Instrucciones para mear

Me estoy meando, abro la puerta, cierro, trabo, me bajo las medias de descanso con dificultad, cada microsegundo de cercanía con el w.c. hace que el pis esté más cerca de salir involuntariamente, me bajo la bombacha apenas, levanto la tapa con la puntita de un dedo para no tocar el bordecito asco y un segundo antes de la gloria… EL PAPEL CUBRE ASIENTO DE INODOROS NEFASTO. POR QUEEEEEEEÉ??? QUIÉN LO PUSOOOOO? POR QUÉEEEEE? Lo detesto, no lo uso, jamás me apoyo en la tabla… Y en ese momento… Diganme por favor si soy la única… Sin sacarlo, ni correrlo, ni moverlo, hago pis sobre la parte central circular del papel babéé de arroz manteca barrilete y voy viendo como se va hundiendo al ganar peso. Finalmente lo derroto, queda en el fondo del receptáculo negro y se despide con el monstruoso y depredador ruido del flush.

heridas1
deja tu comentario

Accidentes domésticos (y regionales)

Llego al avión con un dolor de cabeza terrible, el rodete me quedó demasiado tirante y me está matando. Voy al espejo para soltarme el pelo y volver a arreglármelo; al destrabar el baño, dejo el extremo izquierdo de la uña del dedo índice de mi mano derecha colgando como un ahorcado del rudimentario tornillo escondido detrás del cartel de “lavatory”. No me duele, porque es uña, pero puteo porque las tenía recién arregladas, putos baños. Empujo para abrir y no puedo, la puertita de abajo de la bacha se abrió, se cayó el tacho de basura y está trabando la puerta del baño. Empujo, empujo, no hay caso. Meto la mano por el costado que queda semiabierto y logro enganchar el tacho asco vomitado cagado metiéndolo un poco más hacia adentro, la puerta del baño se cierra y me atrapa la mano, pego un grito, me ayudo con la otra mano, la trato de abrir más, mientras con la mano atrapada intento cerrar la puertita del halon-freon. Misión cumplida. Sacamos el carro, abrimos el gabinete, sacamos el mantel, mientras mi compañera sube las bebidas, yo saco las cafeteras, a una de ellas se le zafa la manija y se abre entera sobre las piernas de mi compañera, me putea en arameo y se va al baño corriendo a sacarse las medias o ponerse agua fría encima de ellas. Como un novio arrepentido, le ruego disculpas a través de la puerta del LD, ella sale, me dice que no es tan grave pero que le sale calor de la pierna y seguimos armando. Le sigo pidiendo disculpas mientras cargo las cervezas, un chorro de agua helada cae por el costado de la gaveta plástica bañándome los pies. Las dos nos reímos, por no llorar. El galley está inundado, secamos. Salimos. Voy contando hacia atrás cuando un pasajero saca la pierna, sorpresivamente, hacia el medio del pasillo, haciéndome tropezar hasta casi caer, mientras mi compañera sigue empujando porque no me ve y atropellándome con el carro. La media se engancha en la esquinita rota y oxidada de una gaveta de metal que está abajo con la repo de bebidas y me hace un cortecito en la pierna. Seguimos. La pinza vuela por el aire como entrenada por el cirque du soleil, la capturo justo antes de que caiga en la cabeza de un pasajero, le sirvo un café, al apretar el botoncito de la tapa, sale un chorrito presurizado que me deja la cara a lunares de café caliente. Los pasajeros sonríen, me limpio, seguimos. Empieza la turbulencia, tratamos de apurarnos, la gente se descompone y cuando volvemos hacia el galley, una cola de zombies verdes me persiguen lentamente, amenazándome con sus buches llenos. Claro que sí, uno finalmente me atina y me regala su preciado guiso de entrañas tapizando mi delantal y algunas partes de mi oreja (como fue eso posible, no lo sé). Guardamos el carro y nos rociamos en Lisoform. Una mamá se acerca y nos dá en la mano un pañal maloliente explicándonos que no sabía donde ponerlo. Cuando nos damos cuenta de lo que es, ya es demasiado tarde.
Aproximación, tormenta en Buenos Aires, casi no podemos terminar de guardar las cosas, el galley es una coctelera, se sacude de un lado al otro, tiemblan las puertas, se ven relámpagos dentro del avión, se escucha la lluvia caer en el fuselaje, nos atamos, apagamos la luz. El aterrizaje deja mi dentadura en la 15 juliet.

