos miramos con las cejas levantadas.
LO VENDIÓ como si fuera una tomorrowland.
Que entramos gratis con unas invitaciones que él nos daba, que nos regalaban un trago adentro, que estaba a 10 minutos caminando, derecho por Apoquindo, que es un lugar “re cheto”, (sic) que la música estaba buenísima, que muy buen ambiente, que él tenía la VIP GOLD, (saca tarjeta de membresía dorada).
Después de algunos chistes, decidimos encontrarnos a las 00.30 en el lobby para ir los 4 juntos caminando.
Costó, la verdad. Una vez que se llega a la habitación dan más ganas de meterse en la cama, o mirarse unas series que de ir a meterte en un boliche al que llegas CAMINANDO, pero le pusimos onda.

Abro la ducha.
Cuando me estoy por meter, noto que no hay shampoo.
Todas son cremas corporales.
Llamo a recepción, la chica no entiende.
SON TODAS LECHES CORPORALES NO TENGO SHAMPOO.
Ahh… bueno.
ME PODES CONSEGUIR UN SHAMPOO QUE ESTOY EN CONCHA GRACIAS.
Voy a ver qué puedo hacer.
Espero 20 minutos, nada.
Bueno, no me lavaré el pelo de volar, cosa que me molesta mucho, pero como me lo había lavado hacía 6 horas no era tan grave. Me meto en la ducha, me enjabono.
TOCAN LA PUERTA. No me jodas.
LLAMAN POR TELÉFONO. Salgo de la ducha mojando todo, es el chico de recepción. “Mi compañera está en la puerta de su habitación golpeando”.
Le abro y me da dos shampoos. Gracias, dulce.
Vuelvo a la ducha a enjuagarme y veo que ya pasaron 10 minutos de las 00.40.
No me lavo el pelo, salgo, me visto, me maquillo.
Son 00.45 y salimos caminando en dirección a la noche chilena, a unos buenos jagüers, un sillón mullido y una música de mierda, claro está.
Caminamos hablando de pavadas, y en eso… llegamos.

CERRADO.

Una escalinata y arriba un cartel de neón de lo que parece ser una boite del año del re contra orto. Y la cortina baja como verdulería a las 4 am.
Nos miramos.
Ah noooo, si somos 4 pelotudos.
NO VES QUE LOS CHILENOS NOS ODIAN!!!!???
Y nosotros pagando las consecuencias de los 40 millones de Argentinos, pagando la guerra de Malvinas, pagando los mundiales de fútbol, el gobierno K y los cuernos de Pampita.
Y YO QUÉ CULPA TENGO DE QUE PAMPITA LO HAYA GARCADO A BEJAMÍN LA PUTA QUE LOS PARiÓ!??!??
Por qué me hacen esto a mí!!? POR QUÉ!!?

Volvimos caminando riendo las primeras cuadras y después, en silencio. Losers. Pateando nuestra autoestima.
Los más jóvenes dijeron que era buena idea volver al hotel y de ahí salir hacia otro lugar. A mí con cada cuadra se me iba cerrando más y más el orificio vaginal hasta llegar a límites insospechados.
Llegamos al hotel y HUMBERTO y DOMINGO se habían retirado, OBVIO, su turno había terminado y seguro se estaban mensajeando por wassap riéndose de los tripulantes argentinos con ganas de salir.
La chica del nuevo turno de recepción nos recomendó otro lugar. Este estaba abierto seguro y repleto de gente perreando y volcando champagne en sus pechos.
Se me secaba cada minuto más.
Cuánto sale la entrada?
10 mil pesos chilenos, o sea, 20 dólares. Más taxi, más tragos. Sumale la paja, el dolor de cabeza, Wisin&Yandel sonando con distorsión y que seguro en Chile no existe el Jagüermeister. Fui la primera en darme de baja. Desmotivé a todo el grupo y nos quedamos en el lobby hablando del FBO.

Al volver a la habitación, uno de los chicos, triunfante, se sacó la ropa y abrió el frigobar: no le importaba no salir, abriría esa cerveza de una vez.
Lo siento, el frigobar no funciona, todas tus bebidas están calientes y el bar del hotel está cerrado. LOSER.
La pequeña de 23 se puso el pijama y se tiró en la cama, apagó las luces y encendió el televisor. NO LE FUNCIONABA EL AUDIO. Se durmió triste buscando canales con algún subtitulado. LOSER.
Y su servidora fiel, feliz por poder ponerse a ver un capítulo de House Of Cards AL FIN, agarró el celular, leyó un par de tweets y SE QUEDÓ DORMIDA CON LA ROPA PUESTA, LAS LUCES ENCENDIDAS Y LA CAMA LLENA DE OBJETOS, entre ellos EL UNIFORME, EL CARRY ON y EL MANUAL DE FRASEOLOGÍA.

LOSER.

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Bienvenida a los Estados Unidos.

Sonó el despertador a las 5 de la mañana y yo ya estaba despierta, con los ojos abiertos en la oscuridad esperando que pasaran los minutos y llegara el momento.
La noche anterior había dejado el uniforme planchado y listo, colgado del picaporte de la puerta del living, y el carry y la valija grande al lado, escondidos ambos de las filosas uñas hambrientas de destrucción de mis gatos.
A las 5,45 me calcé el saco rojo del uniforme por primera vez en más de un año. Se sintió bien.
Lady Chignon pasó a buscarme con el remis de la empresa y subimos a la autopista mientras yo intentaba aclarar en mi cabeza todos los conceptos que había aprendido unos meses antes.
Convengamos que una cosa es lo que está escrito y otra muy distinta es poner en práctica todo eso en el  avión.
Ya en el briefing me di cuenta de que no tenía idea dónde estaba parada, arrancando porque éramos una superpoblación de tripulantes, OCHO, más la jefa y tres pilotos.
Repartieron las posiciones, me tocó el duty free, por ende hacer el servicio adelante, y descansar en el último turno en dos bloques de 1.5 hora cada uno. Hice las preguntas estúpidas pertinentes que todos contestaron con mucha amabilidad, y nos fuimos al avión.
Despaché en el check in mi valija grande casi vacía, con apenas un conjunto para salir de noche, la ropa de traslado para volver, un jean, una remera, un buzo, un pijama y unas ojotas.
Pasé migraciones y apenas puse un pie en el free shop, lo sentí distinto, qué estupidez pero así fue. Caminé entre las góndolas de perfumes y las vendedoras con maquillaje exagerado y glamouroso, escuchando en un volumen quizás demasiado alto para la hora, la pizza pegadiza de Icona pop: *I love it*. Fue como una señal, caminar por ese lugar, en esa circunstancia y cantando I don’t care I love it en mi cabeza. Tema goma si los hay, pero considerando las opciones musicales, ayudó a sentirse un poco rebelde, joven, espontánea, que se yo. Pudo haber sido una escena muy videoclip, de no ser por  mi cara de terror, las medias apretándome la panza y el rodete anti hipster. En fin.

Caminando por la manga, busqué mi celular y saqué la primera foto de la serie newbie 67, pude observar la nariz del CFV y casi no distinguí desde esa posición que era un avión mucho más grande.
Un pie adentro y terminé de comprobar que no tenía ni idea lo que estaba haciendo. No estaba nerviosa, más bien me sentía como cuando vas a rendir un examen y no sabés absolutamente nada y estás jugado, o chamuyas o entregas en blanco, sea lo que sea, la moneda está en el aire.
Chequée el que me parecía que era mi sector con un poco de temor de haber dejado algo sin chequear, no voy a detallar las cosas que chequée para que las personas que lo leen no se den cuenta de si efectivamente dejé algo sin chequear.
Recibí los carros de duty free, firmé las planillas y guardé mi carry on en un closet.
Punto número 1 a favor del 67: qué hermosos esos closets. Entra todo, tenés lugar para tus cosas, las cosas de apv, la mugre, las gavetas sobrantes y todo lo que se te ocurra.

En una perchita colgué mi delantal y mi saco de descanso y abajo guardé mi cartera. EN UNA PERCHITA, EN UNA PERCHITA!!! A ver si me entienden, nosotros en el 320 dejamos las cosas hechas un bollo adentro de la cartera y guardamos la misma en EL BAÑO para despegar, así de chico es.