Y así llegamos a casa, con dolor de cabeza, el estómago revuelto, cagadas, vomitadas, mojadas, con las piernas quemadas, las medias rotas y sangrantes, las uñas partidas, las manos raspadas, la cara sucia, oliendo a chivo, a pegote, a café. Oliendo a avión.

Me doy una ducha con la luz apagada, las piernas presurizadas van sintiendo como vuelven a la normalidad. Salgo y cancelo la cena, la salida, la juntada, la previa, el cumpleaños, el vernisage.
Me acuesto en la cama suavecita que me abraza mientras me laten los pies. Apago la tele, la luz, la compu, el celular y el cerebro.
Cierro los ojos y empiezo a soñar. El momento más esperado del día, llegó la relajación. Respiro profundamente para recibir a mis sueños y para mi gran sorpresa, ¿Qué es lo que sueño? Claro que sí, sueño que estoy en el avión.

IMG-20120212-WA0005
deja tu comentario

Hay que cortarse más.

Milanesas de soja sabor jamón: $8,99
Queso cremoso: $13,15
Salsa de tomate: $6,80

No salir a comer con la tripulación muerta, no tiene precio. ©

( Todos los derechos registrados por tripulante de posta en Mendoza, inspirado por el microondas de su habitación)

1274225643977_f
deja tu comentario

Qué pasa con el amor un tiempo después?

Hay algo maravilloso que tenemos las mujeres.: la increíble capacidad de olvidarnos de quiénes somos realmente cuando queremos conquistar a un hombre. Lo mejor de todo es que, una vez conquistado, no lo recordamos en seguida si no que seguimos con el juego de la mujer ideal hasta tenerlo convencido de que valemos la pena. Y una vez ocurrido esto, de pronto recordamos que alguna vez tuvimos esencia y gustos propios y entonces aparecen los “tiempos”, los divorcios, las separación de bienes o el ya conocido “por qué cambiaste tanto?”

No cambiamos, solo estábamos fingiendo.

La verdad es que para conquistar a nuestro hombre ideal vestimos trajes de seres humanos que desconocemos completamente. Y en el proceso de engaño, nos engañamos a nosotras mismas.
Usamos cortes de pelo que detestamos toda la vida, escuchamos música que jamás nos interesó, gritamos goles de fulanos que no sabíamos ni en qué deporte brillaban y, sobre todo, nos depilamos demasiado.

Pero un día llega.
Todo llega.
Y la revancha de nuestra pequeña sensiblera odia deportes con aliento a 7 am y pelos pinchudos en partes insospechadas se hace notar y llega para quedarse.
Nos transformamos en un monstruo.
De pronto, sí nos molestan los pedos y los eructos.
De pronto, queremos dormir hasta tarde en vez de ir al Club del Torino una vez al mes el domingo a las 10 de la mañana.
De pronto estamos hartas de las cervecitas del after office con las compañeritas y no nos van ni un poco los copados de los amigos solteros o piratas.
La verdad que no.

El declive es inexorable.
¿Cómo frenar el previsible final del cuento de hadas venido película de terror?
Es un triángulo amoroso o ¿un tetra ángulo amoroso?
Al principio eran dos apasionados amantes, ella y él, o sea, la que te inventaste y tu enamorado. Pero de pronto aparece una tercera, que serías vos misma, la real… y un cuarto:
el monstruo en el que se convierte él al descubrir que en realidad sí te indisponés, que sos una celosa incurable y que te molesta que diga que él lava y deje las ollas con pedacitos de fideos secos sin refregar.
Apenas unos segundos después, vuelven a ser dos… ya que los “él y ella” iniciales están a años luz y sólo están vos y él. Los verdaderos. Los que se están mirando a los ojos en este momento totalmente sorprendidos.

No hay nada más real que ese momento.

Supongo que eso es lo que hay que amar.
Hay que amar el desorden y el caos que se desprende de la furia de los cuerpos de estos dos extraños. Del odio que se juran con el entrecejo saldrá, como un ave fénix, el nuevo amor… o no saldrá nada.
Son dos sencillas opciones, y, en el mejor de los casos, entenderán que la persona que tuvieron hasta ayer adelante era la misma que la de hoy, pero esforzándose por dar lo mejor de sí.
En el peor de ellos, no se reconocerán y se sentirán frustrados, engañados y estúpidos.

Los cuatro.