Largó el embarque. 
Y ahí quedé. Venían los pasajeros y no sabía qué goma hacer. Como si fueran personas distintas, como si no tuviera 5 años diciéndoles “Su asiento es ese, el baño está allá, no le ponga el cinturón al bebé”. Por algún motivo les tenía miedo a los pasajeros, miedo a que me preguntaran algo que no supiera contestar, miedo a quedar en ridículo, a que ellos supieran más que yo, a que se notara que era un envase vacío y que en mi cerebro había eco.
Subieron y no estuvo nada mal, salvo haberle indicado a una señora que las filas D y H estaban donde están en realidad la J y L, y no tener idea con qué frecuencia se realiza este vuelo (Punta Cana). Por suerte mis amorosas compañeras estaban ahí para tapar mis agujeros de caterpillar.
En caso como éstos me gusta usar el refrán “Donde fueres haz lo que vieres” y me pongo a copiar a los demás. Si se cambian me cambio, si se sientan me siento, si arman el carro lo armo tal cuál lo hacen ellas. Quizás es medio siome porque todo el trabajo tarda el doble; tener a una tarada llenando cafeteras cuando las estás llenando vos, dan ganas de matarla, PONETE A HACER OTRA COSA NENA, ADELANTÁ ALGO. Pero bueno, repito, amorosas.
El servicio es igual al que se hace en la Premium Economy del Lima, así que no tuve mayor dificultad, la gente divina, se hizo fluído y rápido y me di el lujo de hacer alguno de mis chistes gomardos.
Terminó el servicio, guardamos los carros y ordenamos el galley y salí con el duty a la cabina.
Me despaché en lo que más me gusta hacer, HABLAR.
En cada compra nos quedábamos 15 minutos hablando de economía Argentina, viajes, hoteles, vacaciones o cómo sacarle la plata al marido: tema que no manejo muy bien, pero puedo imaginar cómo se hace.
Guardamos los carros de duty y nos quedaba un rato de tiempo muerto, nos sentamos a charlar y desayunar hasta que me tocó mi turno de descanso.
El descanso de la tripulación se hace en la fila 39 y 40. Son asientos de pasajeros con un posapies algo extraño que no termina de resultar cómodo pero que al menos está.  También creo que reclina un poco más, aunque no estoy muy segura.
Cerré la cortina y me senté en la fila 40 Juliet, al lado de una compañera. Le pedí por favor que no se tirara ningún pedo y me calcé los auriculares, Born to Die completo, me saqué los zapatos y me tapé con el plumón blanco de la premium bussiness. Como era de esperarse después de 5 horas de vuelo y haber hecho ese chiste tan vulgar, de golpe la panza se me llenó de pedos.
Era un riesgo liberar ahí adentro, es una carpa cerrada, calurosa y oscura. Si algo explota, es obvio que fuiste vos y no le podés echar la culpa a nadie más, así que aguanté y me dormí, de última si me cagaba dormida, ya no era mi responsabilidad. O no es así?
Más o menos 50 minutos después me empecé a despertar. Todo me molestaba, el asiento, la almohada, el flush del baño, las voces de los pasajeros en el pasillo, los timbres de llamado, los codazos de la gente que pasaba y me clavaba en la cabeza… De pronto escucho algo que suena parecido a los anuncios Pram (pregrabados) y me saco el auricular SE SOLICITA MÉDICO A BORDO. Listo, olvidate de dormir, antes que pasar mi última media hora de descanso preguntándome qué está pasando, si puedo ayudar, si es grave… prefiero levantarme. En el camino me entero que era un nene que no paraba de vomitar y su mamá estaba preocupada, por eso quiso ver a un médico. Nada terrible.
Fue muy raro porque levantarte del descanso toda despeinada, sin entender nada y encontrarte con un montón de compañeros haciendo otras cosas es algo muy nuevo para la tilinga doméstica y regional que llevo dentro. Es como un cargamento de compañeros, unos duermen, los otros están charlando en el galley, otro en el baño, otro asistiendo la situación médica, otro le da de comer a un hambriento en bussiness… no se acaban, es una cosa de locos.
Me fui para adelante y mi jefa estaba solita pobre ahí con los carritos preparados para salir a servir el segundo servicio. La ayudé a terminar de armarlos, porque ustedes deben pensar que los carros se arman solos, por eso cuando hacemos el anuncio de que se suspenderá el servicio por turbulencia me llaman con el timbre y me dicen “AY PERO SI NO SE MUEVE NADA, TRAEME UN CAFÉ”.
Salimos con el almuerzo, hicimos segunda pasada, retirada y desarmamos los carros.
Por suerte, en el pasillo L, de mi lado, había una familia con 4 nenes chiquitos que ninguno gustaba de las opciones ofrecidas en el menú. La señora madre de uno de los nenes me preguntó si no había quedado ninguna pasta de la clase turista y yo que soy una divina, clavé el carro, pasé por el costadito, pasé por debajo de la cortina de Marx y atravesé todo yankee class hasta llegar al galley de atrás. Muy amablemente me entregaron una marmita caliente, y quemándome los dedos y puteando para mis adentros, volví a mi carro. Familia feliz.
En la siguiente fila se encontraba la hermana de la señora de la fila de adelante, que solicitó lo mismo para su hija. La miré seria unos segundos, y justo cuando mis cejas comenzaban a levantarse, me di cuenta de que una prominente cara de orto se venía asomando en mi rostro. Le contesté que me esperara unos segundos que iba a ir a buscársela y me dijo que no tenía apuro. Cuando atendí al otro pasillo, el padre de las criaturas me pidió otra de esas comidas para el otro hijo. Clavé el carro y me fui atrás, traje dos comidas, volví al carro y se las entregué con la sonrisa más sincera que me salió. En la última fila me quedé sin opción de postre, todos pedían la fruta sin poder yo entender cómo alguien puede elegir fruta cuando tiene un volcán de frutos del bosque con qué se yo que manjar de crema adentro. Pero la gente es así, paga mucho y desea comer postre de concha seca? Se lo conseguimos, no hay problema. 
En el tiempo que nos quedó, aprovechamos para almorzar y ordenar el galley, yo dejé el duty free abierto para seguir vendiendo en el otro tramo.
En el descenso juntamos las diez mil porquerías que le gusta a la gente tener a su alrededor cuando viaja. A saber: diarios leídos, diarios sin leer, botellas de agua vacías, MEDIAS USADAS, sus zapatillas tiradas, la documentación que necesitan completar para el ingreso al país al que viajan, los taponcitos sucios de los oídos, el control remoto colgando del asiento, la almohada que ya no usan y sus objetos personales.
Aterrizamos a las 16.20 hora local y nos quedamos sin pasajeros a bordo, se bajaron todos los que tenían destino final Punta Cana y la única familia que seguía viaje hasta Miami se fue a hacer el chequeo de valijas pertinente antes de pisar lo que los Norteamericanos llaman “America”.
Después de una limpieza no muy exhaustiva del avión, volvimos a embarcar.
Embarqué parada en la fila 2 del lado derecho sin entender mucho lo que estaba pasando, habían pasado muchas horas desde aquél último momento en el que había dormido plácidamente en mi cama, y se estaba empezando a notar, aunque el entusiasmo se mantenía vigente, mis ojeras decían lo contrario.
Salimos para Miami con la bussiness vacía.

Estos vuelos suelen estar chartreados o como se diga, y casi siempre completos, pero esta vez apenas si había 110 pasajeros atrás. Ni bien cortaron los carteles empezó mi turno de descanso restante, que terminó con el anuncio de descenso del capitán; quién disfruta de mostrar su particular estilo a la hora de leerlos empezando con frases como “Bueno, muy bien… aquí les habla el capitán…” o recomendar un plato de la carta que leyó hace meses y ya no está vigente, o no corresponde a la cabina que lo está escuchando… también gusta de recomendar películas para ver en el sistema de entretenimiento a bordo, que quizás ya no están disponibles y fueron retiradas del  menú. Esta tarde les había deseado un hermoso día de playa en Punta Cana y cuando aterrizamos LLOVÍA.

Finalmente, mi estómago empezó a sentir el descenso. Me apuré a comerme dos sanguchitos y cerrar el Duty Free. Terminé todo, guardé las cosas, acomodé mis cosas en el closet, me peiné, me pinté la boca y me senté para aterrizar. Lo que ocurría en mi panza serían nervios, pedos, síndrome pre menstrual, quién sabe.
Aterrizamos.
Despedimos a los pasajeros y sacamos nuestras cosas para bajar.
Fui una de las primeras en pasar por migraciones, ya que por ser mi primera vez, pensaron que podía tener algún problema. El tipo que nos atendió hacía un chiste con cada una de nosotras, diciéndonos que ya que volvíamos de pasajeras, aprovecháramos para molestar a nuestras compañeras con el timbre de llamado, y cada tres segundos levantaba el brazo y hacía como que tocaba un botón imaginario encima de su cabeza, acompañando el movimiento de un ruido agudo con su boca que sonaba algo así TRIM! TRIM! TRIM! 
Un chiflado.
“Bienvenida a los Estados Unidos”.

Y entré.

Después de años de renegar contra Norteamérica, entré.
Y como corresponde en estos casos, activamos el Crew Lock y lo que pasó en Miami, quedó en Miami. Jamás lo sabrán.
Sólo les digo que con cada avión que piso, con cada pasillo, con cada cockpit y cada galley ultrajado, confirmo y re confirmo más mi religión. Hemos sido hechos para esto, ya sea un pequeño que se destartala todo cuando frena y apaga sus luces de emergencia al subir el tren o en un gigante firme y pesado, con air chillers, alfombras de telo y tarjetón amarillo.

Los tripulantes somos lo que somos en el avión en el que nos indiquen que debemos volar.
Y vendrán los modelos, las marcas, las matrículas, las nuevas líneas. Y vendrán empresas, banderas y países. Vendrán familias, elecciones, caminos, gobiernos, mudanzas, posibilidades, crecimientos y arrepentimientos.
Pero nosotros somos quienes somos en cualquier avión.
Le agradezco al Foxtrot Victor y a esta tripulación por enseñarme eso.

El FBO sigue, todos los días, aprendiendo a volar.
El FBO es oficialmente, a partir de este vuelo, Doméstico, Regional e Internacional.